Estás navegando por los archivos mensuales para febrero 2009.

dsc01467Ya no sé qué día es, ni cuántos llevo en Asia.  Decido no incluirlos más en los títulos de mi bitácora de viaje. Son las 5 AM, y Phrom nos espera en su tuk tuk a la salida del hotel. Está oscuro, por lo que sorprende tanta actividad en las calles de Siem Reap. La ciudad se levanta temprano, y los feriantes ya preparan sus puestos de comida, y extensa variedad de frutas.

 

A medida que avanzamos, el cielo se aclara con amenazante rapidez. La idea es llegar a tiempo para ver el sol nacer desde las entrañas de Angkor Thom, el templo que aparece en todas las postales y souvenirs de Cambodia.

Al llegar al complejo, nos piden nuestros tickets, por los que pagamos 20 dólares. No vemos a más gente, y nos contentamos con ello, ya que no habría hordas de nipones estorbando nuestras tomas. Pero al llegar, sabremos que los demás fueron aún más precavidos, y copan las locaciones en medio del pasto y frente a la laguna donde flotan numerosas flores de loto.

Los japoneses con sus tremendas cámaras de siempre, tomando fotos hasta a los zancudos que abundan en esta zona, y que transmiten la severa epidemia de dengue que afecta al pueblo en la época lluviosa. El cielo pasa de un azul eléctrico a un rosa intenso. Desde una esquina del templo empieza a manifestarse el esperado astro con el tono cobrizo que lo caracteriza en este continente, y que más tarde se reflejará junto al mismo Angkor Thom en la laguna, para deleite de todos.

Me siento japonés con mi cámara y las más de 50 fotos que llevo en los primeros diez minutos.

Angkor es simplemente magnífico. Tal cual, con sus tallados en piedra sobre las paredes, sus budas, sus plazas centrales, y sus corredores donde me encuentro con muchas pagodas a las que los locales entregan ofrendas e incienso.

Más allá un lugareño enciende un incienso, y me dice que lo tome, hace un par de movimientos por sobre el buda en una pequeña pagoda. Esto es para tu buena suerte. “Lucky man, lucky man,” (hombre con suerte) me repite. Pronto levanta un pliegue de un paño en el suelo y me muestra varios dólares, pidiendo que deje el mío. “Con suerte pero no huevón,” se podría traducir en buen chileno, lo que le dije en inglés.

dsc01558Por las esquivas calles de Angkor, se mueven tuk tuks y vans de japoneses, también observamos algunos elefantes que pasean a los turistas de templo en templo.

De un templo a otro nos movemos en el tuk tuk de Phrom, y nos toma alrededor de 10 minutos cada trayecto, y un par de horas en cada parada. Siempre tardamos media o una hora más de lo que acordamos previamente con él; y siempre nos espera con la misma sonrisa y nos pregunta sumiso cuál es el próximo templo donde iremos. Adorable Phrom.

Nos detenemos en un sitio a almorzar. Ya nos habían dicho en el hotel la noche anterior, que si él nos llevaba a un restaurant específico, era porque le regalarían el almuerzo o le darían una comisión. En tanto terminamos de ver el templo, nos encontramos con nuestro Phrom en el restaurant “acordado”. Nos da risa, con Luis, el mexicano, porque ya está instalado devorando su plato de quién sabe qué manjar camboyano.

Mientras te maravillas con los templos, cientos de niños se te acercan para ofrecer recuerdos. Y se enojan si le compras a otro y no a ellos, por lo que siempre habrá niños indignados a tu alrededor. Te ríes y ellos empiezan a reír rápidamente, y ya se les va la ira. Cada uno de ellos, nos pregunta de donde somos, y nos desafían a comprarles un producto si ellos nos dicen la capital de nuestro país. Santiago y Ciudad de México son conocidas por los menores. Por lo mismo, en las próximas horas, dejaremos de ser chileno y mexicano, para convertirnos en lituano y chipriota, de manera de conservar nuestro presupuesto.

Compro una bufanda camboyana, que más tarde servirá para protegerme del sol y el polvo. Al principio pensábamos que los demás turistas las usaban por moda, hasta que nos dimos cuenta que los locales también las usan con un propósito bien específico, y que nada tiene que ver con tendencias.

