Estás navegando por los archivos mensuales para marzo 2008.
Faltaba un mes para que lo recibiéramos en casa, pero se adelantó el parto. Daniel nació prematuro, cuando sus pulmones aún estaban verdes. Permaneció algunas semanas en una incubadora hasta ser liberado de esa cajita de cristal. Mi hermano menor, llegó a nuestro atiborrado hogar sin cejas ni pestañas. “Es un ratón”, dije. Y fue de ese modo como lo hemos llamado hasta hoy.
Ratón, creció libre por toda la casa, y jamás se percató de ser el más pequeño, o nunca asumió debilidades. Fue uno más siempre, no el menor. Apenas caminaba, y ya se colocaba la bufanda de mi abuelo, y usaba su bastón, imitando sus pasos en falso con especial cuidado y admiración. El tata fue su ídolo, hasta el día en que se mudó a vivir con los ángeles y a reencontrarse con los suyos, también idos.
Crecía rápido, casi sin darnos cuenta. Sus cejas y pestañas finalmente vieron la luz, aunque imperceptibles, al ser tan rubias como sus ricitos. Era Nochebuena, la primera sin mi abuelo sentado en el cabezal de la mesa. Maye, nuestra abuela ocupaba, esta vez, su sitial. El último de los hermanos se incorporó. Llegaba la hora de la oración, que tradicionalmente hizo el patriarca caído. Nadie hablaba, nos miramos y uno a uno empezamos a llorar. No pasó mucho tiempo hasta que Daniel, el pequeño Ratón de traviesos cinco años, tomaba la palabra. “Quiero dar gracias a Dios por mi familia, y porque nos queremos, y porque el tata está contigo y con nuestro hermano Gonzalito, y porque él está bien, y porque comemos cosas ricas…” Sus “porque” no se extinguían, haciendo sentido a todo lo bueno que la vida nos había entregado, y que la pena egoístamente ocultaba de nuestros ojos. Nuestras lágrimas ya no eran por mi abuelo Arturo, si no por la maravillosa presencia de este niño entre nosotros.
La naturaleza de Daniel conmueve. Esa misma noche, en complicidad coordinó con la mamá un improvisado traje de pascuero. Irrumpió en el living, ante la sorpresa de todos quienes no lográbamos entender cómo el ratoncito se hacía cargo de nuestra navidad, de cómo se suponía que la magia era para él y no responsabilidad suya. Uno a uno, Maye, Juliana, Gonzalo, Julián, Rodrigo, Gabriel, y yo recibíamos los regalos “que el viejito pascuero me encargó les trajera, porque soy su ayudante”, decía con voz camuflada. Recuerdo que sus obsequios eran dulces comprados en algún quiosco y lápices de baja calidad. A sus cinco años, Daniel ya ahorraba. Abrí el papel con especial cuidado, y el corazón se me despegaba del pecho de pura emoción. No le interesaba cobrar el protagonismo de quien hace regalos, sino darnos la felicidad de recibir uno. Nunca pensó que lo reconoceríamos, de hecho.
Los años venideros, Ratón mantuvo sus actitudes sobrehumanas. Alguna vez lo vi ayudando a empujar un auto desconocido bajo la lluvia fuera de mi casa; acompañando a la mamá en sus actividades de beneficencia, o conversando con señores que le sobrepasaban por más de setetenta años.
Una vez, en las termas de Chillán, vio morir un hombre mayor. La mamá había organizado un viaje para los abuelitos que no conocían la nieve. Estaban bailando en un refugio, cuando uno de ellos sintió un fuerte dolor en el pecho. En los próximos minutos mi hermano estaría rezando junto a las demás personas por el descanso eterno del anciano, mientras llegaba una ambulancia y carabineros. Llegó íntegro a casa, aunque todos conveníamos en que no era justo para él, haber pasado por algo así. A su edad al menos. Cada navidad Daniel la ha hecho especial. Cómo olvidar la del 2001. Hacía poco me habían anunciado como ganador de una beca en Estados Unidos.
