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Faltaba un mes para que lo recibiéramos en casa, pero se adelantó el parto. Daniel nació prematuro, cuando sus pulmones aún estaban verdes. Permaneció algunas semanas en una incubadora hasta ser liberado de esa cajita de cristal. Mi hermano menor, llegó a nuestro atiborrado hogar sin cejas ni pestañas. “Es un ratón”, dije. Y fue de ese modo como lo hemos llamado hasta hoy.

Ratón, creció libre por toda la casa, y jamás se percató de ser el más pequeño, o nunca asumió debilidades. Fue uno más siempre, no el menor. Apenas caminaba, y ya se colocaba la bufanda de mi abuelo, y usaba su bastón, imitando sus pasos en falso con especial cuidado y admiración. El tata fue su ídolo, hasta el día en que se mudó a vivir con los ángeles y a reencontrarse con los suyos, también idos.  

Crecía rápido, casi sin darnos cuenta. Sus cejas y pestañas finalmente vieron la luz, aunque imperceptibles, al ser tan rubias como sus ricitos. Era Nochebuena, la primera sin mi abuelo sentado en el cabezal de la mesa. Maye, nuestra abuela ocupaba, esta vez, su sitial. El último de los hermanos se incorporó. Llegaba la hora de la oración, que tradicionalmente hizo el patriarca caído. Nadie hablaba, nos miramos y uno a uno empezamos a llorar. No pasó mucho tiempo hasta que Daniel, el pequeño Ratón de traviesos cinco años, tomaba la palabra. “Quiero dar gracias a Dios por mi familia, y porque nos queremos, y porque el tata está contigo y con nuestro hermano Gonzalito, y porque él está bien, y porque comemos cosas ricas…” Sus “porque” no se extinguían, haciendo sentido a todo lo bueno que la vida nos había entregado, y que la pena egoístamente ocultaba de nuestros ojos. Nuestras lágrimas ya no eran por mi abuelo Arturo, si no por la maravillosa presencia de este niño entre nosotros. 

La naturaleza de Daniel conmueve. Esa misma noche, en complicidad coordinó con la mamá un improvisado traje de pascuero. Irrumpió en el living, ante la sorpresa de todos quienes no lográbamos entender cómo el ratoncito se hacía cargo de nuestra navidad, de cómo se suponía que la magia era para él y no responsabilidad suya.  Uno a uno, Maye, Juliana, Gonzalo, Julián, Rodrigo, Gabriel, y yo recibíamos los regalos “que el viejito pascuero me encargó les trajera, porque soy su ayudante”, decía con voz camuflada. Recuerdo que sus obsequios eran dulces comprados en algún quiosco y lápices de baja calidad. A sus cinco años, Daniel ya ahorraba. Abrí el papel con especial cuidado, y el corazón se me despegaba del pecho de pura emoción. No le interesaba cobrar el protagonismo de quien hace regalos, sino darnos la felicidad de recibir uno. Nunca pensó que lo reconoceríamos, de hecho.

Los años venideros, Ratón mantuvo sus actitudes sobrehumanas. Alguna vez lo vi ayudando a empujar un auto desconocido bajo la lluvia fuera de mi casa; acompañando a la mamá en sus actividades de beneficencia, o conversando con señores que le sobrepasaban por más de setetenta años.

Una vez, en las termas de Chillán, vio morir un hombre mayor. La mamá había organizado un viaje para los abuelitos que no conocían la nieve. Estaban bailando en un refugio, cuando uno de ellos sintió un fuerte dolor en el pecho. En los próximos minutos mi hermano estaría rezando junto a las demás personas por el descanso eterno del anciano, mientras llegaba una ambulancia y carabineros. Llegó íntegro a casa, aunque todos conveníamos en que no era justo para él, haber pasado por algo así. A su edad al menos. Cada navidad Daniel la ha hecho especial. Cómo olvidar la del 2001. Hacía poco me habían anunciado como ganador de una beca en Estados Unidos.

Necesitaba nutrir mi armario formal. No era mi fuerte vestir de traje. Ratón puso énfasis en eso. Tenía nueve años recién cumplidos, y pocos pesos en su billetera, de esas con velcro. Hizo que los papás lo acompañaran por todo el centro de la ciudad y los supermercados, hasta que encontró mi presente en una tienda que se llamaba “One Buck”, que en español significa un dólar. Daniel encontró una corbata roja con diseños, por quinientos pesos. “Es para que la uses cuando vayas a la Casa Blanca o al Capitolio”, ordenó con orgullo, asumiendo que me había quitado una preocupación de encima, encontrando el regalo exacto para mi.  Lo miré sin decir nada en un comienzo y lo abracé por largo rato. Me dejó una vez más sin aliento. “Te amo ratoncito, allá la voy a usar, ¡obvio que sí!”.  La corbata de Daniel ha sido lejos el regalo más bello que me han hecho ya de grande. La misma, conservo con amor indescifrable, pues representa una nobleza que me desarma.

Al siguiente mes, en la capital de la nación más poderosa del mundo, se reunían en el Congreso, unos noventa corresponsales de todo el globo. Se trataba del State of the Union Address, algo así como el 21 de mayo en Chile, ocasión en que el presidente Bush rendía cuentas del país, bajo un prisma bastante bélico por la “guerra” en Irak. Hacía poco habían derribado las Torres Gemelas; las banderitas tricolores estaban por todas partes, y en todos sitios se leía “God Bless America”, recuerdo. 

Llegamos al Capitolio –con mis compañeros de la agencia- muy temprano, y nos revisaron hasta las encías. En los corredores me crucé con Hillary Clinton y subí el ascensor con John Glenn, ex senador y astronauta, el primero en orbitar la Tierra. De lejos, observaba al presidente de Afganistán, Hamid Kharzai. Osama bin Laden amenzaba cada tanto con reportes que nos llegaban, consignando sus crueles intenciones sobre el edificio donde, en ese minuto, me encontraba.  

Toda mi familia en Chile seguía la conferencia a través de la televisión por cable. Nunca aparecí ni en un microsegundo de toma. Una lástima, pensaba, porque aquella noche cuando el mundo entero seguía la noticia que se desarrollaba en el Capitolio, yo con orgullo máximo, junto al palco de la Primera Dama, apuntaba frases en mi libreta. Vestía mi mejor tenida: un traje oscuro cualquiera y una corbata roja, la corbata de Daniel.