A propósito de eso, mi hermano Daniel pregunta,via “messenger”, si la gente se viste a la moda o hay alguna tendencia. Me parece interesante la pregunta comparada con la de mi padre cuando le cuento que vi Angkor desde las alturas.:“¿Y el globo es redondo, hijo?, y ante mi no-respuesta, se excusa diciéndome que se pone nervioso y pregunta huevadas. Después de analizarlo, creo que debe haber pensado que tal vez era un Zeppelin, y en ese caso, “sí, era redondo“ sería la respuesta. Te perdono padre mío.

Pues bien, regresando a lo mismo, la gente no sigue tendencias en Siem Reap. Sobrevive, y se adecua a las circunstancias, más que seguir algún prototipo de moda. Lo que sí es notorio, es que en la publicidad callejera, se aprecian fotos de modelos siempre con algún rasgo occidental. Imagino que es parte de esa admiración desmedida por nuestras facciones.

dsc01217De regreso al hotel, me detengo a pensar en los numerosos mutilados con los que me crucé en las calles. Lo asocio con las poleras que hablan de las minas antipersonales, y que también venden en Angkor. Más tarde investigaré el tema, cuando tenga acceso a la red.

Ya es tarde y tengo hambre, decido ir en busca de algún restaurant, y termino por convencerme de que lo barato del hotel, lo da la lejanía de todo. Sólo hay puestos callejeros, y a diferencia de Tailandia, acá me he puesto más escrupuloso. Regreso al hotel, frustrado. Y el recepcionista, manda un par de adolescentes del lugar a que me vayan a comprar un pan. Se lo agradecí, creyendo que sería una baguette, sola, pero que acabaría con mi hambre. Así fue hasta que llegó a mis manos el sándwich con cuero de chancho y lechuga picada y alguna extraña salsa agridulce.

Orgulloso el trío me preguntaba si estaba rico y si me gustaba lo que comía. El recepcionista, no me quiso cobrar, ya que era un regalo. Duras y como caucho se sentían las tiras de la piel del puerco en mi boca recelosa. Nada más que agradecer y fingir que realmente estaba bueno, olvidando la hepatitis y la triquinosis de las que podría ser víctima más tarde.

dsc01152Ya antes de dormir, rezo poniendo un poco más de énfasis en mi salud, y doy gracias a Dios por ponerme en frente de gente tan genuina, simple y amistosa. Gente que sabe experimentar lo esencial de la vida, con asombrosa felicidad.

Mañana debo levantarme temprano, porque a las 8 AM pasará por nosotros un nuevo bus de la tortura, para llevarnos de regreso a Bangkok. Yo seguiré mi camino a las islas del sur de Tailandia y el mexicano quién sabe dónde. Así imagino será el resto de mi viaje, tomando prestados amigos para comentar y seguir mi rumbo por este continente.

Quedan pocas semanas, poco recuerdo mi trabajo, mucho a mi familia, y mucho anhelo que todo esto que estoy viviendo no se acabe. O al menos espero, tener la memoria siempre fresca para recordar cada una de las caras y detalles de los lugares que van construyendo este sueño y que llena mi mente de varios más que, de seguro, están por llegar.

dsc01141Finalmente me estafaron. Hice todo lo posible para doblarle la mano a esta ciudad, y no caer en las frecuentes transacciones fraudulentas. Primero intenté llegar por mi cuenta hasta Ek ka Mai, la estación de buses desde donde puedes ir a Cambodia. Llegué al paradero, pero nadie sabía nada. Ninguno de los que maneja el escaso inglés local pudo ayudarme.

Dejé a Bruna con su amigo Marcelo que arribó anoche a Bangkok, y con quien ella finalmente iría al ping pong show. Pagar 800 Bahts por ver a la traga pelotas, me pareció excesivo.

Frustrado, decido buscar un tur operador occidental para no ser timado. Unos judíos me vendieron el ticket a Siem Reap por 500 Bahts, en un VIP bus.