Necesitaba nutrir mi armario formal. No era mi fuerte vestir de traje. Ratón puso énfasis en eso. Tenía nueve años recién cumplidos, y pocos pesos en su billetera, de esas con velcro. Hizo que los papás lo acompañaran por todo el centro de la ciudad y los supermercados, hasta que encontró mi presente en una tienda que se llamaba “One Buck”, que en español significa un dólar. Daniel encontró una corbata roja con diseños, por quinientos pesos. “Es para que la uses cuando vayas a la Casa Blanca o al Capitolio”, ordenó con orgullo, asumiendo que me había quitado una preocupación de encima, encontrando el regalo exacto para mi. Lo miré sin decir nada en un comienzo y lo abracé por largo rato. Me dejó una vez más sin aliento. “Te amo ratoncito, allá la voy a usar, ¡obvio que sí!”. La corbata de Daniel ha sido lejos el regalo más bello que me han hecho ya de grande. La misma, conservo con amor indescifrable, pues representa una nobleza que me desarma.
Al siguiente mes, en la capital de la nación más poderosa del mundo, se reunían en el Congreso, unos noventa corresponsales de todo el globo. Se trataba del State of the Union Address, algo así como el 21 de mayo en Chile, ocasión en que el presidente Bush rendía cuentas del país, bajo un prisma bastante bélico por la “guerra” en Irak. Hacía poco habían derribado las Torres Gemelas; las banderitas tricolores estaban por todas partes, y en todos sitios se leía “God Bless America”, recuerdo.
Llegamos al Capitolio –con mis compañeros de la agencia- muy temprano, y nos revisaron hasta las encías. En los corredores me crucé con Hillary Clinton y subí el ascensor con John Glenn, ex senador y astronauta, el primero en orbitar la Tierra. De lejos, observaba al presidente de Afganistán, Hamid Kharzai. Osama bin Laden amenzaba cada tanto con reportes que nos llegaban, consignando sus crueles intenciones sobre el edificio donde, en ese minuto, me encontraba.
Toda mi familia en Chile seguía la conferencia a través de la televisión por cable. Nunca aparecí ni en un microsegundo de toma. Una lástima, pensaba, porque aquella noche cuando el mundo entero seguía la noticia que se desarrollaba en el Capitolio, yo con orgullo máximo, junto al palco de la Primera Dama, apuntaba frases en mi libreta. Vestía mi mejor tenida: un traje oscuro cualquiera y una corbata roja, la corbata de Daniel.
Me gusta Brasil. Me gusta su gente. Me gustan sus conversaciones. Me gusta su música armónicamente barnizada por un acento cálido y único. Me siento a gusto, en términos simples. Partamos por eso. Creo que todo el mundo relaciona a la nación más grande del Cono Sur con samba, diversión, sexo, desenfreno y hedonismo. Yo, en cambio, en Brasil reflexiono. Nunca me lo propuse, y como todo lo que no planifico de alguna forma en mi vida, termina siendo del algún modo inesperado pero interesante.
Caminar por la arena caliente de Ipanema o fundirse en las olas de la praia do Pepino, o simplemente encerrarse en una habitación de São Paulo, es parte de todo eso, es parte de un análisis, de pensar en la vida que llevo en Santiago de Chile.
ahí fue pensado, porque esos peces nacieron para encontrar un destino mortal en sus fauces, y porque él nació para disfrutar de una caza apetitosa en medio de trozos de hielo flotantes. Es la lógica de su existencia en el hemisferio norte, aunque no termina de cuestionar su vida polar. Se la cuestiona porque inexplicablemente comprende el lenguaje de la selva, y porque en algún momento se enamoró de una cobra. Tal cual. Ninguno de los dos conocía de la historia del otro, y tuvieron que encontrar un idioma neutral para materializar su amor.