UNA FÁBULA MODERNA

Me gusta Brasil. Me gusta su gente. Me gustan sus conversaciones. Me gusta su música armónicamente barnizada por un acento cálido y único. Me siento a gusto, en términos simples. Partamos por eso. Creo que todo el mundo relaciona a la nación más grande del Cono Sur con samba, diversión, sexo, desenfreno y hedonismo. Yo, en cambio, en Brasil reflexiono. Nunca me lo propuse, y como todo lo que no planifico de alguna forma en mi vida, termina siendo del algún modo inesperado pero interesante.

Caminar por la arena caliente de Ipanema o fundirse en las olas de la praia do Pepino, o simplemente encerrarse en una habitación de São Paulo, es parte de todo eso, es parte de un análisis, de pensar en la vida que llevo en Santiago de Chile.
Puede ser que uno necesite estar en un escenario distinto para poder entender su propio hábitat. Como un oso polar en la selva, intentando explicarse por qué es más entretenido observar los cocodrilos que ir de pesca en aguas gélidas. Al final del día, mira las estrellas y se da cuenta que la pesca es lo suyo, que el hielo bajo su nuca le hace sentir más cómodo que esa humedad caliente que le aturde y, que finalmente, no podría vivir convertido en un criador de cocodrilos. Un oso polar nace bajo cero porque para vivir ahí fue pensado, porque esos peces nacieron para encontrar un destino mortal en sus fauces, y porque él nació para disfrutar de una caza apetitosa en medio de trozos de hielo flotantes. Es la lógica de su existencia en el hemisferio norte, aunque no termina de cuestionar su vida polar. Se la cuestiona porque inexplicablemente comprende el lenguaje de la selva, y porque en algún momento se enamoró de una cobra. Tal cual. Ninguno de los dos conocía de la historia del otro, y tuvieron que encontrar un idioma neutral para materializar su amor.
Alguna vez me enamoré de una paulista, Carolina. No estuvimos mucho tiempo juntos, pero fue una buena época. Nos conocimos por un trabajo de universidad. Ya la tenía en mis planes desde una vez que se me acercó en la sala de computadores para pedir ayuda. Mi mano sobre la suya, y la suya sobre el mouse. Yo comandaba todo. Mi pecho sobre su hombro, mi olor sobre su nariz. Se dio vuelta y se detuvo en mis ojos. –¿Tu mamá o tu papá es japonés?, me preguntó. –No, le respondí. –¡¿Y el lechero?!, rió. –Eso no lo sé, le comenté. –Lindo, replicó. Reímos juntos con esa complicidad que confirman los ojos del otro perfectamente detenidos sobre los tuyos. Esa complicidad que te permite leer lo que piensa el otro en su mirada. Ambos saben que sienten cosas similares y hacia donde van.
Debíamos hacer una entrevista de semblanza a un compañero. Se la propuse a la profesora, como la nueva alumna de intercambio, becada por su padre rector de la Univesidade Metodista de São Paulo, en una justa competencia con otros ilusionados estudiantes brasileños.
Terminó la entrevista, con ambos alucinados con la vida del otro. Me invitó a bailar a El Gato Azul, un club de música electrónica de mi natal Concepción. Ahí llegué cuando ella ya bailaba sola en la pista, frente al DJ. El resto de la gente aún figuraba en las mesas. Nos besamos a la manera brasileña. No creo necesarias las explicaciones… Me enamoré de su tatuaje: una rosa roja, bajo ella la leyenda “Carpe Diem”. Eso fue un viernes. El lunes, en la universidad mis compañeras me recomendaban alejarme de ella, porque habían llegado comentarios de lo puta que era. –“Dicen que se besaba en el Gato Azul, como si estuviera fallándose al flaco con el que bailaba”, me comentaba, a modo de favor, Virgina. Rápidamente pedí que acabaran con el rumor, y que sí, era cierto. Tan cierto como que el flaco era yo…
En ese entonces, no entendía mucho de portugués, y las veces que Carolina se enojaba conmigo, solo reía. No lograba entender por qué una mujer se podía ver tan linda estando furiosa.
Algún día tuvo que partir de regreso a sus tierras, le regalé De Amor y de Sombra de Isabel Allende. Tomó la última página y leyó una sola palabra – “¡Volveremos!”. Lloró con la misma exageración con que vivía la vida misma.
Amar en otro idioma no es fácil. Porque el amor no es exacto. Es poesía. Y de los géneros literarios, la poesía es, ciertamente, el más difícil de traducir, si es que pude ser expresado en otra lengua con la misma fuerza semántica. Estar con Carolina fue un primer ensayo de los poemas que escribiría mi vida en el futuro.
Decido llamarla a su celular. Han pasado nueve años desde la última vez que nos vimos. Lo intento desde mi habitación del hotel en Guarulhos -en el mismo estado de São Paulo-, sin saber que cada intento de conexión sería cargado a mi cuenta. Hoy entiendo bastante bien el portugués y soy capaz de ver televisión sin problemas. Es más, me hice fiel televidente de Ponto Pé, un programa con una hilarante y deslenguada conductora: Penélope Nova.
La audiencia llama y le cuenta sus problemas. En una misma tarde, conversa con adictas al pene; con hombres acomplejados por ser unitesticulares, como a uno a quien, para calmarlo, le dijo casi con ternura, que a las mujeres sólo les interesaban los huevos de chocolate, y para pascua de resurrección. De regreso de comerciales, Penélope no duda en decirle a una lesbiana recién divorciada de su marido de cinco años, en lo que sería en español chileno: ¡¿Tanto tiempo chupando pico amiga?!. Río con tantas ganas, que mis carcajadas se deben escuchar en todo el Caesar Park Hotel.
Antes de planchar mi camisa para el vuelo del día siguiente, reviso la guía de la ciudad. Me parece exquisita. Recuerdo la vista del antiguo hotel donde nos quedábamos, también en Guarulhos. Se visualizaba la silueta del Gran São Paulo: un horizonte de cemento, con edificios que zigzagueaban el cielo, con la presunción de las grandes urbes. Necesito saber que se siente estar en medio de esos gigantes. Estoy lejos de la gigápolis, pero prometo algún día visitarla, y vivir sus calles y cafés, sus tiendas y bares, sus galerías, conversar con sus residentes e involucrarme con el espíritu paulista.
Afuera llueve, y mucho. El cielo está turbio. En los jardines del hotel, un grupo de unos treinta niños celebra un cumpleaños bajo la tormenta. Unos juegan tenis, otros basketball. El resto nada con ropa en la piscina. Los cocodrilos salen del agua y se quedan al sol, luego se sumergen nuevamente. Los cocodrilos no se resfrían. Estos niños tampoco lo harán.
En el mapa busco la calle donde vive Carolzinha, como le llaman sus amigos. Imagino sus caminatas por esas veredas; la veo subiendo en un ascensor al piso cincuenta y uno de la torre Mirante do Vale; bebiendo tragos en los mejores clubes de Sampa; eligiendo su ropa en el clóset de su habitación; probando nuevos peinados cada semana; moviéndose al ritmo del bossa nova electrónico, o algo con esa fusión salvaje y urbana.
Intento llamarla por última vez a su celular. No contesta.
Ahora pienso en su novio fotógrafo. En cómo caminan juntos por esas calles, tomados de las manos; en cómo él la ayuda a elegir su ropa; en como la prefiere despeinada al amanecer; en cómo la acaricia mientras suben en un ascensor; en como sigue sus caderas con sus manos al ritmo del bossa nova electrónico, mientras besa su cuello; en como ambos fusionan sus vidas en la urbe salvaje.