Llegué cuando faltaban diez minutos para las 8 de la mañana, tal como me lo indicaron los dueños. Media hora más tarde aparecerá la mano thai representada por el verdadero operador de la ruta. Sin aire acondicionado, un baño fétido, donde el agua está en un balde en un rincón, y la puedes sacar con una botella, cortada por la mitad, que flota en el recipiente. Debí haber preguntado que significaba VIP en Bangkok.

Mis guías Lonely Planet hablaban del scam bus, pero poco pude hacer para evitarlo.

Comento con unos suecos que vine de jeans, polera con cuello y un sweater por si el aire acondicionado estaba muy potente. Se ríen de mi historia, y comparten la suya en los últimos asientos. Ambos, una pareja de amigos viajan con los dos hijos de ella y el único hijo de él. A su llegada a Tailandia uno de los niños se fracturó el brazo y el otro se rompió la frente, uno al caer desde un árbol y el otro, simplemente corriendo. Ambos padres son jóvenes, y perdieron su vuelo de regreso a Suecia por error de su agencia de viajes. Decidieron quedarse un mes más. Sobre mi asiento, está guardado su computador, roto. Esa es mala suerte.

Les cuento que hablo español, y el me responde: “mi madre es chilena”. Coincidencias que nos mantendrán conversando por las próximas dos horas, hasta que el sueño nos rescate de tanta historia desafortunada.

Despierto deshidratado, desesperado. Los más de 45°C que debe haber en el bus de la estafa, lo convierten en la máquina de la tortura, donde las ventanas no se pueden abrir, y los numerosos neumáticos bajo los asientos no permiten estirar las piernas. El calor extremo es tan angustiante como la sed sin saciar. Por lo mismo, este pudoroso chileno, el mismo que reusa orinar en la calle, primero se quitará la polera, y pronto sus jeans. Así entonces, pasará las próximas 5 horas sólo en calzoncillos, ante las miradas de unos 30 pasajeros, hasta llegar a la frontera con Cambodia.

Me siento observado, y no hago intento por descubrir si lo hacen con compasión o vergüenza ajena.

Antes de salir de Bangkok, el thai que nos dio la bienvenida en un inglés pobrísimo, nos pidió los pasaportes para sacar la visa, ya que nos tomaría mucho tiempo allá en la frontera. Con los suecos decidimos no entregarle nuestro pasaporte a diferencia del resto de los pasajeros.

Él ha venido muchas veces antes a este lugar, y confío en su instinto. Los chicos juegan por todo el bus, y desde mi asiento veo el baño gracias a que la puerta juega en un vaivén constante gracias al mal estado de la carretera por la que avanzamos rumbo a Poi Pet.

Comentan que alguna línea aérea estaría sobornando al gobierno local para no mejorar el estado de las calles.

De antemano sé que me tendrán todo el día en un bus sin aire acondicionado, deshidratándome a más de 40 grados y esperando a sortear una nueva estafa en la frontera. No tengo reservas en Siem Reap, pero no me importa. A estas alturas, empiezo a entender que los acuerdos en este lado del mundo se hacen in situ, viendo y tocando. Nada de Internet o acuerdos previos, porque la frustración será el único resultado a la planificación occidental.

En el camino paramos en un restaurant, que de seguro dará comisión al chofer por traernos. Ordeno mi phad thai de siempre, el mismo que está abultando con grasa en distintas partes de mi cuerpo. De lejos veo a una madre con su bebé. Me deja tomarla en brazos, me cuenta que se llama Phim Ihng, a quien le beso la frente. La niña, de unos seis meses, se entrega con calma a mis brazos extraños.

“¿Tienes hijos?, me pregunta la joven madre. No, no tengo, le respondo, mientras pido que me tomen una foto. “Te la regalo, no la quiero”, me dice, mientras intento pensar que no entendí bien su inglés. “Perdón, no quieres a tu hija, y quieres que me la lleve a mi país?, le digo lento y con extrema modulación, en shock aún. Sí, me responde. No, gracias, le digo, aunque tu niña es hermosa, le advierto.

Un gringo, que se vino a vivir a Cambodia, se me acerca. “Si quieres te ayudo, no es difícil conseguir los papeles. Esto que te pasó es normal en estos lados. Pero si te interesa llevar a la niña, te puedo ayudar,” me comenta. No respondo.