brasileña. No creo necesarias las explicaciones… Me enamoré de su tatuaje: una rosa roja, bajo ella la leyenda “Carpe Diem”. Eso fue un viernes. El lunes, en la universidad mis compañeras me recomendaban alejarme de ella, porque habían llegado comentarios de lo puta que era. –“Dicen que se besaba en el Gato Azul, como si estuviera fallándose al flaco con el que bailaba”, me comentaba, a modo de favor, Virgina. Rápidamente pedí que acabaran con el rumor, y que sí, era cierto. Tan cierto como que el flaco era yo…
caminatas por esas veredas; la veo subiendo en un ascensor al piso cincuenta y uno de la torre Mirante do Vale; bebiendo tragos en los mejores clubes de Sampa; eligiendo su ropa en el clóset de su habitación; probando nuevos peinados cada semana; moviéndose al ritmo del bossa nova electrónico, o algo con esa fusión salvaje y urbana.
Nuevamente pienso en el oso polar, y en por qué la vida le enseñó a cazar peces y a no encariñarse con los pingüinos que se aventuran en el círculo ártico, en el norte del planeta; porque tarde o temprano regresarán al polo sur, que es donde pertenencen. Lo imagino en la selva una vez más. Pienso en toda la ilusión que le hace mudarse a vivir entre cobras y cocodrilos. La esencia del oso es noble, y por eso tiene la esperanza de encontrar más seres nobles en sus gélidas planicies, por las que corre con envidiable libertad. El oso albino, pienso, conseguirá la felicidad viviendo bajo cero, porque fue el lugar que Dios pensó con amor infinito para él; porque allí deberá desenfundar su misión, y porque, de cambiar de hábitat, su naturaleza terminaría por matarle.
Cada cierto tiempo me tomo fotos, de aburrido, supongo. Las últimas, las tomé en una habitación de hotel, antes de tomar una ducha. Dejo mi celular en altavoz y mi música suena, mientras me baño.
Me gusta esto de tener una banda sonora. Y todos tenemos una. ¿Alguna vez se han detenido a pensar en cuáles serán las canciones que oyen los demás? Porque esto de tener músicas que acompañen nuestros pasos, sensaciones, emociones, es transversal y democrático. Digámoslo. Hay segmentación de estilos bajo el prima de las edades, las historias personales, el entorno social y cultural, entre otros factores. Eso está claro, pero también es cierto que todos tenemos el derecho de hacernos de canciones, pagando sólo el precio de la melancolía o la euforia que arriban a nuestro espíritu con sus acordes.
Me gusta saber que el señor que pide plata en la esquina tenga su canción, que mientras el semáforo está en verde tararea mentalmente, y recuerda cosas, y experimenta situaciones. Me gusta que simultáneamente, los autos que pasan frente a su bastón, porten la música que acompaña la vida de sus conductores.
Todos y cada uno de nosotros, los residentes de este planeta, tenemos una canción que hacemos nuestra cada cierto tiempo. La decidimos una vez que ya estamos crecidos, aunque le damos algunos respiros con algunas nuevas que, sin llegar a ser definitivas, nos conectan con momentos que queremos guardar para siempre, u olvidar con más dolor del que debiéramos permitir. Finalmente, disfrutamos en esa suerte de masoquismo que nos conecta con el sufrimiento placentero.
Pienso en los clásicos, y en su genialidad que permitieron enlazar las historias de muchos, demasiados creo, como para permanecer en el tiempo, dulcemente momificados en la memoria de generaciones enteras. Esa es la esencia de un clásico: ser el factor común de tantos hombres y mujeres, que hicieron de esa canción, el track principal de la banda sonora de sus vidas.