Nuevamente pienso en el oso polar, y en por qué la vida le enseñó a cazar peces y a no encariñarse con los pingüinos que se aventuran en el círculo ártico, en el norte del planeta; porque tarde o temprano regresarán al polo sur, que es donde pertenencen. Lo imagino en la selva una vez más. Pienso en toda la ilusión que le hace mudarse a vivir entre cobras y cocodrilos. La esencia del oso es noble, y por eso tiene la esperanza de encontrar más seres nobles en sus gélidas planicies, por las que corre con envidiable libertad. El oso albino, pienso, conseguirá la felicidad viviendo bajo cero, porque fue el lugar que Dios pensó con amor infinito para él; porque allí deberá desenfundar su misión, y porque, de cambiar de hábitat, su naturaleza terminaría por matarle.

Camino mucho, siempre lo pienso. La pesadez en mis piernas antes de dormirme cada noche, lo confirma. Camino. La mayor parte del tiempo, cuando no estoy volando, lo hago escuchando música. Mi vida no sería la misma sin las canciones que he ido recolectando a lo largo de los años.Es cierto, transito por modas y obsesiones melódicas que me hacen no variar de un repertorio de siete canciones, como máximo. Lo mismo sucede con mis poleras. Tengo más de sesenta, pero me muevo con unas cuatro o cinco. Mis jeans son los mismos por varios meses, no me complico con eso. Tampoco debe ser cualquier jeans, el de estos días no lo compré en mi país, y era el único en la tienda. Justo de mi talla. Era mío antes de aterrizar en esa ciudad y yo esperaba vestirlo antes de que fuera confeccionado. Estábamos hechos el uno para el otro, como suele suceder en otros aspectos de la vida, entendiendo que vestirse es mucho más simple que el resto de los aspectos de la vida.
He cambiado tanto. Mi cuerpo más que mis ojos pequeños, que mantienen la mirada de siempre. Todo el tiempo me dicen que río con mis ojos. Y cuando estoy melancólico creo que también lo expreso del mismo modo.

Cada cierto tiempo me tomo fotos, de aburrido, supongo. Las últimas, las tomé en una habitación de hotel, antes de tomar una ducha. Dejo mi celular en altavoz y mi música suena, mientras me baño.


Me gusta esto de tener una banda sonora. Y todos tenemos una. ¿Alguna vez se han detenido a pensar en cuáles serán las canciones que oyen los demás? Porque esto de tener músicas que acompañen nuestros pasos, sensaciones, emociones, es transversal y democrático. Digámoslo. Hay segmentación de estilos bajo el prima de las edades, las historias personales, el entorno social y cultural, entre otros factores. Eso está claro, pero también es cierto que todos tenemos el derecho de hacernos de canciones, pagando sólo el precio de la melancolía o la euforia que arriban a nuestro espíritu con sus acordes.

Me gusta saber que el señor que pide plata en la esquina tenga su canción, que mientras el semáforo está en verde tararea mentalmente, y recuerda cosas, y experimenta situaciones. Me gusta que simultáneamente, los autos que pasan frente a su bastón, porten la música que acompaña la vida de sus conductores.

Todos y cada uno de nosotros, los residentes de este planeta, tenemos una canción que hacemos nuestra cada cierto tiempo. La decidimos una vez que ya estamos crecidos, aunque le damos algunos respiros con algunas nuevas que, sin llegar a ser definitivas, nos conectan con momentos que queremos guardar para siempre, u olvidar con más dolor del que debiéramos permitir. Finalmente, disfrutamos en esa suerte de masoquismo que nos conecta con el sufrimiento placentero.

Pienso en los clásicos, y en su genialidad que permitieron enlazar las historias de muchos, demasiados creo, como para permanecer en el tiempo, dulcemente momificados en la memoria de generaciones enteras. Esa es la esencia de un clásico: ser el factor común de tantos hombres y mujeres, que hicieron de esa canción, el track principal de la banda sonora de sus vidas.

Creo que los momentos que marcan etapas de nuestra existencia son los símiles de los clásicos en el mundo musical. Porque, indiscutiblemente, hemos vivido momentos que no llegaron a definir una etapa de nuestras vidas, y la música que acompañó esos momentos también pasó de moda, y se desvaneció como el rocío sobre el pasto al salir el sol. Esas lágrimas que se dejaron caer cuando todo estaba oscuro, pero que el astro -con sabiduría y amor- logró desintegrar al llegar la mañana.

La canción de mi vida, decidí hace algunos años atrás, es “What a wonderful world” cantada con maravillosa aspereza por Louis Armstrong, cuando caminaba con determinación por las avenidas de Washington, D.C., en primavera. Nostalgia pura. Tantas caminatas por el Jefferson Memorial enmarcadas en una postal de cuentos. Tantas tardes soñé bajo la sombra de esos árboles rosados. Tanta felicidad viví en ese momento de mi existencia, en ese lugar, con esa compañía…

Era cherry blossom, época en que miles de cerezos en flor dan vida a una ciudad y recuerdan aquél hermoso regalo que hizo Japón a los Estados Unidos. Un día 27 de marzo, hace noventa y seis años, el alcalde de Tokio, Yukio Ozaki, obsequió los cerezos a la ciudad capital como símbolo de hermandad.

