Debe haber sido a mediados de los noventa cuando vi un acuario de peces tropicales en la galería de la YMCA, en Concepción. Podía estar horas observando sus colores y la forma en que se desplazaban por su reducido hábitat. Corales en constante movimiento, despacio meneaban sus contornos fucsia eléctricos.

Amarillos, morados, grises con franjas de tonos energizantes, todos esos peces me parecían libres y llamativos. Mi palabra favorita en español es “acuático”, en inglés es “squirrel” y en portugués “saudade”. Enigma, juego y alma, podría ser la traducción de cada una de ellas, aunque es un tema de forma, no de fondo. Me gusta masticar las palabras, y tengo la certeza de que pocos en el mundo las perciben con tanta sensibilidad como yo.

No creo en los horóscopos, aunque todo el mundo dice que soy piscis hasta la médula. Soy un pez que se mueve por todos sitios con afán de descubrir nuevos océanos. El agua es enigmática, algunas veces acogedora – como la del caribe- y otras, tormentosa.
Si fuera un pez, sería uno de aquellos. Del caribe, sin ninguna otra opción. De colores llamativos, único, no se si andaría mucho en cardúmenes de profusa identidad, pero cada tanto me uniría a un grupo u otro.

Me maravillaría con corales que cuidaría como jardines, observaría otras especies con asombro, no temería a los aguijones de las rayas, simpatizaría con ellas. Jugaría con fuego bajo el agua. No temería, nadaría lejos, sin detenciones, sin cerrar los ojos, no me cansaría, porque el agua tibia te da paz y cobijo.

En octubre pasado, invité a Maye, mi abuela, a la riviera maya. Desde Concepción fuimos a Santiago, luego a La Habana, para aterrizar, finalmente, en Cancún. A una hora de esa ciudad nos establecimos en un hotel frente a un mar turquesa, en plena Playa del Carmen.

Pocos imaginaban que éramos abuela y nieto. Caminábamos de la mano entre pirámides y aldeas; entre cocodrilos y guacamayos; entre palmeras y coatíes; entre castillos y selva, con ese amor a prueba de balas.

En una tiendita, recuerdo, un hombre me ofrecía cintillos artesanales, de mil colores. Un buen souvenir para Javiera, mi sobrina, pensaba. El tipo tenía poco de sobrio. –¿Y con quiénes andan?, preguntó. “Solos”, le dije. Ante su sorpresa, me expliqué: “Quise invitar a mi abuela a un sitio que siempre me llamó la atención. Han sido días increíblemente bellos, no se imagina usted”. –“Pues te felicito cabrón por tener a esta dueña. Te regalo ese cintillo porque te lo mereces cabrón!”, me gritaba emocionado impregnando nuestro aire con su alcoholizado aliento. Lo acepté agradecido, aunque hasta hoy, Javiera nunca lo ha usado.

Cada una de nuestras noches en México, antes de dormirme, leía El Conquistador, de Federico Andahazi. Trata la historia de Quetza, un indio mexicano que descubre Europa. Tal cual. Descubre una tierra de barbarie, de seres sumidos en guerras, de hogueras con multitudes enfervorizadas, de adoración por la imagen de un hombre clavado a una cruz. Un sabio anciano regresó a la vida al pequeño Quetza, desvalidamente huérfano. Pasaron juntos noches enteras sin dormir. Lo educó hasta que el pequeño se convirtió en un joven brillante. La nobleza del anciano, permitió que el legado y las profecías de Quetza, el “descubridor de Europa”, aún permanezcan vigentes… Algo de Quetza, humildemente, creía poseer. Aunque una experiencia mar adentro arrancó parte de mi ego.

Era temprano, ya había hecho snorkeling en Xcaret -una especie de Disney maya-, pero me parecía demasiado artificial. Necesitaba naturaleza sin intervenciones. Cerré el trato por unos cuántos dólares: una lancha me pasó a buscar a la orilla, a unos treinta metros de mi habitación, donde Maye seguía las noticias de un tsunami en el estado vecino de Chiapas, a través de CNN.

Un austríaco y dos eslovenos fueron mis compañeros en esta aventura. Nunca creí necesitar chaleco salvavidas. El arrecife de coral, el segundo más grande luego del australiano, no merecía mayor miedo. Creí en los dos metros de profundidad de los que me habló el guía. Finalmente deben haber sido más de cinco. El agua era como gelatina sin color, transparente y pura, aunque muy salina.

Me sumergí con una cámara subacuática en mi mano derecha. Eso me restó estabilidad, y rápida y descoordinadamente respiré agua, y más agua. Y más agua. Pagar por una tortura no tenía sentido, y en microsegundos logré un balance. Los chicos estaban lejos. “!Javier apúrate, nos podemos quedar atrapados en el arrecife, la corriente está muy fuerte!”, me gritaba el guía. Yo sólo tragaba agua cada ciertos metros, y eructaba kilos de sal cada otros tantos. Uno de los eslovenos tomó mi mano y me guió por el mundo submarino: me indicaba una tortuga, y mis manos ardían victimas de un coral con forma de cerebro.

Miles de peces reconfortaron mi espíritu, y me proyecté en cada uno de ellos con magnífica alucinación. Se me acercaban y yo me dejaba querer, se posaban en mis manos como mariposas y jugábamos. Como en un sueño del que nadie quisiera despertar.

Aún me resisto a que algún laboratorio revele esas fotos que tomé con mi subacuática, por miedo a que no representen con fidelidad aquellas maravillosas imágenes que guardé en mi mente y en mi espíritu. Resulta onírico, lo sé. Porque ese día, en aquel mar turquesa del que también fueron testigos los miembros de una maravillosa civilización, me sentí como un pez: un pez del caribe.