Ya no sé qué día es, ni cuántos llevo en Asia. Decido no incluirlos más en los títulos de mi bitácora de viaje. Son las 5 AM, y Phrom nos espera en su tuk tuk a la salida del hotel. Está oscuro, por lo que sorprende tanta actividad en las calles de Siem Reap. La ciudad se levanta temprano, y los feriantes ya preparan sus puestos de comida, y extensa variedad de frutas.
A medida que avanzamos, el cielo se aclara con amenazante rapidez. La idea es llegar a tiempo para ver el sol nacer desde las entrañas de Angkor Thom, el templo que aparece en todas las postales y souvenirs de Cambodia.
Al llegar al complejo, nos piden nuestros tickets, por los que pagamos 20 dólares. No vemos a más gente, y nos contentamos con ello, ya que no habría hordas de nipones estorbando nuestras tomas. Pero al llegar, sabremos que los demás fueron aún más precavidos, y copan las locaciones en medio del pasto y frente a la laguna donde flotan numerosas flores de loto.
Los japoneses con sus tremendas cámaras de siempre, tomando fotos hasta a los zancudos que abundan en esta zona, y que transmiten la severa epidemia de dengue que afecta al pueblo en la época lluviosa. El cielo pasa de un azul eléctrico a un rosa intenso. Desde una esquina del templo empieza a manifestarse el esperado astro con el tono cobrizo que lo caracteriza en este continente, y que más tarde se reflejará junto al mismo Angkor Thom en la laguna, para deleite de todos.
Me siento japonés con mi cámara y las más de 50 fotos que llevo en los primeros diez minutos.
Angkor es simplemente magnífico. Tal cual, con sus tallados en piedra sobre las paredes, sus budas, sus plazas centrales, y sus corredores donde me encuentro con muchas pagodas a las que los locales entregan ofrendas e incienso.
Más allá un lugareño enciende un incienso, y me dice que lo tome, hace un par de movimientos por sobre el buda en una pequeña pagoda. Esto es para tu buena suerte. “Lucky man, lucky man,” (hombre con suerte) me repite. Pronto levanta un pliegue de un paño en el suelo y me muestra varios dólares, pidiendo que deje el mío. “Con suerte pero no huevón,” se podría traducir en buen chileno, lo que le dije en inglés.
Por las esquivas calles de Angkor, se mueven tuk tuks y vans de japoneses, también observamos algunos elefantes que pasean a los turistas de templo en templo.
De un templo a otro nos movemos en el tuk tuk de Phrom, y nos toma alrededor de 10 minutos cada trayecto, y un par de horas en cada parada. Siempre tardamos media o una hora más de lo que acordamos previamente con él; y siempre nos espera con la misma sonrisa y nos pregunta sumiso cuál es el próximo templo donde iremos. Adorable Phrom.
Nos detenemos en un sitio a almorzar. Ya nos habían dicho en el hotel la noche anterior, que si él nos llevaba a un restaurant específico, era porque le regalarían el almuerzo o le darían una comisión. En tanto terminamos de ver el templo, nos encontramos con nuestro Phrom en el restaurant “acordado”. Nos da risa, con Luis, el mexicano, porque ya está instalado devorando su plato de quién sabe qué manjar camboyano.
Mientras te maravillas con los templos, cientos de niños se te acercan para ofrecer recuerdos. Y se enojan si le compras a otro y no a ellos, por lo que siempre habrá niños indignados a tu alrededor. Te ríes y ellos empiezan a reír rápidamente, y ya se les va la ira. Cada uno de ellos, nos pregunta de donde somos, y nos desafían a comprarles un producto si ellos nos dicen la capital de nuestro país. Santiago y Ciudad de México son conocidas por los menores. Por lo mismo, en las próximas horas, dejaremos de ser chileno y mexicano, para convertirnos en lituano y chipriota, de manera de conservar nuestro presupuesto.
Compro una bufanda camboyana, que más tarde servirá para protegerme del sol y el polvo. Al principio pensábamos que los demás turistas las usaban por moda, hasta que nos dimos cuenta que los locales también las usan con un propósito bien específico, y que nada tiene que ver con tendencias.
A propósito de eso, mi hermano Daniel pregunta,via “messenger”, si la gente se viste a la moda o hay alguna tendencia. Me parece interesante la pregunta comparada con la de mi padre cuando le cuento que vi Angkor desde las alturas.:“¿Y el globo es redondo, hijo?, y ante mi no-respuesta, se excusa diciéndome que se pone nervioso y pregunta huevadas. Después de analizarlo, creo que debe haber pensado que tal vez era un Zeppelin, y en ese caso, “sí, era redondo“ sería la respuesta. Te perdono padre mío.
Pues bien, regresando a lo mismo, la gente no sigue tendencias en Siem Reap. Sobrevive, y se adecua a las circunstancias, más que seguir algún prototipo de moda. Lo que sí es notorio, es que en la publicidad callejera, se aprecian fotos de modelos siempre con algún rasgo occidental. Imagino que es parte de esa admiración desmedida por nuestras facciones.
De regreso al hotel, me detengo a pensar en los numerosos mutilados con los que me crucé en las calles. Lo asocio con las poleras que hablan de las minas antipersonales, y que también venden en Angkor. Más tarde investigaré el tema, cuando tenga acceso a la red.
Ya es tarde y tengo hambre, decido ir en busca de algún restaurant, y termino por convencerme de que lo barato del hotel, lo da la lejanía de todo. Sólo hay puestos callejeros, y a diferencia de Tailandia, acá me he puesto más escrupuloso. Regreso al hotel, frustrado. Y el recepcionista, manda un par de adolescentes del lugar a que me vayan a comprar un pan. Se lo agradecí, creyendo que sería una baguette, sola, pero que acabaría con mi hambre. Así fue hasta que llegó a mis manos el sándwich con cuero de chancho y lechuga picada y alguna extraña salsa agridulce.
Orgulloso el trío me preguntaba si estaba rico y si me gustaba lo que comía. El recepcionista, no me quiso cobrar, ya que era un regalo. Duras y como caucho se sentían las tiras de la piel del puerco en mi boca recelosa. Nada más que agradecer y fingir que realmente estaba bueno, olvidando la hepatitis y la triquinosis de las que podría ser víctima más tarde.
Ya antes de dormir, rezo poniendo un poco más de énfasis en mi salud, y doy gracias a Dios por ponerme en frente de gente tan genuina, simple y amistosa. Gente que sabe experimentar lo esencial de la vida, con asombrosa felicidad.
Mañana debo levantarme temprano, porque a las 8 AM pasará por nosotros un nuevo bus de la tortura, para llevarnos de regreso a Bangkok. Yo seguiré mi camino a las islas del sur de Tailandia y el mexicano quién sabe dónde. Así imagino será el resto de mi viaje, tomando prestados amigos para comentar y seguir mi rumbo por este continente.
Quedan pocas semanas, poco recuerdo mi trabajo, mucho a mi familia, y mucho anhelo que todo esto que estoy viviendo no se acabe. O al menos espero, tener la memoria siempre fresca para recordar cada una de las caras y detalles de los lugares que van construyendo este sueño y que llena mi mente de varios más que, de seguro, están por llegar.
Finalmente me estafaron. Hice todo lo posible para doblarle la mano a esta ciudad, y no caer en las frecuentes transacciones fraudulentas. Primero intenté llegar por mi cuenta hasta Ek ka Mai, la estación de buses desde donde puedes ir a Cambodia. Llegué al paradero, pero nadie sabía nada. Ninguno de los que maneja el escaso inglés local pudo ayudarme.