Creo que los momentos que marcan etapas de nuestra existencia son los símiles de los clásicos en el mundo musical. Porque, indiscutiblemente, hemos vivido momentos que no llegaron a definir una etapa de nuestras vidas, y la música que acompañó esos momentos también pasó de moda, y se desvaneció como el rocío sobre el pasto al salir el sol. Esas lágrimas que se dejaron caer cuando todo estaba oscuro, pero que el astro -con sabiduría y amor- logró desintegrar al llegar la mañana.
La canción de mi vida, decidí hace algunos años atrás, es “What a wonderful world” cantada con maravillosa aspereza por Louis Armstrong, cuando caminaba con determinación por las avenidas de Washington, D.C., en primavera. Nostalgia pura. Tantas caminatas por el Jefferson Memorial enmarcadas en una postal de cuentos. Tantas tardes soñé bajo la sombra de esos árboles rosados. Tanta felicidad viví en ese momento de mi existencia, en ese lugar, con esa compañía…

Era cherry blossom, época en que miles de cerezos en flor dan vida a una ciudad y recuerdan aquél hermoso regalo que hizo Japón a los Estados Unidos. Un día 27 de marzo, hace noventa y seis años, el alcalde de Tokio, Yukio Ozaki, obsequió los cerezos a la ciudad capital como símbolo de hermandad.
Cada vez que puedo, vuelvo casi como en un ritual de sanación a esa misma melodía. Cierro los ojos, y la voz de Armstrong me regresa paz y me convida calma y esperanza, sin ánimo de pasar a la historia. Pienso en cada una de sus frases, interpretadas por primera vez en 1968 -con magistral simpleza y gozo- por este maestro que fue capaz de abstraerse de la propia miseria de una infancia marginal, y los sufrimientos vividos en plena época de segregación racial, para entonar felicidad pura.
Armstrong vivió esa canción y permanece vivo en ella. Admiro su difícil historia. Estuvo preso por delitos menores, y fue en un reformatorio para niños de color abandonados, donde se convirtió en trompetista. Representó a los Estados Unidos en cada uno de los continentes, pagado por el Departamento de Estado, y se negó en algún momento a tocar en la ex Unión Soviética por considerar que su gobierno no estaba tratando bien a su gente, menos aún podría representarlo ante el mundo.
Aunque fue criticado por su postura frágil en el movimiento de los derechos civiles, gran parte de sus ingresos fueron, con discreta nobleza, al presupuesto de la lucha que encabezaba el Dr. Martin Luther King. La composición, más tarde se convirtió en el tema central del filme “Good Morning Vietnam”, tierras que espero conocer en octubre de este año.
Hoy, el aeropuerto de su natal New Orleans lleva su nombre, y esta tarde los parlantes de mi computador le hacen reverencia, mientras mi cabeza se obsesiona con mis vivencias en el Distrito de Columbia.
El aire fresco, el cielo muy celeste, las ardillas inquietas y felices, los tulipanes de colores arrebatándose por los jardines, los niños en bicicleta, las conversaciones entre sociables y amistosos desconocidos. La alegría de la vida en comunidad, sin importar el amargo canto de los cuervos o el hedor del abono vaporoso en las afueras del Capitolio.
No es fácil escoger una canción que sólo nos haga bien, porque la mayoría está conectada con angustias y pesares. A ratos se me olvida que “What a a wonderful world” es mi canción, y me hago cómplice de algún éxito cebollero. Me llena en su momento y me identifica tal como lo hacen las estrellas a una noche de verano en el sur de Chile.
Las últimas semanas en mi subconsciente suena una canción que Myriam Hernández robó a Marco Antonio Solís, de mal en peor podría pensarse. Escucho “Donde estará mi primavera” con algo de culpa, pero qué importa si me conecta con momentos de los que honestamente, y en contra de toda lógica y voluntad, no quisiera despojarme.