Mis próximas horas las pasaré pensando en Phim Ihng “casi” Hurtado. Creo que ya no me cae tan mal la pareja Pitt-Jolie. Es que claro, si te ofrecen un niño, y puedes recibirlo y hacerte cargo de su felicidad, no puedes negarte.

En el sudeste asiático los ojos amplios de quienes habitan los demás continentes son sinónimo de superioridad, y otorgan a los extranjeros más derechos que a los propios locales. Y así también se aprovechan y cobran el doble o el triple de lo que realmente cuestan las cosas. A pesar de que mis ojos son algo rasgados, en Asia llevo los ojos del dinero, del desarrollo de Occidente, y es el precio que debo pagar. Aún así al llegar, exhaustos a Siem Reap, en Cambodia, conseguimos quedarnos con un mexicano que conocí en el bus, en una habitación con camas bastante cómodas por menos de tres mil quinientos pesos chilenos.

En Cambodia nos movemos con dólares, con bahts tailandeses te estafan, y con la moneda local también.

En la mañana iremos a conocer la villa flotante y en la tarde observaremos el atardecer desde un globo aerostático sobre el templo que maravilla a sus visitantes, Angkor Wat, y que es claramente el único motivo que los atrae a esta ciudad.

Para llegar allí, Phrom, un tuk tuk driver del hotel donde nos quedamos, será nuestro chofer por los próximos días en esta ciudad. Acordamos pagarle 27 dólares por los dos días, full time.

ES DE MAÑANA EN SIEM REAPdsc01324

Nos movemos ágiles y destartalados en el tuk tuk por las calles polvorientas que nos llevan a la floating village. La gente nos saluda desde sus casas y los niños, que componen el 40% de la población de este país, brincan y nos hacen señas al pasar.

Por estos mismos caminos y bajo el mismo sol cobrizo al atardecer, Cambodia sufrió la demencia del Khmer Rouge, grupo que acabó con más del 20% del pueblo camboyano, unos 1,5 millones que oficializa el estado.

 

Hoy esta nación se levanta en actitud sin olvidar sangre ni pólvora, pero mantiene escenas, que imagino vieron los soldados en la segunda guerra. Cambodia parece estar detenida en el tiempo. Se podría grabar un película de época sin tener que hacer modificaciones. Desde Chile mi familia me pregunta si se ve pobreza. Les respondo: ¿Acaso hay riqueza en este país más que el espíritu de su pueblo?

Casas construidas sobre palafitos, por la subida del río, constituyen los hogares de familias numerosas, con abuelos de avanzada edad. La mayoría de ellos, nos cuenta Phrom, habla francés, por la incursión gala en estas tierras. Pero los jóvenes, junto a la lengua local, solo se comunican en inglés con los turistas. Y de eso vive Siem Reap, que con calles de tierra, un calor agobiante, un tráfico ensordecedor, y niños cariñosos, recibe a sus visitantes. El medio de transporte oficial son las motos, en las que puedes ver montada a una familia completa. Padre, madre y dos hijos, por lo general.

La carretera de tierra rojiza, estremece con las escenas de la vida cotidiana que junto a ella se desarrollan, mientras escucho música de películas en mi ipod, y avanzo a toda velocidad en este tuk tuk con destino a la villa flotante, establecida sobre el lago más grande de Asia. Por este mismo, los turistas pueden conectar Siem Reap con Phnom Pehn, tras 6 horas y media de travesía acuática.

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El viento tibio en mi cara y el polvo en el pelo, no molestan. Disfruto cada instante y vivo cada conversación que establezco en estas tierras. Cambodia me seduce con su gente, de sonrisa abundante, e ingenuidad que desarma. Hasta que llega la hora de negociar, claro.

Pero a diferencia del tailandés, este pueblo no está coludido para engañar al forastero, por lo que siempre alguien podrá advertirte de lo que corresponde y de lo que no, en el momento de hacer una transacción.

La villa no resultó ser tan interesante, comparada con el camino que nos trajo a ella. La aventura en globo no fue tal, porque estaba conectado con un cable a la superficie terrestre. Más bien funciona como un ascensor, que permite observar la inmensidad de Angkor bajo el sol de oriente. Pero nada de eso arruina mis días al otro lado del mundo. En absoluto.

