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Caminamos un rato, tomamos un tur que partía a las cuatro y regresaba a las ocho y media. Antes de partir, almorzamos frente a la plaza en El Algarrobo. Enchiladas muy ricas y agua mineral. Me fui al museo y él a dormir un rato. Nos encontraríamos pocos minutos antes de partir el tur.
Las momias del museo me fatigaron. Me quedé detenido un rato observando pestañas y ojos secados y conservados por la sal. Vacío en el estómago, al pensar que esas trenzas alguna vez fueron peinadas con dedicación, y que finalmente frente a mi había un cadáver. Añoso y sin olor, pero ¡cadáver! Al guía le exigí que cumpliera con el horario, pues tenía boleto de bus a las ocho cuarenta y cinco. Si nos atrasábamos, perdía mi bus, el vuelo del día siguiente y, finalmente, mi trabajo.
Dos franceses, dos chilenos, dos japoneses, Pietro y yo. Llegamos a un precipicio y el guía empezó el discurso –Oh, you speak english…, les dijo complicado a los japoneses. Solo Fusamichi hablaba inglés, pero Hiroko, su amiga sólo conocía el japonés. -Ok, no nos atrasemos. Yo hablo inglés, puedo traducir y él traduce al japonés. Cadena que funcionó bastante sincronizada.
Caminamos media hora por el Valle de la Muerte, donde nos contaron que los fuertes vientos botaban a los animales por un barranco acabando con sus desérticas vidas. Escalamos unas dunas, deshidratados, para tomarnos unas fotos. Llevé pantalones, polerón, bloqueador, lipstick, mi celular, lentes de sol, incluso lápiz. Todo menos agua, que fue lo único que realmente necesité.
Ya en el Valle de la Luna, observamos las estatuas de sal de las Tres Marías. -Y bueno, lamentablemente hace tres años, un turista trepó una de las estatuas, por lo que hoy sólo tenemos dos Marías y media-, dijo con preocupación el guía. Pietro no aguantó la risa. Traduje al inglés rápidamente, y los asiáticos estallaron en carcajadas. Primero él y luego ella. Los chilenos siguieron con seriedad la postura de los franceses. El tema no era menor, por poco sólo nos dejan con dos Marías.
La tarde avanzaba y Pietro me alarmaba diciendo que la puesta de sol era a las 8:15 y que no alcanzaríamos a bajar al transfer para regresar a San Pedro y tomar mi bus. Les pedí a mis nuevos amigos japoneses que dijeran que igual tenían que tomar ese bus, así la presión era más fuerte para que el grupo respetara los horarios. Pocos lugares me gustan más que el desierto. Junto a turistas de todo el mundo caminé por la cresta de las dunas, sin dar un paso en falso para no caer unos cuatrocientos metros. El vértigo era constante. Escalamos una roca para alcanzar el lugar más alto y ver la puesta de sol. El astro no bajaba nunca y el reloj avanzaba muy rápido. Pensaba en locuras como empujar a los chilenos… estaba seguro no respetarían el horario.
La gente sacaba fotos y no ponía atención a sus pasos en la altura. Sufrimiento constante, como cuando veía Indiana Jones. Un chico argentino se abalanzó para atrapar su gorro que el viento le arrebataba, por poco cae. Pero yo parecía ser el único que sufría, por la altura y por la hora. Todo mal. Pietro se encargaba de hacer lo trágico más divertido. No había forma de presionar a los turistas para regresar. Ni siquiera lloveríacomo para tener que regresar obligatoriamente. Hace cincuenta años que no cae una gota de agua.
Finalmente, a las 8:23 PM se puso el sol. Sin más trámite me levanté, dando por terminado el panorama solar. Una señora alemana me dijo irónicamente pero con extraña ternura: Caminé muchos kilómetros, vine de Alemania, a mis años y con este calor. Soñaba con ete sol y justo te paras y no me dejas verlo. Entre carcajadas de Pietro, me deshice en explicaciones, y desaparecí como un delincuente-roba-puestas de sol.


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