Esa misma melodía la escuchó mi amigo Alejandro en una disquería en Miami, y la adoptó como suya también. Solo por un rato. En alguna disquería de Times Square en Nueva York, hice mía “You’re beautiful” de James Blunt, hace un par de años, pero la liberé meses atrás. Hoy escucho “Same mistake”, del mismo autor. Me gusta el video clip, sobretodo esa parte cuando James se pone un gorro de lana estilo batman.
En el auto de Luna suena Shakira con la música principal de la película “Cien Años de Soledad”, creada por la propia colombiana. La voz de Luna se funde con la de Shakira, pero en mi mente no para de sonar Myriam.
El año pasado conocí a la cantante nacional en un restaurante de Providencia, me la presentó su socio de la academia de canto. Ella devoraba una ensalada, siempre necesaria para luchar contra su genética, que solo le propone un horizonte de gordura y flacidez.
Voy a yoga, y no logro “conectarme con mi centro”. Me siento ridículo intentando posiciones animalescas que en mí se ven sexuales, aunque agradezco los beneficios de esta práctica. No me van las poses del vegetariano, amante del té verde, que canta mantras a diestra y siniestra, fingiendo que todos esos códigos le fluyen como parte de su esencia. En algún sitio de la sala se oye el ruido del agua en una melodía pacífica, pero en mi cabeza Myriam me impide llegar al suelo con la frente, mientras mis piernas permanecen dificultosamente enlazadas.
Esta mañana volví a caminar, más melancólico de lo que hubiera planificado. No me gusta que se me olvide la letra de la canción de mi vida. Lo siento Mr. Armstrong…
Pido a Dios que me traiga sus acordes de regreso, y dibuje sus estrofas en mi alma. Con tinta indeleble, ruego. Porque la vida es hermosa, porque la naturaleza nos confirma su belleza, porque un día nublado no puede hacernos olvidar que el sol está más allá, esperando ver nuestros rostros nuevamente, e iluminar nuestro camino con tierna protección.
Mientras tanto, y como parece ser una mañana de invierno en mi corazón, Myriam se repite el plato en mis oídos. James Blunt le sigue, y algunos otros también les acompañan. Me lo permito, y ya no con tanta culpa.
Debe haber sido a mediados de los noventa cuando vi un acuario de peces tropicales en la galería de la YMCA, en Concepción. Podía estar horas observando sus colores y la forma en que se desplazaban por su reducido hábitat. Corales en constante movimiento, despacio meneaban sus contornos fucsia eléctricos.
Amarillos, morados, grises con franjas de tonos energizantes, todos esos peces me parecían libres y llamativos. Mi palabra favorita en español es “acuático”, en inglés es “squirrel” y en portugués “saudade”. Enigma, juego y alma, podría ser la traducción de cada una de ellas, aunque es un tema de forma, no de fondo. Me gusta masticar las palabras, y tengo la certeza de que pocos en el mundo las perciben con tanta sensibilidad como yo.
No creo en los horóscopos, aunque todo el mundo dice que soy piscis hasta la médula. Soy un pez que se mueve por todos sitios con afán de descubrir nuevos océanos. El agua es enigmática, algunas veces acogedora – como la del caribe- y otras, tormentosa.
Si fuera un pez, sería uno de aquellos. Del caribe, sin ninguna otra opción. De colores llamativos, único, no se si andaría mucho en cardúmenes de profusa identidad, pero cada tanto me uniría a un grupo u otro.
Me maravillaría con corales que cuidaría como jardines, observaría otras especies con asombro, no temería a los aguijones de las rayas, simpatizaría con ellas. Jugaría con fuego bajo el agua. No temería, nadaría lejos, sin detenciones, sin cerrar los ojos, no me cansaría, porque el agua tibia te da paz y cobijo.
En octubre pasado, invité a Maye, mi abuela, a la riviera maya. Desde Concepción fuimos a Santiago, luego a La Habana, para aterrizar, finalmente, en Cancún. A una hora de esa ciudad nos establecimos en un hotel frente a un mar turquesa, en plena Playa del Carmen.