Cada vez que puedo, vuelvo casi como en un ritual de sanación a esa misma melodía. Cierro los ojos, y la voz de Armstrong me regresa paz y me convida calma y esperanza, sin ánimo de pasar a la historia. Pienso en cada una de sus frases, interpretadas por primera vez en 1968 -con magistral simpleza y gozo- por este maestro que fue capaz de abstraerse de la propia miseria de una infancia marginal, y los sufrimientos vividos en plena época de segregación racial, para entonar felicidad pura.

Armstrong vivió esa canción y permanece vivo en ella. Admiro su difícil historia. Estuvo preso por delitos menores, y fue en un reformatorio para niños de color abandonados, donde se convirtió en trompetista. Representó a los Estados Unidos en cada uno de los continentes, pagado por el Departamento de Estado, y se negó en algún momento a tocar en la ex Unión Soviética por considerar que su gobierno no estaba tratando bien a su gente, menos aún podría representarlo ante el mundo.

Aunque fue criticado por su postura frágil en el movimiento de los derechos civiles, gran parte de sus ingresos fueron, con discreta nobleza, al presupuesto de la lucha que encabezaba el Dr. Martin Luther King. La composición, más tarde se convirtió en el tema central del filme “Good Morning Vietnam”, tierras que espero conocer en octubre de este año.

Hoy, el aeropuerto de su natal New Orleans lleva su nombre, y esta tarde los parlantes de mi computador le hacen reverencia, mientras mi cabeza se obsesiona con mis vivencias en el Distrito de Columbia.

El aire fresco, el cielo muy celeste, las ardillas inquietas y felices, los tulipanes de colores arrebatándose por los jardines, los niños en bicicleta, las conversaciones entre sociables y amistosos desconocidos. La alegría de la vida en comunidad, sin importar el amargo canto de los cuervos o el hedor del abono vaporoso en las afueras del Capitolio.

No es fácil escoger una canción que sólo nos haga bien, porque la mayoría está conectada con angustias y pesares. A ratos se me olvida que “What a a wonderful world” es mi canción, y me hago cómplice de algún éxito cebollero. Me llena en su momento y me identifica tal como lo hacen las estrellas a una noche de verano en el sur de Chile.

Las últimas semanas en mi subconsciente suena una canción que Myriam Hernández robó a Marco Antonio Solís, de mal en peor podría pensarse. Escucho “Donde estará mi primavera” con algo de culpa, pero qué importa si me conecta con momentos de los que honestamente, y en contra de toda lógica y voluntad, no quisiera despojarme.

Esa misma melodía la escuchó mi amigo Alejandro en una disquería en Miami, y la adoptó como suya también. Solo por un rato. En alguna disquería de Times Square en Nueva York, hice mía “You’re beautiful” de James Blunt, hace un par de años, pero la liberé meses atrás. Hoy escucho “Same mistake”, del mismo autor. Me gusta el video clip, sobretodo esa parte cuando James se pone un gorro de lana estilo batman.

En el auto de Luna suena Shakira con la música principal de la película “Cien Años de Soledad”, creada por la propia colombiana. La voz de Luna se funde con la de Shakira, pero en mi mente no para de sonar Myriam.

El año pasado conocí a la cantante nacional en un restaurante de Providencia, me la presentó su socio de la academia de canto. Ella devoraba una ensalada, siempre necesaria para luchar contra su genética, que solo le propone un horizonte de gordura y flacidez.

Voy a yoga, y no logro “conectarme con mi centro”. Me siento ridículo intentando posiciones animalescas que en mí se ven sexuales, aunque agradezco los beneficios de esta práctica. No me van las poses del vegetariano, amante del té verde, que canta mantras a diestra y siniestra, fingiendo que todos esos códigos le fluyen como parte de su esencia. En algún sitio de la sala se oye el ruido del agua en una melodía pacífica, pero en mi cabeza Myriam me impide llegar al suelo con la frente, mientras mis piernas permanecen dificultosamente enlazadas.

Esta mañana volví a caminar, más melancólico de lo que hubiera planificado. No me gusta que se me olvide la letra de la canción de mi vida. Lo siento Mr. Armstrong…

Pido a Dios que me traiga sus acordes de regreso, y dibuje sus estrofas en mi alma. Con tinta indeleble, ruego. Porque la vida es hermosa, porque la naturaleza nos confirma su belleza, porque un día nublado no puede hacernos olvidar que el sol está más allá, esperando ver nuestros rostros nuevamente, e iluminar nuestro camino con tierna protección.

Mientras tanto, y como parece ser una mañana de invierno en mi corazón, Myriam se repite el plato en mis oídos. James Blunt le sigue, y algunos otros también les acompañan. Me lo permito, y ya no con tanta culpa.

PEZ DEL CARIBE

Debe haber sido a mediados de los noventa cuando vi un acuario de peces tropicales en la galería de la YMCA, en Concepción. Podía estar horas observando sus colores y la forma en que se desplazaban por su reducido hábitat. Corales en constante movimiento, despacio meneaban sus contornos fucsia eléctricos.

Amarillos, morados, grises con franjas de tonos energizantes, todos esos peces me parecían libres y llamativos. Mi palabra favorita en español es “acuático”, en inglés es “squirrel” y en portugués “saudade”. Enigma, juego y alma, podría ser la traducción de cada una de ellas, aunque es un tema de forma, no de fondo. Me gusta masticar las palabras, y tengo la certeza de que pocos en el mundo las perciben con tanta sensibilidad como yo.

No creo en los horóscopos, aunque todo el mundo dice que soy piscis hasta la médula. Soy un pez que se mueve por todos sitios con afán de descubrir nuevos océanos. El agua es enigmática, algunas veces acogedora – como la del caribe- y otras, tormentosa.
Si fuera un pez, sería uno de aquellos. Del caribe, sin ninguna otra opción. De colores llamativos, único, no se si andaría mucho en cardúmenes de profusa identidad, pero cada tanto me uniría a un grupo u otro.

Me maravillaría con corales que cuidaría como jardines, observaría otras especies con asombro, no temería a los aguijones de las rayas, simpatizaría con ellas. Jugaría con fuego bajo el agua. No temería, nadaría lejos, sin detenciones, sin cerrar los ojos, no me cansaría, porque el agua tibia te da paz y cobijo.

En octubre pasado, invité a Maye, mi abuela, a la riviera maya. Desde Concepción fuimos a Santiago, luego a La Habana, para aterrizar, finalmente, en Cancún. A una hora de esa ciudad nos establecimos en un hotel frente a un mar turquesa, en plena Playa del Carmen.

Pocos imaginaban que éramos abuela y nieto. Caminábamos de la mano entre pirámides y aldeas; entre cocodrilos y guacamayos; entre palmeras y coatíes; entre castillos y selva, con ese amor a prueba de balas.

