Hace exactamente un año, cayó un árbol a unos veinte centímetros de mi cabeza, en el extremo sur de Chile. Nunca antes había estado allí, y menos me había caído un árbol en la vida entera. Creo que siendo chileno es más fácil que te toque vivir un huracán a que te caiga un árbol. Pero cayó no más. Quienes estaban a mi alrededor se taparon la boca y miraron, excepto un gringo que me zamarreó y miró fijo a los ojos preguntando si estaba bien. –Sí, le dije. No miré una sola artesanía más y crucé al hotel. Ni hablar de besar el pie del indio ese.
Dormi en un estado profundo, y no alcancé a despertar para ir a las pingüi

neras. Cuando lo hice, ya era tarde. En el lobby, me encontré con dos compañeras. –¿y esa chaqueta? ¡Está chora! te ves farandulero, dijo una. Pareces hip hopero, dijo la otra, “tienes onda”. Ensimismado solo las miré y sonreí, con la mente en cualquier sitio. No hice comentarios y seguí mi camino. Avancé en contra del viento, como en otra estación, en otro país, con frío. Partí a reconocer al atacante, en mi calidad de víctima, pero el árbol ya no estaba. De manos en los bolsillos, seguí recorriendo el centro de Punta Arenas.

La tarde avanzó rápido, pero no cayó la noche hasta las diez y media. Una tienda de chocolates, de dueños suizos o descendientes, me regresó el calor. Dejé mi gorro azul sobre la mesa. Churros calientes y leche chocolatada, pedi. Comía sin pensar mucho o tal vez demasiado, pero nada tan seriamente. Mientras el manjar caía por todas partes, tibio y dulce, recordaba el pingüino que alguna vez llegó a la casa de los Arné. Fue la atracción en la feria de mascotas del colegio, cuando nosotros –los hermanos Hurtado- pasábamos sin pena ni gloria con nuestros cachorros de San Bernardo. Nadie puede llevar perros a una feria de mascotas, cero novedad. Mal asesorados por nuestra familia, pensaba. Como el disfraz de perro con manchas que me hizo Maye, mi abuelita. Orejas de radiografía forrada, y cola alambrada profesionalmente diseñada. Las manchas fueron idea de Rodrigo -mi hermano mayor-, obvio si le encantaba pintar. Él mismo me las hizo con plumón café, con terminaciones nada de finas. –Perro quemado, me gritaba José Arturo Valdivia –aún recuerdo su nombre-, y todos mis compañeros se reían en el colegio. Maye me sacaba una foto, orgullosa de su creación y de su nieto-perro-quemado.
Estaba tan débil que no podía defenderme, entregado a cualquier burla. Mi cabeza reventaba, y mis piernas se doblaban solas, pero no me rendía en el rol de mascota de los reyes de mi alianza. Los malestares no me los creía nadie, pensaban que era por no querer usar el disfraz, hasta que empecé a perder el equilibrio, cayendo una y otra vez. Me llevaron a la clínica y me dejaron internado, hasta diagnosticar la Meningoencefalitis.
Fueron dos semanas que jamás olvidaré, la jeringa en la columna vertebral no me la quita nadie, ni el suero en la muñeca, con esa mariposa sádica, tampoco.
Maye no puede ver la foto que ella misma sacara con tanta chochera. Llora y no se convence de no haberme creído. Desde entonces, siento que inconscientemente, me esmero sobre la cuenta por ser creíble y me duele si alguien no logra confiar en mi. Debe haber sido la primera vez que estuve cerca de la muerte, y agradezco que mi familia tuvo todo a su alcance para mejorarme, y salir sano y salvo de esa.
Pero ya estoy viejo, y los Hurtado estan repartidos, y no pueden reaccionar con la inmediatez de antaño. Crecí, y me suceden cosas impredecibles todo el tiempo, como la caida un árbol encima, por ejemplo.
1 comment
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Febrero 16, 2009 a 8:04 pm
Panchi
no sabía que tenías este blog…
voy a leerlo con más calma
abrazos