Pocos imaginaban que éramos abuela y nieto. Caminábamos de la mano entre pirámides y aldeas; entre cocodrilos y guacamayos; entre palmeras y coatíes; entre castillos y selva, con ese amor a prueba de balas.
En una tiendita, recuerdo, un hombre me ofrecía cintillos artesanales, de mil colores. Un buen souvenir para Javiera, mi sobrina, pensaba. El tipo tenía poco de sobrio. –¿Y con quiénes andan?, preguntó. “Solos”, le dije. Ante su sorpresa, me expliqué: “Quise invitar a mi abuela a un sitio que siempre me llamó la atención. Han sido días increíblemente bellos, no se imagina usted”. –“Pues te felicito cabrón por tener a esta dueña. Te regalo ese cintillo porque te lo mereces cabrón!”, me gritaba emocionado impregnando nuestro aire con su alcoholizado aliento. Lo acepté agradecido, aunque hasta hoy, Javiera nunca lo ha usado.
Cada una de nuestras noches en México, antes de dormirme, leía El Conquistador, de Federico Andahazi. Trata la historia de Quetza, un indio mexicano que descubre Europa. Tal cual. Descubre una tierra de barbarie, de seres sumidos en guerras, de hogueras con multitudes enfervorizadas, de adoración por la imagen de un hombre clavado a una cruz. Un sabio anciano regresó a la vida al pequeño Quetza, desvalidamente huérfano. Pasaron juntos noches enteras sin dormir. Lo educó hasta que el pequeño se convirtió en un joven brillante. La nobleza del anciano, permitió que el legado y las profecías de Quetza, el “descubridor de Europa”, aún permanezcan vigentes… Algo de Quetza, humildemente, creía poseer. Aunque una experiencia mar adentro arrancó parte de mi ego.
Era temprano, ya había hecho snorkeling en Xcaret -una especie de Disney maya-, pero me
parecía demasiado artificial. Necesitaba naturaleza sin intervenciones. Cerré el trato por unos cuántos dólares: una lancha me pasó a buscar a la orilla, a unos treinta metros de mi habitación, donde Maye seguía las noticias de un tsunami en el estado vecino de Chiapas, a través de CNN.
Un austríaco y dos eslovenos fueron mis compañeros en esta aventura. Nunca creí necesitar chaleco salvavidas. El arrecife de coral, el segundo más grande luego del australiano, no merecía mayor miedo. Creí en los dos metros de profundidad de los que me habló el guía. Finalmente deben haber sido más de cinco. El agua era como gelatina sin color, transparente y pura, aunque muy salina.
Me sumergí con una cámara subacuática en mi mano derecha. Eso me restó estabilidad, y rápida
y descoordinadamente respiré agua, y más agua. Y más agua. Pagar por una tortura no tenía sentido, y en microsegundos logré un balance. Los chicos estaban lejos. “!Javier apúrate, nos podemos quedar atrapados en el arrecife, la corriente está muy fuerte!”, me gritaba el guía. Yo sólo tragaba agua cada ciertos metros, y eructaba kilos de sal cada otros tantos. Uno de los eslovenos tomó mi mano y me guió por el mundo submarino: me indicaba una tortuga, y mis manos ardían victimas de un coral con forma de cerebro.
Miles de peces reconfortaron mi espíritu, y me proyecté en cada uno de ellos con magnífica alucinación. Se me acercaban y yo me dejaba querer, se posaban en mis manos como mariposas y jugábamos. Como en un sueño del que nadie quisiera despertar.
Aún me resisto a que algún laboratorio revele esas fotos que tomé con mi subacuática, por miedo a que no representen con fidelidad aquellas maravillosas imágenes que guardé en mi mente y en mi espíritu. Resulta onírico, lo sé. Porque ese día, en aquel mar turquesa del que también fueron testigos los miembros de una maravillosa civilización, me sentí como un pez: un pez del caribe.



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