En una tiendita, recuerdo, un hombre me ofrecía cintillos artesanales, de mil colores. Un buen souvenir para Javiera, mi sobrina, pensaba. El tipo tenía poco de sobrio. –¿Y con quiénes andan?, preguntó. “Solos”, le dije. Ante su sorpresa, me expliqué: “Quise invitar a mi abuela a un sitio que siempre me llamó la atención. Han sido días increíblemente bellos, no se imagina usted”. –“Pues te felicito cabrón por tener a esta dueña. Te regalo ese cintillo porque te lo mereces cabrón!”, me gritaba emocionado impregnando nuestro aire con su alcoholizado aliento. Lo acepté agradecido, aunque hasta hoy, Javiera nunca lo ha usado.

Cada una de nuestras noches en México, antes de dormirme, leía El Conquistador, de Federico Andahazi. Trata la historia de Quetza, un indio mexicano que descubre Europa. Tal cual. Descubre una tierra de barbarie, de seres sumidos en guerras, de hogueras con multitudes enfervorizadas, de adoración por la imagen de un hombre clavado a una cruz. Un sabio anciano regresó a la vida al pequeño Quetza, desvalidamente huérfano. Pasaron juntos noches enteras sin dormir. Lo educó hasta que el pequeño se convirtió en un joven brillante. La nobleza del anciano, permitió que el legado y las profecías de Quetza, el “descubridor de Europa”, aún permanezcan vigentes… Algo de Quetza, humildemente, creía poseer. Aunque una experiencia mar adentro arrancó parte de mi ego.

Era temprano, ya había hecho snorkeling en Xcaret -una especie de Disney maya-, pero me parecía demasiado artificial. Necesitaba naturaleza sin intervenciones. Cerré el trato por unos cuántos dólares: una lancha me pasó a buscar a la orilla, a unos treinta metros de mi habitación, donde Maye seguía las noticias de un tsunami en el estado vecino de Chiapas, a través de CNN.

Un austríaco y dos eslovenos fueron mis compañeros en esta aventura. Nunca creí necesitar chaleco salvavidas. El arrecife de coral, el segundo más grande luego del australiano, no merecía mayor miedo. Creí en los dos metros de profundidad de los que me habló el guía. Finalmente deben haber sido más de cinco. El agua era como gelatina sin color, transparente y pura, aunque muy salina.

Me sumergí con una cámara subacuática en mi mano derecha. Eso me restó estabilidad, y rápida y descoordinadamente respiré agua, y más agua. Y más agua. Pagar por una tortura no tenía sentido, y en microsegundos logré un balance. Los chicos estaban lejos. “!Javier apúrate, nos podemos quedar atrapados en el arrecife, la corriente está muy fuerte!”, me gritaba el guía. Yo sólo tragaba agua cada ciertos metros, y eructaba kilos de sal cada otros tantos. Uno de los eslovenos tomó mi mano y me guió por el mundo submarino: me indicaba una tortuga, y mis manos ardían victimas de un coral con forma de cerebro.

Miles de peces reconfortaron mi espíritu, y me proyecté en cada uno de ellos con magnífica alucinación. Se me acercaban y yo me dejaba querer, se posaban en mis manos como mariposas y jugábamos. Como en un sueño del que nadie quisiera despertar.

Aún me resisto a que algún laboratorio revele esas fotos que tomé con mi subacuática, por miedo a que no representen con fidelidad aquellas maravillosas imágenes que guardé en mi mente y en mi espíritu. Resulta onírico, lo sé. Porque ese día, en aquel mar turquesa del que también fueron testigos los miembros de una maravillosa civilización, me sentí como un pez: un pez del caribe.

PARTIR DE CERO

Ajusto mi corbata, pongo bien mi camisa dentro del pantalón, me ordeno un poco el pelo antes de aparecer en la cabina, cual actor al escenario, aunque debo improvisar el libreto, por no tener un guión definido.
La pasajera del 3 C llora con su hija en brazos. No habla español, ni oirá esta lengua por mucho tiempo. Su marido ha muerto, su pequeña ni lo sospecha. Casada con un chileno-belga, poco disfrutó de ese amor incontenible. Parten lejos de estas tierras de regreso a Brasil. Le llevo un vaso de agua, el primero que doy a un brasileño sin que me lo pida. La jefa de cabina me pregunta qué le pasa a la mulata, que no entiende portugués. Le cuento y se desfigura.
Pronto vuelve su rostro a la normalidad, me cuenta que parte mañana de vacaciones a Londres, con su marido. Se aman. No quieren hijos, por ahora al menos. Se despide de un pasajero amigo de su ex novio, amor de su vida, hasta que se dio cuenta de lo contrario. “Estoy angustiada con mi viaje, te juro, nunca he ido a Inglaterra”, me dice como si yo hubiera ido allí todas las vacaciones de mi vida.
Hace unas semanas Martin, un amigo, dejó Londres. Tal vez sea para siempre. El amor de su vida disfrutaba de su cama con otro cuando llegó a casa. “Esa misma noche me quedé sin hogar, aunque el apartamento era mío. Era medianoche y yo caminaba muerto de frío sin saber dónde ir”, me confidenció en algún momento. Partió a Liverpool. Lo intentó varias veces sin éxito alguno, hasta que decidió vender todo y dejar el Reino Unido para olvidar su mala vida y comenzar completamente de cero. Subiría un cerro, y viajaría por Sudamérica. Le gusta la gente de estas tierras.
Hace unos días subió al Cotopaxi, en Ecuador. Alucinó. Solo le resta hallar una nueva historia de amor, ojalá eterna. “Viviré donde sea, no sé dónde voy, solo sé que espero amar nuevamente, en el lugar que sea”, me avisa por messenger. “Esto es partir desde cero”, dice antes de desconectarse.
La voz del capitán suena por los parlantes. Habrá turbulencias. “Tu hija es hermosa”, le digo a la pasajera con su inquieta y juguetona pequeña en mis brazos. Asiente con su cabeza aún entre lágrimas. Mis ojos la acompañan con el brillo de la compasión. Quiero abrazarla pero no se vería bien. Hace dos meses, justo para el día de año nuevo me abrazaron en cabina.
Un pasajero había extraviado una carpeta, al parecer muy importante. “¡¿Bueno se queda o se va?!”, le advirtió severa una empleada de aeropuerto. Estábamos a punto de dejar Rosario. El tenía en Santiago una conexión a Paris. Le di agua, y le ayudé a buscar la carpeta. La hallé en medio de todo. Me miraba y me agradecía con gestos. Antes de bajar, en el aeropuerto Arturo Merino Benítez, me puso un billete de 10 Euros en el bolsillo de la chaqueta. Se lo regresé. “No quiero ofenderte”, se excusó. Le dije “por el contrario, me halagas, pero no te puedo aceptar el dinero”. Me dijo que ese viaje tenía una connotación emocional única. “Mis padres se están muriendo. Los vi, les agradecí la vida, pero ya debo regresar a Francia, ni sé si sigan vivos cuando se acabe este vuelo”. Me abrazó, lloró unos segundos que parecieron minutos, sobre mi hombro. Me deseó un buen año y yo a él, paz para su alma.
La jefa de cabina anuncia su viaje cada vez que puede, hasta me hace sentir que yo igual voy de vacaciones, tengo la sensación del último vuelo antes de la diversión y el relajo. Le hablo del chileno-belga que dejó solas en el mundo a esta brasileña con su hija. Recuerdo la historia de otro belga que enamoró a una tripulante.
Volamos hace unas semanas. Nos habíamos conocido en el vuelo, hacía unos 30 minutos, y ya me contaba su historia. “Nos ibamos a casar, era el hombre de mi vida. Mi familia me alentaba seguirlo. Nos fuimos seis meses a Calama, luego nos iríamos a Taiwán. Renuncié después de 12 años, justo cuando me habían ascendido a jefa. Vendí mi departamento y mis muebles. No había vuelta atrás. En esta empresa partes desde cero, y yo había conseguido lo más alto”. Sus ojos azules se alborotaban para contener el llanto, fingido en una sonrisa irónica. “Antes de partir, él me dijo que no estaba seguro y me botó. Pedí regresar al trabajo, y me aceptaron, pero partiendo desde el último cargo.” -Hijo de puta, repetí diez veces en mi mente, hasta que la última, salió de mi boca. Ella rió. “Y acá estoy, partiendo desde cero”, concluyó con la misma ironía dibujada en una sonrisa.
Las pasajeras cariocas deben ya estar en algún sitio de Brasil. Esa madre aún llora, no lo dudo, e intenta descubrir como iniciar el resto de su vida… desde cero.

