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He aquí la Iglesia de St. Bart’s de Nueva York, entre Park Avenue y la 51th. Hace unos meses caminaba unas veinte cuadras por una ciudad nevada, con la angustia de los últimos 7 dólares en el bolsillo y 10 días más a cuestas. De nada habían servido las mil llamadas que hice al banco desde el hotel. Pensaba en mi familia, mis amigos, el smog, los delincuentes, las micros. Todo Santiago me parecía tanto más acogedor que esta urbe. Ya empezaba a instrumentalizar a Nueva York como la ciudad que no me quería, ni yo a ella.
Había estado allí antes, pero no me había gustado. Había olvidado la billetera en Washington, D.C. Kong pagó todo y yo le devolví hasta el último centavo de regreso a casa. Seguía nevando, y la angustia se apoderaba de mis pasos, cada vez menos certeros. Estar con 7 dólares en esa ciudad es como estar con mil pesos en Santiago de Chile. El frío se colaba por todas partes, mi abrigo y mis jeans no hacían peso al clima, y mis zapatillas ya estaban empapadas. Entonces, sentí ganas de llorar. No lo haría en la calle, y justo me encontré con una iglesia: la de St. Bartholomew.
Me abrí paso entre los mendigos que aún dormitaban en los banquillos. Dos mujeres rezaban con una foto. Quise abrazarlas, pero sólo lo pensé. Sabía que tal vez su dolor no tendría consuelo, y que el mío se encontraba a miles de kilómetros o a 10 días. Aún era temprano. Me senté en primera fila, y empecé a rezar. No sabía quién era St. Bart ni si servirían mis rezos. ¿Y si St. Bart no entiende el español?, me pregunté. Volví a rezar lo mismo, esta vez en inglés. Sentí mi alma en paz después de unas cuantas lágrimas. Creo que recuperaba la fe que algún día perdí o que algún día percibí nunca tuve.
Pensé mucho en pocos minutos, me levanté del lugar y salí. En la esquina estaba el Bank of America. Última opción para sacar dinero, antes de entrar en pánico. Algo así como el último llamado para abordar el avión. La cajera tenía una placa con su nombre, muy latino. -Excuse me, but I’m pretty sure you speak spanish… Don’t you?, le pregunté casi respondiéndome. -Pero claro, si soy de Ecuador, me respondió con dulzura. Le expliqué lo que pasaba, que ya había llamado a Visa Internacional, que había llamado a mi banco, pero parece que todos estaban coludidos para dejarme a la deriba en Nueva York. -¡Ay joven tenga fe!, pasemos la tarjeta… Dos o tres segundos demoró en preguntarme cuánto quería sacar. -800 dólares hoy y mañana saco más. Finalmente sobreviví a esa ciudad.
De regreso, en el aeropuerto en Costa Rica miraba aturdido todo lo que pasaba a mi alrededor. El Chino Ríos esperaba en la sala de embarque como si estuviera en un paradero esperando la micro. Nada parecía tan importante, ni tan angustiante en la vida, como lo que había vivido en EE.UU. En el aropuerto de Santiago grabamos el final de una nota sobre los poppers, que habíamos ingresado al país sin control alguno.
Camino a casa, en el jeep de Choco, fumé un cigarro y leí la postal de St. Bart que eché a mi abrigo al salir de aquella iglesia, para no quitarla nunca más de mi bolsillo. El alma regresaba al cuerpo. La ciudad de noche parecía más linda que nunca y yo tenía casi una nueva religión; con un patrono desconocido, pero milagrero: San Bartolomé.
Noche. Once y media, recién llegados al hotel de Calama. Un cigarro con la tripulación al lado de la piscina, el piloto -de shorts y chalas- percibió mejor que nosotros el frío de la noche del norte. Me levanté con sueño la mañana siguiente, muy temprano. Algunos pasajeros se habían ido al mismo hotel y me saludaban al desayuno. Frutas, pan molde integral con queso, jamón y quesillo; café con leche y jugo de naranja. Listo para partir a San Pedro a eso de las ocho.Hice parar el Tur Bus como cuando paro la 611 en Manquehue. Me subi y casi no había chilenos sentados. A mi lado, un tipo que se parecía a Chris Martin de Cold Play. Su look era de gringo alternativo. A ratos me faltaba el aire, y me costaba respirar. Llegamos y el estadounidense bajo su guitarra. Mi intuición me daba la razón: era músico.Caminé por las calles de San Pedro, de shorts, y polera gris, con el sol resbalando por la cara, instalándose sin permiso en cualquier trozo de piel descubierto. Pasaron 20 minutos y mientras buscaba un tur por la zona oí que alguien gritaba mi nombre. Típico que no es para ti pero miras igual por ese 1 contra 99% de que seas tú a quien llaman. Era Pietro, un conocido italiano. ¡¿Qué haces acá?!, me dijo. Supongo que lo mismo que tú, respondí.

