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Es de mañana y Santiago recobra el calor que pareció olvidar por completo en meses previos. Los primeros días de primavera se presentan como el nuevo capitulo de un libro, con un título que nos habla de lo que puede venir y un espacio en blanco que nos da un respiro para pensar en las páginas ya leídas.

Mi cama parece hecha de nubes, en las que me podría perder por años. Siempre me reclaman antiguos amigos mis desapariciones; de un día para otro mi vida toma un nuevo rumbo, un nuevo trabajo y ya me involucro por completo con un nuevo círculo. Cada cierto tiempo me abstraigo y concentro en quienes compartieron mis días con tanto apego y que hoy decido no frecuentar.

He perdido la osadía de antaño, pienso. Poco a poco, tengo menos ganas de emprender nuevas tareas o nuevos rumbos. Los idealismos en algún punto se difuminaron para dar paso a miedos y reticencias.

Con nostalgia rememoro esa capacidad de soñar que siempre estuvo tan viva en mi. Si hay algo que no me gusta de mi país es esa ausencia de buenas oportunidades para soñar. El que el futuro de cada uno de nosotros quienes nos movemos por las calles, de asfalto o tierra, entre edificios o casas de adobe, sea de cierto modo predecible no me gusta.  Todo parece estar predeterminado.

Hace algunos meses, Martin, nostálgico de su Inglaterra me mostraba en internet, videos que reflejaban parte de su idiosincrasia, de programas de TV, de comerciales o música. Recuerdo el de Leona Lewis, en The X Factor, un programa busca talentos. La primera audición de esta joven de padre negro y madre caucásica, fue la llave de un futuro que poco a poco se desenfunda para ser conocido por el mundo entero.

Leona, quien entonces era recepcionista, antes había trabajado como mesera en una pizzería. Veo su primer encuentro con el jurado y su última presentación, frente a una platea eufórica. Papeles brillantes caían del cielo mientras entonaba magistralmente su canción de vencedora “A moment like this”. “Algunos esperan toda una vida por un momento como este”. Otros como yo, parecen no esperar nada, dejar cómodamente que la vida nos sorprenda, dejar el volante para ir de pasajeros. Las imágenes de la joven que termina entre sollozos en el escenario rodeada por todos sus competidores, sobrecogen e inspiran.

Pienso pronto en qué haría si recibiera una herencia, tal cual lo hizo Martin hace algunos meses. Creo que me compraría un departamento, o lo invertiría, sabiendo que no es precisamente lo que me haría más feliz. Martin decidió bajo el consentimiento de su abuela moribunda,  viajar por el mundo y conocer lo que más pudiera de él y quienes lo habitan, en un tour sin destino ni escalas predeterminadas por distintos continentes. Suena a vida de ricos, pero no lo es. Él, sin ser parte de la clase acomodada de Liverpool, decidió cumplir un sueño de niño, ayudado por su memoria fresca, y la convicción de que la teoría en algún momento puede cobrar vida.

En el camino, ha conocido muchas personas y se ha involucrado con otras tantas. Martin sabe que el destino no es predecible, y es más, hace todo lo posible para que día a día su vida adquiera un nuevo color.

Admiro que repentinamente haya decidido partir a Panamá, para subirse a un bote y atravesar el océano. Lo decidió de prisa, alertado por Clare, una australiana que conoció en Mendoza. Lo último que supe de Clare es que cuidaba de un bebé de puma en un zoológico de Bolivia. Al parecer su retorno a Melbourne se postergó, si es que no se canceló.

Hace cinco días, y luego de treinta desde que zarpó de las islas galápagos, Martin llegó a Tahiti. Cada tanto, me escribe gracias a sailmail, un sistema de comunicación a través de internet que no entiendo mucho. Sólo se que es iniciativa de una ONG, y que sirve para que quienes solo divisan agua desde donde miren, puedan comunicarse.