IMPREDECIBLE

Hace exactamente un año, cayó un árbol a unos veinte centímetros de mi cabeza, en el extremo sur de Chile. Nunca antes había estado allí, y menos me había caído un árbol en la vida entera. Creo que siendo chileno es más fácil que te toque vivir un huracán a que te caiga un árbol. Pero cayó no más. Quienes estaban a mi alrededor se taparon la boca y miraron, excepto un gringo que me zamarreó y miró fijo a los ojos preguntando si estaba bien. –Sí, le dije. No miré una sola artesanía más y crucé al hotel. Ni hablar de besar el pie del indio ese.

Dormi en un estado profundo, y no alcancé a despertar para ir a las pingüineras. Cuando lo hice, ya era tarde. En el lobby, me encontré con dos compañeras. –¿y esa chaqueta? ¡Está chora! te ves farandulero, dijo una. Pareces hip hopero, dijo la otra, “tienes onda”. Ensimismado solo las miré y sonreí, con la mente en cualquier sitio. No hice comentarios y seguí mi camino. Avancé en contra del viento, como en otra estación, en otro país, con frío. Partí a reconocer al atacante, en mi calidad de víctima, pero el árbol ya no estaba. De manos en los bolsillos, seguí recorriendo el centro de Punta Arenas.
La tarde avanzó rápido, pero no cayó la noche hasta las diez y media. Una tienda de chocolates, de dueños suizos o descendientes, me regresó el calor. Dejé mi gorro azul sobre la mesa. Churros calientes y leche chocolatada, pedi. Comía sin pensar mucho o tal vez demasiado, pero nada tan seriamente. Mientras el manjar caía por todas partes, tibio y dulce, recordaba el pingüino que alguna vez llegó a la casa de los Arné. Fue la atracción en la feria de mascotas del colegio, cuando nosotros –los hermanos Hurtado- pasábamos sin pena ni gloria con nuestros cachorros de San Bernardo. Nadie puede llevar perros a una feria de mascotas, cero novedad. Mal asesorados por nuestra familia, pensaba. Como el disfraz de perro con manchas que me hizo Maye, mi abuelita. Orejas de radiografía forrada, y cola alambrada profesionalmente diseñada. Las manchas fueron idea de Rodrigo -mi hermano mayor-, obvio si le encantaba pintar. Él mismo me las hizo con plumón café, con terminaciones nada de finas. –Perro quemado, me gritaba José Arturo Valdivia –aún recuerdo su nombre-, y todos mis compañeros se reían en el colegio. Maye me sacaba una foto, orgullosa de su creación y de su nieto-perro-quemado.
Estaba tan débil que no podía defenderme, entregado a cualquier burla. Mi cabeza reventaba, y mis piernas se doblaban solas, pero no me rendía en el rol de mascota de los reyes de mi alianza. Los malestares no me los creía nadie, pensaban que era por no querer usar el disfraz, hasta que empecé a perder el equilibrio, cayendo una y otra vez. Me llevaron a la clínica y me dejaron internado, hasta diagnosticar la Meningoencefalitis.
Fueron dos semanas que jamás olvidaré, la jeringa en la columna vertebral no me la quita nadie, ni el suero en la muñeca, con esa mariposa sádica, tampoco.
Maye no puede ver la foto que ella misma sacara con tanta chochera. Llora y no se convence de no haberme creído. Desde entonces, siento que inconscientemente, me esmero sobre la cuenta por ser creíble y me duele si alguien no logra confiar en mi. Debe haber sido la primera vez que estuve cerca de la muerte, y agradezco que mi familia tuvo todo a su alcance para mejorarme, y salir sano y salvo de esa.
Pero ya estoy viejo, y los Hurtado estan repartidos, y no pueden reaccionar con la inmediatez de antaño. Crecí, y me suceden cosas impredecibles todo el tiempo, como la caida un árbol encima, por ejemplo.

RÍO SIN MIEDO

La mañana era tibia y húmeda, a eso de las ocho. Lo de siempre: gringos corriendo por todos lados, negros descalzos caminando en masa, caos en el tránsito, todo bajo un irónico relajo. Rio es exuberante. Todo es maravillosamente exagerado, las flores son como repollos, las palmeras llegan al cielo, las frutas crecen sin reparos, y llegan como si fueran botadas generosamente por cada ola de Ipanema, Copacabana o Sâo Conrado, donde estaba el hotel.

