You are currently browsing the daily archive for marzo 20, 2008.

Faltaba un mes para que lo recibiéramos en casa, pero se adelantó el parto. Daniel nació prematuro, cuando sus pulmones aún estaban verdes. Permaneció algunas semanas en una incubadora hasta ser liberado de esa cajita de cristal. Mi hermano menor, llegó a nuestro atiborrado hogar sin cejas ni pestañas. “Es un ratón”, dije. Y fue de ese modo como lo hemos llamado hasta hoy.

Ratón, creció libre por toda la casa, y jamás se percató de ser el más pequeño, o nunca asumió debilidades. Fue uno más siempre, no el menor. Apenas caminaba, y ya se colocaba la bufanda de mi abuelo, y usaba su bastón, imitando sus pasos en falso con especial cuidado y admiración. El tata fue su ídolo, hasta el día en que se mudó a vivir con los ángeles y a reencontrarse con los suyos, también idos.  

Crecía rápido, casi sin darnos cuenta. Sus cejas y pestañas finalmente vieron la luz, aunque imperceptibles, al ser tan rubias como sus ricitos. Era Nochebuena, la primera sin mi abuelo sentado en el cabezal de la mesa. Maye, nuestra abuela ocupaba, esta vez, su sitial. El último de los hermanos se incorporó. Llegaba la hora de la oración, que tradicionalmente hizo el patriarca caído. Nadie hablaba, nos miramos y uno a uno empezamos a llorar. No pasó mucho tiempo hasta que Daniel, el pequeño Ratón de traviesos cinco años, tomaba la palabra. “Quiero dar gracias a Dios por mi familia, y porque nos queremos, y porque el tata está contigo y con nuestro hermano Gonzalito, y porque él está bien, y porque comemos cosas ricas…” Sus “porque” no se extinguían, haciendo sentido a todo lo bueno que la vida nos había entregado, y que la pena egoístamente ocultaba de nuestros ojos. Nuestras lágrimas ya no eran por mi abuelo Arturo, si no por la maravillosa presencia de este niño entre nosotros. 

La naturaleza de Daniel conmueve. Esa misma noche, en complicidad coordinó con la mamá un improvisado traje de pascuero. Irrumpió en el living, ante la sorpresa de todos quienes no lográbamos entender cómo el ratoncito se hacía cargo de nuestra navidad, de cómo se suponía que la magia era para él y no responsabilidad suya.  Uno a uno, Maye, Juliana, Gonzalo, Julián, Rodrigo, Gabriel, y yo recibíamos los regalos “que el viejito pascuero me encargó les trajera, porque soy su ayudante”, decía con voz camuflada. Recuerdo que sus obsequios eran dulces comprados en algún quiosco y lápices de baja calidad. A sus cinco años, Daniel ya ahorraba. Abrí el papel con especial cuidado, y el corazón se me despegaba del pecho de pura emoción. No le interesaba cobrar el protagonismo de quien hace regalos, sino darnos la felicidad de recibir uno. Nunca pensó que lo reconoceríamos, de hecho.

Los años venideros, Ratón mantuvo sus actitudes sobrehumanas. Alguna vez lo vi ayudando a empujar un auto desconocido bajo la lluvia fuera de mi casa; acompañando a la mamá en sus actividades de beneficencia, o conversando con señores que le sobrepasaban por más de setetenta años.

Una vez, en las termas de Chillán, vio morir un hombre mayor. La mamá había organizado un viaje para los abuelitos que no conocían la nieve. Estaban bailando en un refugio, cuando uno de ellos sintió un fuerte dolor en el pecho. En los próximos minutos mi hermano estaría rezando junto a las demás personas por el descanso eterno del anciano, mientras llegaba una ambulancia y carabineros. Llegó íntegro a casa, aunque todos conveníamos en que no era justo para él, haber pasado por algo así. A su edad al menos. Cada navidad Daniel la ha hecho especial. Cómo olvidar la del 2001. Hacía poco me habían anunciado como ganador de una beca en Estados Unidos.

Necesitaba nutrir mi armario formal. No era mi fuerte vestir de traje. Ratón puso énfasis en eso. Tenía nueve años recién cumplidos, y pocos pesos en su billetera, de esas con velcro. Hizo que los papás lo acompañaran por todo el centro de la ciudad y los supermercados, hasta que encontró mi presente en una tienda que se llamaba “One Buck”, que en español significa un dólar. Daniel encontró una corbata roja con diseños, por quinientos pesos. “Es para que la uses cuando vayas a la Casa Blanca o al Capitolio”, ordenó con orgullo, asumiendo que me había quitado una preocupación de encima, encontrando el regalo exacto para mi.  Lo miré sin decir nada en un comienzo y lo abracé por largo rato. Me dejó una vez más sin aliento. “Te amo ratoncito, allá la voy a usar, ¡obvio que sí!”.  La corbata de Daniel ha sido lejos el regalo más bello que me han hecho ya de grande. La misma, conservo con amor indescifrable, pues representa una nobleza que me desarma.

Al siguiente mes, en la capital de la nación más poderosa del mundo, se reunían en el Congreso, unos noventa corresponsales de todo el globo. Se trataba del State of the Union Address, algo así como el 21 de mayo en Chile, ocasión en que el presidente Bush rendía cuentas del país, bajo un prisma bastante bélico por la “guerra” en Irak. Hacía poco habían derribado las Torres Gemelas; las banderitas tricolores estaban por todas partes, y en todos sitios se leía “God Bless America”, recuerdo. 

Llegamos al Capitolio –con mis compañeros de la agencia- muy temprano, y nos revisaron hasta las encías. En los corredores me crucé con Hillary Clinton y subí el ascensor con John Glenn, ex senador y astronauta, el primero en orbitar la Tierra. De lejos, observaba al presidente de Afganistán, Hamid Kharzai. Osama bin Laden amenzaba cada tanto con reportes que nos llegaban, consignando sus crueles intenciones sobre el edificio donde, en ese minuto, me encontraba.  

Toda mi familia en Chile seguía la conferencia a través de la televisión por cable. Nunca aparecí ni en un microsegundo de toma. Una lástima, pensaba, porque aquella noche cuando el mundo entero seguía la noticia que se desarrollaba en el Capitolio, yo con orgullo máximo, junto al palco de la Primera Dama, apuntaba frases en mi libreta. Vestía mi mejor tenida: un traje oscuro cualquiera y una corbata roja, la corbata de Daniel.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.