Me gusta Brasil. Me gusta su gente. Me gustan sus conversaciones. Me gusta su música armónicamente barnizada por un acento cálido y único. Me siento a gusto, en términos simples. Partamos por eso. Creo que todo el mundo relaciona a la nación más grande del Cono Sur con samba, diversión, sexo, desenfreno y hedonismo. Yo, en cambio, en Brasil reflexiono. Nunca me lo propuse, y como todo lo que no planifico de alguna forma en mi vida, termina siendo del algún modo inesperado pero interesante.

Caminar por la arena caliente de Ipanema o fundirse en las olas de la praia do Pepino, o simplemente encerrarse en una habitación de São Paulo, es parte de todo eso, es parte de un análisis, de pensar en la vida que llevo en Santiago de Chile.
Puede ser que uno necesite estar en un escenario distinto para poder entender su propio hábitat. Como un oso polar en la selva, intentando explicarse por qué es más entretenido observar los cocodrilos que ir de pesca en aguas gélidas. Al final del día, mira las estrellas y se da cuenta que la pesca es lo suyo, que el hielo bajo su nuca le hace sentir más cómodo que esa humedad caliente que le aturde y, que finalmente, no podría vivir convertido en un criador de cocodrilos. Un oso polar nace bajo cero porque para vivir ahí fue pensado, porque esos peces nacieron para encontrar un destino mortal en sus fauces, y porque él nació para disfrutar de una caza apetitosa en medio de trozos de hielo flotantes. Es la lógica de su existencia en el hemisferio norte, aunque no termina de cuestionar su vida polar. Se la cuestiona porque inexplicablemente comprende el lenguaje de la selva, y porque en algún momento se enamoró de una cobra. Tal cual. Ninguno de los dos conocía de la historia del otro, y tuvieron que encontrar un idioma neutral para materializar su amor.
Alguna vez me enamoré de una paulista, Carolina. No estuvimos mucho tiempo juntos, pero fue una buena época. Nos conocimos por un trabajo de universidad. Ya la tenía en mis planes desde una vez que se me acercó en la sala de computadores para pedir ayuda. Mi mano sobre la suya, y la suya sobre el mouse. Yo comandaba todo. Mi pecho sobre su hombro, mi olor sobre su nariz. Se dio vuelta y se detuvo en mis ojos. –¿Tu mamá o tu papá es japonés?, me preguntó. –No, le respondí. –¡¿Y el lechero?!, rió. –Eso no lo sé, le comenté. –Lindo, replicó. Reímos juntos con esa complicidad que confirman los ojos del otro perfectamente detenidos sobre los tuyos. Esa complicidad que te permite leer lo que piensa el otro en su mirada. Ambos saben que sienten cosas similares y hacia donde van.
Debíamos hacer una entrevista de semblanza a un compañero. Se la propuse a la profesora, como la nueva alumna de intercambio, becada por su padre rector de la Univesidade Metodista de São Paulo, en una justa competencia con otros ilusionados estudiantes brasileños.
Terminó la entrevista, con ambos alucinados con la vida del otro. Me invitó a bailar a El Gato Azul, un club de música electrónica de mi natal Concepción. Ahí llegué cuando ella ya bailaba sola en la pista, frente al DJ. El resto de la gente aún figuraba en las mesas. Nos besamos a la manera brasileña. No creo necesarias las explicaciones… Me enamoré de su tatuaje: una rosa roja, bajo ella la leyenda “Carpe Diem”. Eso fue un viernes. El lunes, en la universidad mis compañeras me recomendaban alejarme de ella, porque habían llegado comentarios de lo puta que era. –“Dicen que se besaba en el Gato Azul, como si estuviera fallándose al flaco con el que bailaba”, me comentaba, a modo de favor, Virgina. Rápidamente pedí que acabaran con el rumor, y que sí, era cierto. Tan cierto como que el flaco era yo…
En ese entonces, no entendía mucho de portugués, y las veces que Carolina se enojaba conmigo, solo reía. No lograba entender por qué una mujer se podía ver tan linda estando furiosa.
Algún día tuvo que partir de regreso a sus tierras, le regalé De Amor y de Sombra de Isabel Allende. Tomó la última página y leyó una sola palabra – “¡Volveremos!”. Lloró con la misma exageración con que vivía la vida misma.