Desayuno con maracujá, guayaba, naranja, papaya, sandía, y pancitos de queso. Café con un poco de leche. Salir solo en Río no parece tener mucha gracia, para quien no sabe de soledad. Lo entretenido es que te vuelves tu propio cómplice, sabes que no debieras andar solo, ni menos subirte a las micros en dirección desconocida.
De mochila, shorts y zapatillas bajé en Copacabana. No había sol y el cielo se abrumaba con nubes amenazantes. Caminé varias horas por la playa, sin zapatillas intentando captar escenas cotidianas con mi cámara. Me detuve a comprar un coco por R$2. Lo bebí frente a un travesti que comía su tapioca en un puestecito al lado de la calle. Una americana intentaba aprender portugués con Júnior, un negrito de unos 5 años. Le dije que me gustaban sus trenzas de colores. Dame un real, me dijo. Did he ask you for money?, dijo la señora. Solo rei moviendo la cabeza y seguí mi camino.
Tan pronto me instalé en la arena, se me acercó un vendedor. No le compré cerveza. ¿Marihuana?, replicó. No tampoco, gracias, le dije. Muy luego empecé a oir acentos familiares. Muy necesarios cuando necesitas que te cuiden tu plata y tu cámara. Una familia chilena adoptó la mochila que me prestó Damián, mientras las olas de Copacabana me revolcaban tratándome como a un desconocido. Y ciertamente lo era. Diez o veinte minutos en el agua saciaron mi sed de verano. La arena se metía por todas partes, y los niños se atravesaban corriendo.
Una multitud se agrupaba junto a una cancha de volley. Se grababa una escena en la playa con actores de esos con fan clubs. La garotas no paraban de fotografiar a Bruno Galiasso. Me paré varios minutos a observar, pero no dejaba de pensar en lo difícil que podría ser actuar con naturalidad con tanta gente a tu alrededor. El hambre se apoderó de mi integridad. Me empezaban a temblar las piernas yu sudaba más de lo normal. Necesitaba reales para comer, mucho más necesarios que todos los dólares que estaban en mi billetera.
Caminé varias cuadras hasta encontrar una casa de cambios. Comí dos trozos de pizza en un local sencillo pero confiable. La hora avanzaba. La gente en Río es caliente. Todos se miran con descaro, te volteas y te siguen mirando, y no solo eso, además ríen. Sin palabras, el mensaje sólo suena a sexo. Todos con todos y todas, sean quienes sean. Una chica de barrio, mulata, de ojos azules y dientes muy blancos, se reía en una esquina mientras me miraba, como en un flirteo extraño. Las recomendaciones en sitios ajenos te obligan a seguir tu rumbo sin detenciones dudosas.
Se hacía tarde y decidí internarme en la ciudad. Los recolectores de plástico dejaban bolsas con botellas para que los buses les ayudaran a aplastarlas. Los ruidos eran intensos. Iba rumbo a Botafogo. Me bajé en Rio Sul, un shopping center horrido, laberíntico y sudoroso. Caminé una hora pero ya me daban las nueve y media. Hora imprudente para moverse en la cidade maravilhosa. Atravesé un paso bajo nivel, recubierto por mosaicos blancos. No sabía cómo regresar, pero los cariocas son amables.
Unos cuántos disparos oí frente a la estación de gasolina a la salida del túnel. La gente se tomaba la cabeza y se agachaba, dentro de una práctica frecuente. Falsa alarma, pues una moto era la responsable de esos estruendosos estallidos. Junto a un furgón blanco, un hombre gritaba como si se estuviera saliendo el mar: ¡¡¡Copacabana, Ipanema, Leblon, Sâo Conrado!!! Por dos reales regresé al hotel, a un sitio seguro, como los brazos de mi abuela. Los mismos que me apretaron fuerte al día siguiente, -pero a miles de kilómetros de Río, ya sin ruido, ni calor, ni olas, ni olores, ni frutas-, cuando recibí el título de periodista en mi tierra natal: Concepción.

He aquí la Iglesia de St. Bart’s de Nueva York, entre Park Avenue y la 51th. Hace unos meses caminaba unas veinte cuadras por una ciudad nevada, con la angustia de los últimos 7 dólares en el bolsillo y 10 días más a cuestas. De nada habían servido las mil llamadas que hice al banco desde el hotel. Pensaba en mi familia, mis amigos, el smog, los delincuentes, las micros. Todo Santiago me parecía tanto más acogedor que esta urbe. Ya empezaba a instrumentalizar a Nueva York como la ciudad que no me quería, ni yo a ella.
Había estado allí antes, pero no me había gustado. Había olvidado la billetera en Washington, D.C. Kong pagó todo y yo le devolví hasta el último centavo de regreso a casa. Seguía nevando, y la angustia se apoderaba de mis pasos, cada vez menos certeros. Estar con 7 dólares en esa ciudad es como estar con mil pesos en Santiago de Chile. El frío se colaba por todas partes, mi abrigo y mis jeans no hacían peso al clima, y mis zapatillas ya estaban empapadas. Entonces, sentí ganas de llorar. No lo haría en la calle, y justo me encontré con una iglesia: la de St. Bartholomew.
Me abrí paso entre los mendigos que aún dormitaban en los banquillos. Dos mujeres rezaban con una foto. Quise abrazarlas, pero sólo lo pensé. Sabía que tal vez su dolor no tendría consuelo, y que el mío se encontraba a miles de kilómetros o a 10 días. Aún era temprano. Me senté en primera fila, y empecé a rezar. No sabía quién era St. Bart ni si servirían mis rezos. ¿Y si St. Bart no entiende el español?, me pregunté. Volví a rezar lo mismo, esta vez en inglés. Sentí mi alma en paz después de unas cuantas lágrimas. Creo que recuperaba la fe que algún día perdí o que algún día percibí nunca tuve.
Pensé mucho en pocos minutos, me levanté del lugar y salí. En la esquina estaba el Bank of America. Última opción para sacar dinero, antes de entrar en pánico. Algo así como el último llamado para abordar el avión. La cajera tenía una placa con su nombre, muy latino. -Excuse me, but I’m pretty sure you speak spanish… Don’t you?, le pregunté casi respondiéndome. -Pero claro, si soy de Ecuador, me respondió con dulzura. Le expliqué lo que pasaba, que ya había llamado a Visa Internacional, que había llamado a mi banco, pero parece que todos estaban coludidos para dejarme a la deriba en Nueva York. -¡Ay joven tenga fe!, pasemos la tarjeta… Dos o tres segundos demoró en preguntarme cuánto quería sacar. -800 dólares hoy y mañana saco más. Finalmente sobreviví a esa ciudad.
De regreso, en el aeropuerto en Costa Rica miraba aturdido todo lo que pasaba a mi alrededor. El Chino Ríos esperaba en la sala de embarque como si estuviera en un paradero esperando la micro. Nada parecía tan importante, ni tan angustiante en la vida, como lo que había vivido en EE.UU. En el aropuerto de Santiago grabamos el final de una nota sobre los poppers, que habíamos ingresado al país sin control alguno.
Camino a casa, en el jeep de Choco, fumé un cigarro y leí la postal de St. Bart que eché a mi abrigo al salir de aquella iglesia, para no quitarla nunca más de mi bolsillo. El alma regresaba al cuerpo. La ciudad de noche parecía más linda que nunca y yo tenía casi una nueva religión; con un patrono desconocido, pero milagrero: San Bartolomé.

