Cada cierto tiempo me tomo fotos, de aburrido, supongo. Las últimas, las tomé en una habitación de hotel, antes de tomar una ducha. Dejo mi celular en altavoz y mi música suena, mientras me baño.
Me gusta esto de tener una banda sonora. Y todos tenemos una. ¿Alguna vez se han detenido a pensar en cuáles serán las canciones que oyen los demás? Porque esto de tener músicas que acompañen nuestros pasos, sensaciones, emociones, es transversal y democrático. Digámoslo. Hay segmentación de estilos bajo el prima de las edades, las historias personales, el entorno social y cultural, entre otros factores. Eso está claro, pero también es cierto que todos tenemos el derecho de hacernos de canciones, pagando sólo el precio de la melancolía o la euforia que arriban a nuestro espíritu con sus acordes.
Me gusta saber que el señor que pide plata en la esquina tenga su canción, que mientras el semáforo está en verde tararea mentalmente, y recuerda cosas, y experimenta situaciones. Me gusta que simultáneamente, los autos que pasan frente a su bastón, porten la música que acompaña la vida de sus conductores.
Todos y cada uno de nosotros, los residentes de este planeta, tenemos una canción que hacemos nuestra cada cierto tiempo. La decidimos una vez que ya estamos crecidos, aunque le damos algunos respiros con algunas nuevas que, sin llegar a ser definitivas, nos conectan con momentos que queremos guardar para siempre, u olvidar con más dolor del que debiéramos permitir. Finalmente, disfrutamos en esa suerte de masoquismo que nos conecta con el sufrimiento placentero.
Pienso en los clásicos, y en su genialidad que permitieron enlazar las historias de muchos, demasiados creo, como para permanecer en el tiempo, dulcemente momificados en la memoria de generaciones enteras. Esa es la esencia de un clásico: ser el factor común de tantos hombres y mujeres, que hicieron de esa canción, el track principal de la banda sonora de sus vidas.
Creo que los momentos que marcan etapas de nuestra existencia son los símiles de los clásicos en el mundo musical. Porque, indiscutiblemente, hemos vivido momentos que no llegaron a definir una etapa de nuestras vidas, y la música que acompañó esos momentos también pasó de moda, y se desvaneció como el rocío sobre el pasto al salir el sol. Esas lágrimas que se dejaron caer cuando todo estaba oscuro, pero que el astro -con sabiduría y amor- logró desintegrar al llegar la mañana.
La canción de mi vida, decidí hace algunos años atrás, es “What a wonderful world” cantada con maravillosa aspereza por Louis Armstrong, cuando caminaba con determinación por las avenidas de Washington, D.C., en primavera. Nostalgia pura. Tantas caminatas por el Jefferson Memorial enmarcadas en una postal de cuentos. Tantas tardes soñé bajo la sombra de esos árboles rosados. Tanta felicidad viví en ese momento de mi existencia, en ese lugar, con esa compañía…

Era cherry blossom, época en que miles de cerezos en flor dan vida a una ciudad y recuerdan aquél hermoso regalo que hizo Japón a los Estados Unidos. Un día 27 de marzo, hace noventa y seis años, el alcalde de Tokio, Yukio Ozaki, obsequió los cerezos a la ciudad capital como símbolo de hermandad.
Cada vez que puedo, vuelvo casi como en un ritual de sanación a esa misma melodía. Cierro los ojos, y la voz de Armstrong me regresa paz y me convida calma y esperanza, sin ánimo de pasar a la historia. Pienso en cada una de sus frases, interpretadas por primera vez en 1968 -con magistral simpleza y gozo- por este maestro que fue capaz de abstraerse de la propia miseria de una infancia marginal, y los sufrimientos vividos en plena época de segregación racial, para entonar felicidad pura.
Armstrong vivió esa canción y permanece vivo en ella. Admiro su difícil historia. Estuvo preso por delitos menores, y fue en un reformatorio para niños de color abandonados, donde se convirtió en trompetista. Representó a los Estados Unidos en cada uno de los continentes, pagado por el Departamento de Estado, y se negó en algún momento a tocar en la ex Unión Soviética por considerar que su gobierno no estaba tratando bien a su gente, menos aún podría representarlo ante el mundo.
Aunque fue criticado por su postura frágil en el movimiento de los derechos civiles, gran parte de sus ingresos fueron, con discreta nobleza, al presupuesto de la lucha que encabezaba el Dr. Martin Luther King. La composición, más tarde se convirtió en el tema central del filme “Good Morning Vietnam”, tierras que espero conocer en octubre de este año.