Estoy ansioso por descubrir los pasillos y detalles de los templos. Empiezo a entender al gringo que se vino a vivir por meses y terminó años en este país. En un solo día, empiezo a entender muchas cosas, y pensando de manera vaga, ya quisiera pasar meses en estas tierras. Tal vez años. Esta noche caigo rendido ante Cambodia. Y con eso me quedo hoy, antes de dormirme en el Green Park Village de Siem Reap. Con la belleza del paisaje; la calidez y encanto del pueblo camboyano; y la imaginación que llena mi cabeza de sueños.

dsc00478Nos levantamos tarde en Bangkok, o Krungthep, que significa “Ciudad de los Ángeles”, en la lengua local. Por un lado, siento que no me estoy organizando bien con los tiempos, pero por otro, creo que estando de vacaciones no quiero pasar mis días sumido en el estrés.

 

 

 

En frente del Bella Bella, nuestro nuevo hostal -el tercero en los tres días que llevo en Tailandia-, existe un templo que conecta dos calles. Junto al mismo, hay diversos puestos de comida. Improvisados, pero a la vez establecidos, se encuentran verdaderos restaurantes. Pido phad tai de pollo, y me deleito a tal punto que pido una segunda porción. En estos sitios no miden con exactitud los platos por lo que el segundo podría incluso llegar a ser el doble del primero.

Abordamos el bote a motor Chao Phraya Express para llegar a Wat Phrae Kaew, el mayor templo de la capital. No tengo recuerdos de haber visto una construcción más bella que esa.

La sorpresa y admiración es como cuando miras los fuegos artificiales. No terminas de alucinar con los primeros destellos en el cielo, viene uno y otro que te estremece más que el anterior. Wat Phrae Kaew es la representación más fiel de esa contradictoria identidad tailandesa. Austeridad y opulencia conviven como las mansiones junto a las favelas más temidas, en el caso de Brasil.

No se aún cuántas fotos he tomado con mi cámara nueva. La compré hace un par de semanas en Nueva York. Tenía el modelo y la marca en vista. En diez minutos salí con algo completamente distinto. Sin embargo, ha resultado ser la mejor inversión tecnológica que he llevado a cabo en el último tiempo.

dsc00739Al salir del Gran Palacio, nos encontramos con callejuelas oscuras, húmedas y malolientes. En las veredas del sector, sus gentes venden pescados y camarones disecados. Mientras avanzamos, nos vamos encontrando con pequeñas tienditas de medicina natural y hierbas. Más allá ofrecen el tradicional masaje tailandés, en un salón que publicita con simpáticos dibujos las bondades del thai massage.

Los tuk tuk despiden más humo que nunca, y los buses pasan repletos de pasajeros. De seguro, este último medio de transporte es el que pertenece con exclusividad a la comunidad local. No vemos extranjeros en ellos.

Un tipo en la vereda vende ropa típica tailandesa. Un mensaje en alemán hace que Bruna le ofrezca una traducción improvisada al español. Juntos, nos disponemos a traducir cada uno de los mensajes. “Solo precios locales. No son precios para turistas”; “Por favor, pruébeselos”; o “Seda 100%”. Impresiona que los precios tarjados digan antes $199B y ahora $200B.

Le pregunto por qué los escribió al revés. No están mal, me responde. Son mis precios y ya no cuestan como antes. Es mi negocio y yo decido como vendo, me dice entre risas, coronándose como el primer antivendedor que conozco.

dsc00357De regreso, tomamos nuevamente el bote en el río Chao Phraya. La tarde ya no aturde cómo antes. El calor se difumina, aunque solo un poco. Una mujer local observa melancólica el paisaje, pensando quién sabe en qué, o quién. El cielo nublado y la brisa que llega húmeda al chocar la nave con las olas invitan a la reflexión. Me detengo en los monjes que deambulan por toda Bangkok. Ellos tienen su lugar especial dentro de la sociedad tailandesa, y por cierto, también dentro de estas embarcaciones. Observo a la distancia Wat Arun, otro templo que aún no hemos visitado, y descubro que varias personas escalan hasta el tope.