ROBÁNDOME EL SOL

Noche. Once y media, recién llegados al hotel de Calama. Un cigarro con la tripulación al lado de la piscina, el piloto -de shorts y chalas- percibió mejor que nosotros el frío de la noche del norte. Me levanté con sueño la mañana siguiente, muy temprano. Algunos pasajeros se habían ido al mismo hotel y me saludaban al desayuno. Frutas, pan molde integral con queso, jamón y quesillo; café con leche y jugo de naranja. Listo para partir a San Pedro a eso de las ocho.Hice parar el Tur Bus como cuando paro la 611 en Manquehue. Me subi y casi no había chilenos sentados. A mi lado, un tipo que se parecía a Chris Martin de Cold Play. Su look era de gringo alternativo. A ratos me faltaba el aire, y me costaba respirar. Llegamos y el estadounidense bajo su guitarra. Mi intuición me daba la razón: era músico.Caminé por las calles de San Pedro, de shorts, y polera gris, con el sol resbalando por la cara, instalándose sin permiso en cualquier trozo de piel descubierto. Pasaron 20 minutos y mientras buscaba un tur por la zona oí que alguien gritaba mi nombre. Típico que no es para ti pero miras igual por ese 1 contra 99% de que seas tú a quien llaman. Era Pietro, un conocido italiano. ¡¿Qué haces acá?!, me dijo. Supongo que lo mismo que tú, respondí.

Caminamos un rato, tomamos un tur que partía a las cuatro y regresaba a las ocho y media. Antes de partir, almorzamos frente a la plaza en El Algarrobo. Enchiladas muy ricas y agua mineral. Me fui al museo y él a dormir un rato. Nos encontraríamos pocos minutos antes de partir el tur.

Las momias del museo me fatigaron. Me quedé detenido un rato observando pestañas y ojos secados y conservados por la sal. Vacío en el estómago, al pensar que esas trenzas alguna vez fueron peinadas con dedicación, y que finalmente frente a mi había un cadáver. Añoso y sin olor, pero ¡cadáver! Al guía le exigí que cumpliera con el horario, pues tenía boleto de bus a las ocho cuarenta y cinco. Si nos atrasábamos, perdía mi bus, el vuelo del día siguiente y, finalmente, mi trabajo.

Dos franceses, dos chilenos, dos japoneses, Pietro y yo. Llegamos a un precipicio y el guía empezó el discurso –Oh, you speak english…, les dijo complicado a los japoneses. Solo Fusamichi hablaba inglés, pero Hiroko, su amiga sólo conocía el japonés. -Ok, no nos atrasemos. Yo hablo inglés, puedo traducir y él traduce al japonés. Cadena que funcionó bastante sincronizada.

Caminamos media hora por el Valle de la Muerte, donde nos contaron que los fuertes vientos botaban a los animales por un barranco acabando con sus desérticas vidas. Escalamos unas dunas, deshidratados, para tomarnos unas fotos. Llevé pantalones, polerón, bloqueador, lipstick, mi celular, lentes de sol, incluso lápiz. Todo menos agua, que fue lo único que realmente necesité.
Ya en el Valle de la Luna, observamos las estatuas de sal de las Tres Marías. -Y bueno, lamentablemente hace tres años, un turista trepó una de las estatuas, por lo que hoy sólo tenemos dos Marías y media-, dijo con preocupación el guía. Pietro no aguantó la risa. Traduje al inglés rápidamente, y los asiáticos estallaron en carcajadas. Primero él y luego ella. Los chilenos siguieron con seriedad la postura de los franceses. El tema no era menor, por poco sólo nos dejan con dos Marías.

La tarde avanzaba y Pietro me alarmaba diciendo que la puesta de sol era a las 8:15 y que no alcanzaríamos a bajar al transfer para regresar a San Pedro y tomar mi bus. Les pedí a mis nuevos amigos japoneses que dijeran que igual tenían que tomar ese bus, así la presión era más fuerte para que el grupo respetara los horarios. Pocos lugares me gustan más que el desierto. Junto a turistas de todo el mundo caminé por la cresta de las dunas, sin dar un paso en falso para no caer unos cuatrocientos metros. El vértigo era constante. Escalamos una roca para alcanzar el lugar más alto y ver la puesta de sol. El astro no bajaba nunca y el reloj avanzaba muy rápido. Pensaba en locuras como empujar a los chilenos… estaba seguro no respetarían el horario.

La gente sacaba fotos y no ponía atención a sus pasos en la altura. Sufrimiento constante, como cuando veía Indiana Jones. Un chico argentino se abalanzó para atrapar su gorro que el viento le arrebataba, por poco cae. Pero yo parecía ser el único que sufría, por la altura y por la hora. Todo mal. Pietro se encargaba de hacer lo trágico más divertido. No había forma de presionar a los turistas para regresar. Ni siquiera lloveríacomo para tener que regresar obligatoriamente. Hace cincuenta años que no cae una gota de agua.

Finalmente, a las 8:23 PM se puso el sol. Sin más trámite me levanté, dando por terminado el panorama solar. Una señora alemana me dijo irónicamente pero con extraña ternura: Caminé muchos kilómetros, vine de Alemania, a mis años y con este calor. Soñaba con ete sol y justo te paras y no me dejas verlo. Entre carcajadas de Pietro, me deshice en explicaciones, y desaparecí como un delincuente-roba-puestas de sol.