Hoy, el aeropuerto de su natal New Orleans lleva su nombre, y esta tarde los parlantes de mi computador le hacen reverencia, mientras mi cabeza se obsesiona con mis vivencias en el Distrito de Columbia.
El aire fresco, el cielo muy celeste, las ardillas inquietas y felices, los tulipanes de colores arrebatándose por los jardines, los niños en bicicleta, las conversaciones entre sociables y amistosos desconocidos. La alegría de la vida en comunidad, sin importar el amargo canto de los cuervos o el hedor del abono vaporoso en las afueras del Capitolio.
No es fácil escoger una canción que sólo nos haga bien, porque la mayoría está conectada con angustias y pesares. A ratos se me olvida que “What a a wonderful world” es mi canción, y me hago cómplice de algún éxito cebollero. Me llena en su momento y me identifica tal como lo hacen las estrellas a una noche de verano en el sur de Chile.
Las últimas semanas en mi subconsciente suena una canción que Myriam Hernández robó a Marco Antonio Solís, de mal en peor podría pensarse. Escucho “Donde estará mi primavera” con algo de culpa, pero qué importa si me conecta con momentos de los que honestamente, y en contra de toda lógica y voluntad, no quisiera despojarme.
Esa misma melodía la escuchó mi amigo Alejandro en una disquería en Miami, y la adoptó como suya también. Solo por un rato. En alguna disquería de Times Square en Nueva York, hice mía “You’re beautiful” de James Blunt, hace un par de años, pero la liberé meses atrás. Hoy escucho “Same mistake”, del mismo autor. Me gusta el video clip, sobretodo esa parte cuando James se pone un gorro de lana estilo batman.
En el auto de Luna suena Shakira con la música principal de la película “Cien Años de Soledad”, creada por la propia colombiana. La voz de Luna se funde con la de Shakira, pero en mi mente no para de sonar Myriam.
El año pasado conocí a la cantante nacional en un restaurante de Providencia, me la presentó su socio de la academia de canto. Ella devoraba una ensalada, siempre necesaria para luchar contra su genética, que solo le propone un horizonte de gordura y flacidez.
Voy a yoga, y no logro “conectarme con mi centro”. Me siento ridículo intentando posiciones animalescas que en mí se ven sexuales, aunque agradezco los beneficios de esta práctica. No me van las poses del vegetariano, amante del té verde, que canta mantras a diestra y siniestra, fingiendo que todos esos códigos le fluyen como parte de su esencia. En algún sitio de la sala se oye el ruido del agua en una melodía pacífica, pero en mi cabeza Myriam me impide llegar al suelo con la frente, mientras mis piernas permanecen dificultosamente enlazadas.
Esta mañana volví a caminar, más melancólico de lo que hubiera planificado. No me gusta que se me olvide la letra de la canción de mi vida. Lo siento Mr. Armstrong…
Pido a Dios que me traiga sus acordes de regreso, y dibuje sus estrofas en mi alma. Con tinta indeleble, ruego. Porque la vida es hermosa, porque la naturaleza nos confirma su belleza, porque un día nublado no puede hacernos olvidar que el sol está más allá, esperando ver nuestros rostros nuevamente, e iluminar nuestro camino con tierna protección.
Mientras tanto, y como parece ser una mañana de invierno en mi corazón, Myriam se repite el plato en mis oídos. James Blunt le sigue, y algunos otros también les acompañan. Me lo permito, y ya no con tanta culpa.
Si Myriam leyera esto, se pega un tiro y no precisamente porque no te deje concentrar para tus posiciones - aparentemente- sexuales que haces en Yoga, sino porque ha pasado años y años de dietas que por lo visto, conducirán a las trágicas caderas que se apoderan de todas las chilenas. Al final es mejor que lleguen con un rico pollo asado con papas fritas y ese kepchup amermelado, que con ensaladas transgénicas.
James Blunt se apoderó de mi dedo índice. Es como un experimento de Pavlov, cuando aparece su canción, el índice saliba y parte a cambiarla. De mis favoritas en este hoy un tanto bizarro en mi 25 años de vida, suenan Best Friend de Queen; First Time de Finger 11; Never Can Say Goodbye de Jackson 5 y Love Song de 311. Suena un poco el oooooOoooOOoOooOO de Iron Maiden entre mis oídos pero eso no sé porqué. ¿Estaré loca?