Caminamos un rato, tomamos un tur que partía a las cuatro y regresaba a las ocho y media. Antes de partir, almorzamos frente a la plaza en El Algarrobo. Enchiladas muy ricas y agua mineral. Me fui al museo y él a dormir un rato. Nos encontraríamos pocos minutos antes de partir el tur.

Las momias del museo me fatigaron. Me quedé detenido un rato observando pestañas y ojos secados y conservados por la sal. Vacío en el estómago, al pensar que esas trenzas alguna vez fueron peinadas con dedicación, y que finalmente frente a mi había un cadáver. Añoso y sin olor, pero ¡cadáver! Al guía le exigí que cumpliera con el horario, pues tenía boleto de bus a las ocho cuarenta y cinco. Si nos atrasábamos, perdía mi bus, el vuelo del día siguiente y, finalmente, mi trabajo.

Dos franceses, dos chilenos, dos japoneses, Pietro y yo. Llegamos a un precipicio y el guía empezó el discurso –Oh, you speak english…, les dijo complicado a los japoneses. Solo Fusamichi hablaba inglés, pero Hiroko, su amiga sólo conocía el japonés. -Ok, no nos atrasemos. Yo hablo inglés, puedo traducir y él traduce al japonés. Cadena que funcionó bastante sincronizada.

Caminamos media hora por el Valle de la Muerte, donde nos contaron que los fuertes vientos botaban a los animales por un barranco acabando con sus desérticas vidas. Escalamos unas dunas, deshidratados, para tomarnos unas fotos. Llevé pantalones, polerón, bloqueador, lipstick, mi celular, lentes de sol, incluso lápiz. Todo menos agua, que fue lo único que realmente necesité.
Ya en el Valle de la Luna, observamos las estatuas de sal de las Tres Marías. -Y bueno, lamentablemente hace tres años, un turista trepó una de las estatuas, por lo que hoy sólo tenemos dos Marías y media-, dijo con preocupación el guía. Pietro no aguantó la risa. Traduje al inglés rápidamente, y los asiáticos estallaron en carcajadas. Primero él y luego ella. Los chilenos siguieron con seriedad la postura de los franceses. El tema no era menor, por poco sólo nos dejan con dos Marías.

La tarde avanzaba y Pietro me alarmaba diciendo que la puesta de sol era a las 8:15 y que no alcanzaríamos a bajar al transfer para regresar a San Pedro y tomar mi bus. Les pedí a mis nuevos amigos japoneses que dijeran que igual tenían que tomar ese bus, así la presión era más fuerte para que el grupo respetara los horarios. Pocos lugares me gustan más que el desierto. Junto a turistas de todo el mundo caminé por la cresta de las dunas, sin dar un paso en falso para no caer unos cuatrocientos metros. El vértigo era constante. Escalamos una roca para alcanzar el lugar más alto y ver la puesta de sol. El astro no bajaba nunca y el reloj avanzaba muy rápido. Pensaba en locuras como empujar a los chilenos… estaba seguro no respetarían el horario.

La gente sacaba fotos y no ponía atención a sus pasos en la altura. Sufrimiento constante, como cuando veía Indiana Jones. Un chico argentino se abalanzó para atrapar su gorro que el viento le arrebataba, por poco cae. Pero yo parecía ser el único que sufría, por la altura y por la hora. Todo mal. Pietro se encargaba de hacer lo trágico más divertido. No había forma de presionar a los turistas para regresar. Ni siquiera lloveríacomo para tener que regresar obligatoriamente. Hace cincuenta años que no cae una gota de agua.

Finalmente, a las 8:23 PM se puso el sol. Sin más trámite me levanté, dando por terminado el panorama solar. Una señora alemana me dijo irónicamente pero con extraña ternura: Caminé muchos kilómetros, vine de Alemania, a mis años y con este calor. Soñaba con ete sol y justo te paras y no me dejas verlo. Entre carcajadas de Pietro, me deshice en explicaciones, y desaparecí como un delincuente-roba-puestas de sol.