Nos levantamos tarde en Bangkok, o Krungthep, que significa “Ciudad de los Ángeles”, en la lengua local. Por un lado, siento que no me estoy organizando bien con los tiempos, pero por otro, creo que estando de vacaciones no quiero pasar mis días sumido en el estrés.
Al salir del Gran Palacio, nos encontramos con callejuelas oscuras, húmedas y malolientes. En las veredas del sector, sus gentes venden pescados y camarones disecados. Mientras avanzamos, nos vamos encontrando con pequeñas tienditas de medicina natural y hierbas. Más allá ofrecen el tradicional masaje tailandés, en un salón que publicita con simpáticos dibujos las bondades del thai massage.
De regreso, tomamos nuevamente el bote en el río Chao Phraya. La tarde ya no aturde cómo antes. El calor se difumina, aunque solo un poco. Una mujer local observa melancólica el paisaje, pensando quién sabe en qué, o quién. El cielo nublado y la brisa que llega húmeda al chocar la nave con las olas invitan a la reflexión. Me detengo en los monjes que deambulan por toda Bangkok. Ellos tienen su lugar especial dentro de la sociedad tailandesa, y por cierto, también dentro de estas embarcaciones. Observo a la distancia Wat Arun, otro templo que aún no hemos visitado, y descubro que varias personas escalan hasta el tope.
Khao San aturde, con sus ruidos, gentes, olores y escenas. Hay quienes no parecen dar importancia a las ratas y las prostitutas. Comen en las calles esquivando a los tuk tuks que se abalanzan por todos lados en una marcha caótica por los pasajes del sector. Khao San intoxica e impacta fácilmente, y se pavonea de lo mismo. Bangkok es atrevida y se consagra como la capital mundial de la lujuria. Esto ocurre cada noche, y es entonces cuando empiezo a preguntarme en qué momento pudieron bautizarle como la “Ciudad de los ángeles”.
Bruna no tenía reservas y decidió acompañarme al hostal. Le cobran más por no haber hecho la reserva. Lo encontramos injusto y reduzco mi estadía a una sola noche. Nos quedamos en un dormitorio de ocho camas con baño compartido. El lugar es limpio, moderno y cool. Nada que ver con lo que experimentaría del resto de la ciudad en las próximas horas. Este lugar es casi como un proyecto de Ikea.
e perdidos.
Desde hace ya algún tiempo he estudiado rutas y sitios para conocer en el sudeste asiático. Mi primer acercamiento fue por mi amigo Izaúl en la época de colegio, tras un intercambio en Tailandia. Más tarde conocería a Kongkeat en Washington, D.C. durante mi beca. Él vive en Phrae, en el norte de la misma nación. Esa parte del mundo la imaginé hace un buen rato, pero nunca la imaginé sin más compañía que un computador portátil, mi cámara de fotos, un libro, algunas poleras, shorts y calzoncillos.












Nuevamente pienso en el oso polar, y en por qué la vida le enseñó a cazar peces y a no encariñarse con los pingüinos que se aventuran en el círculo ártico, en el norte del planeta; porque tarde o temprano regresarán al polo sur, que es donde pertenencen. Lo imagino en la selva una vez más. Pienso en toda la ilusión que le hace mudarse a vivir entre cobras y cocodrilos. La esencia del oso es noble, y por eso tiene la esperanza de encontrar más seres nobles en sus gélidas planicies, por las que corre con envidiable libertad. El oso albino, pienso, conseguirá la felicidad viviendo bajo cero, porque fue el lugar que Dios pensó con amor infinito para él; porque allí deberá desenfundar su misión, y porque, de cambiar de hábitat, su naturaleza terminaría por matarle.



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