Tahiti no es lo que pensaba, hay demasiados autos y está muy construido, me cuenta en la carta. Mi amiga Shell, está en la cabina con un polinésico –con quien se acostó- tocando guitarra y bebiendo cervezas locales. Quisiera estar en Chile aunque acá todos parecen contentos, comenta.  A mi mente llega Shell y el enamorado que dejó en Galápagos, a quién traduje sus cartas de amor para comunicarle a través del mismo sailmail que la esperaría un año, y que le fuera fiel. Putaza Shell, pienso.

Le respondo que aún no me dan respuesta del trabajo al que postulé, y que por ahora mi curso para volar en los aviones más grandes está suspendido. Nada nuevo en treinta y nueve días, desde Chile, escribo. Aún me duele el estómago y no puedo comer mucho, los síntomas de la gripe cada vez son menores, le cuento.

Me llama al rato por teléfono. Le cuento que para desgracia y bendición, porque alcancé a viajar a ver a mi familia, me agarré un virus que me atacó el estómago, una gripe gástrica, con vómitos y fiebre. Culpo a Brasil, que tanto me gusta.

Sé que no me reconoce. Qué la desmotivación no era mi color. Una vez más me dice que me vaya a Inglaterra, y una vez más le respondo que no quiero terminar trabajando en el Mc Donald’s, por mucho que me guste el cuarto de libra con sprite zero. Se rie, e insiste en que jamás trabajaría en ese lugar por mi formación. Tu fuiste a la universidad y hablas un inglés decente, con tu currículum seguro terminas en la BBC. Más que entrar a la BBC me costaría ingresar a un avión con rumbo a Londres, creo. Pero Martin siempre habla con esa convicción que a veces molesta, y aunque esté equivocado, hace entender al mundo que él tiene la razón.

Recuerdo el día en que regresé de Bogotá. Llovía suavemente sobre el lado colonial de la ciudad. Las tejas anaranjadas parecían cobrar más vida en esta ciudad con un clima que parece presentar todas las estaciones del año conforme pasan las horas. Con el pasaporte perdido, y sin mis tarjetas de crédito le gritaba a Martin que no podría regresar a Santiago. ¡Voy a perder mi trabajo! ¡¿Qué hago?! ¡Ya perdí el avión!, gritaba en inglés mientras revisaba desesperadamente mis bolsillos. Tranquilo Javier, me dijo. Claro porque no tienes ninguna obligación más que disfrutar de la vida!, le acalaraba mientras corria emapapado por la Plaza de los Periodistas.

En la habitación encontré mis documentos. En dos días más el partiría a Panamá y yo de regreso a mi realidad. Nos vemos en Australia, sentenció antes de que yo cerrara la puerta del taxi que me llevaría al aeropuerto. Imposible que nos veamos en Oceanía, analizaba mientras el conductor me contaba que estudiaba derecho por las tardes.  Martin siempre dice todo como si fuera lo que va a suceder, sin opción de ser de otra manera.

Han pasado más de dos meses desde entonces y quedan otros tres para iniciar mi viaje por Asia. Comenzaré en Sydney, donde tal como lo predijera en Colombia, me reuniré con él. Volaremos hasta Bali y desde el aeropuerto de Depansar a Singapur. Desde ese punto subiremos en tren a Tailandia, pasando por Malasia, y atravesando en ferry a Phuket y Ko Samui. Tomaremos un avión desde Bangkok a Delhi, estaremos un par de días en esa ciudad de India, para embarcarnos rumbo a Londres, antes de regresar solo a Santiago de Chile.

Escucho a Leona en mi computador, y me recuesto en mi cama a pensar en toda la ilusión que me hace ese viaje. En los camarotes de los trenes en los que dormiré en mi travesía asiática, en mi fugaz paso por India, y en mi penúltima parada. Me detengo para imaginar Londres, que tanto promociona Martin. Me asusta lo cara que puede llegar a ser, pero más aún, me aterra que esa escala pueda transformarse en mi destino final, y que de paso, mi amigo una vez más tenga la razón.