Amar en otro idioma no es fácil. Porque el amor no es exacto. Es poesía. Y de los géneros literarios, la poesía es, ciertamente, el más difícil de traducir, si es que pude ser expresado en otra lengua con la misma fuerza semántica. Estar con Carolina fue un primer ensayo de los poemas que escribiría mi vida en el futuro.
Decido llamarla a su celular. Han pasado nueve años desde la última vez que nos vimos. Lo intento desde mi habitación del hotel en Guarulhos -en el mismo estado de São Paulo-, sin saber que cada intento de conexión sería cargado a mi cuenta. Hoy entiendo bastante bien el portugués y soy capaz de ver televisión sin problemas. Es más, me hice fiel televidente de Ponto Pé, un programa con una hilarante y deslenguada conductora: Penélope Nova.
La audiencia llama y le cuenta sus problemas. En una misma tarde, conversa con adictas al pene; con hombres acomplejados por ser unitesticulares, como a uno a quien, para calmarlo, le dijo casi con ternura, que a las mujeres sólo les interesaban los huevos de chocolate, y para pascua de resurrección. De regreso de comerciales, Penélope no duda en decirle a una lesbiana recién divorciada de su marido de cinco años, en lo que sería en español chileno: ¡¿Tanto tiempo chupando pico amiga?!. Río con tantas ganas, que mis carcajadas se deben escuchar en todo el Caesar Park Hotel.
Antes de planchar mi camisa para el vuelo del día siguiente, reviso la guía de la ciudad. Me parece exquisita. Recuerdo la vista del antiguo hotel donde nos quedábamos, también en Guarulhos. Se visualizaba la silueta del Gran São Paulo: un horizonte de cemento, con edificios que zigzagueaban el cielo, con la presunción de las grandes urbes. Necesito saber que se siente estar en medio de esos gigantes. Estoy lejos de la gigápolis, pero prometo algún día visitarla, y vivir sus calles y cafés, sus tiendas y bares, sus galerías, conversar con sus residentes e involucrarme con el espíritu paulista.
Afuera llueve, y mucho. El cielo está turbio. En los jardines del hotel, un grupo de unos treinta niños celebra un cumpleaños bajo la tormenta. Unos juegan tenis, otros basketball. El resto nada con ropa en la piscina. Los cocodrilos salen del agua y se quedan al sol, luego se sumergen nuevamente. Los cocodrilos no se resfrían. Estos niños tampoco lo harán.
En el mapa busco la calle donde vive Carolzinha, como le llaman sus amigos. Imagino sus caminatas por esas veredas; la veo subiendo en un ascensor al piso cincuenta y uno de la torre Mirante do Vale; bebiendo tragos en los mejores clubes de Sampa; eligiendo su ropa en el clóset de su habitación; probando nuevos peinados cada semana; moviéndose al ritmo del bossa nova electrónico, o algo con esa fusión salvaje y urbana.
Intento llamarla por última vez a su celular. No contesta.
Ahora pienso en su novio fotógrafo. En cómo caminan juntos por esas calles, tomados de las manos; en cómo él la ayuda a elegir su ropa; en como la prefiere despeinada al amanecer; en cómo la acaricia mientras suben en un ascensor; en como sigue sus caderas con sus manos al ritmo del bossa nova electrónico, mientras besa su cuello; en como ambos fusionan sus vidas en la urbe salvaje.

Nuevamente pienso en el oso polar, y en por qué la vida le enseñó a cazar peces y a no encariñarse con los pingüinos que se aventuran en el círculo ártico, en el norte del planeta; porque tarde o temprano regresarán al polo sur, que es donde pertenencen. Lo imagino en la selva una vez más. Pienso en toda la ilusión que le hace mudarse a vivir entre cobras y cocodrilos. La esencia del oso es noble, y por eso tiene la esperanza de encontrar más seres nobles en sus gélidas planicies, por las que corre con envidiable libertad. El oso albino, pienso, conseguirá la felicidad viviendo bajo cero, porque fue el lugar que Dios pensó con amor infinito para él; porque allí deberá desenfundar su misión, y porque, de cambiar de hábitat, su naturaleza terminaría por matarle.