Una vez en el hostal, decidimos dormir; el calor y las emociones vividas, cansan. Despierto tarde. Bruna sigue durmiendo. Nos encontramos más tarde en el lobby del Bella Bella, y bebemos un par de cervezas. Mi inesperada compañera de viaje, arma un cigarro tras otro con el tabaco que trajo desde Rotorúa, Nueva Zelandia.

Hace algunos meses que ya no fumo, y siempre termino sucumbiendo ante la tentación. Pensé que nunca comería en la calle. Recuerdo los consejos de mi familia antes de partir, pero hoy soy un adicto al phad thai callejero, y poco me importa que me lo sirvan y preparen los travestis del lugar. Suena grotesco, lo sé, y de hecho, lo es, pero todos los turistas que cargamos una mochila sobre nuestros hombros, nos alimentamos en las calles.

Más tarde me apronto a caminar y perderme por las arterias de Khao San, el sector donde nos estamos hospedando. Los gringos que llegan a este barrio encajan en dos perfiles. Uno es el símil de los chilenos que vacacionan en San Pedro de Atacama o en el Valle del Elqui. A la mayoría imagino vegetarianos. Bailan al ritmo de los tambores e inician una fiesta, se mueven libres en una actitud que no se les conoce en sus países. Se creen cool, y no lo son. Están ebrios y se sienten aún más cool, pero acaban siendo aún más patéticos.

Además del gringo alternativo, coexiste el otro visitante anglosajón, que se asemeja al amante de Cancún, y que llega seducido más por el sexo barato con los ladyboys que por la cultura local. Los gringos me caen bien, pero no en vacaciones. Los desconozco y me empiezan a desagradar. Hacen lo imposible por llamar la atención, se sienten los dueños del lugar, y poco se esmeran siquiera por aprender a dar las gracias en el idioma local.

Camino entre puestos de comida, y de frutas. Cierto grupo de mujeres de alguna tribu del norte, ofrecen unos sapos de madera a los que le raspan el lomo para emitir un sonido parecido al que emite el anfibio. Nadie les compra, aunque persigan por cuadras a los turistas. Bruna las bautizó como “las viejas del sapo”. Me dan risa, pero comienzo a detestarlas. Te miran de lejos, y si por alguna remota equivocación las observas y se enteran, corren a ofrecerte los sapos que componen la banda sonora de Khao San, junto con los conductores de tuk tuk hablándote al oido con la típica oferta: “tuk tuk, tuk tuk, ping pong show ping pong show”.

Por las veredas, atraviesan numerosas ratas, pero nunca tantas como los jóvenes que ejercen el comercio sexual.

Un hombre rubio, joven y objetivamente apuesto se besa con un travesti. Lo, o la, besa con desesperación. Está tan ebrio que ni siquiera ha pensado en dónde pudo haber estado la boca de su acompañante en los minutos previos a conocerle.

Regreso a mi hostal donde Bruna ya debe estar durmiendo. En el camino soy acosado en numerosas ocasiones por prostitutas, exageradamente maquilladas y esqueléticas. Me tiran besos y me toman de los brazos para interrumpir mis pasos cada vez más ágiles.

dsc01118Khao San aturde, con sus ruidos, gentes, olores y escenas. Hay quienes no parecen dar importancia a las ratas y las prostitutas. Comen en las calles esquivando a los tuk tuks que se abalanzan por todos lados en una marcha caótica por los pasajes del sector. Khao San intoxica e impacta fácilmente, y se pavonea de lo mismo. Bangkok es atrevida y se consagra como la capital mundial de la lujuria. Esto ocurre cada noche, y es entonces cuando empiezo a preguntarme en qué momento pudieron bautizarle como la “Ciudad de los ángeles”.

dsc00295Bruna no tenía reservas y decidió acompañarme al hostal. Le cobran más por no haber hecho la reserva. Lo encontramos injusto y reduzco mi estadía a una sola noche. Nos quedamos en un dormitorio de ocho camas con baño compartido. El lugar es limpio, moderno y cool. Nada que ver con lo que experimentaría del resto de la ciudad en las próximas horas. Este lugar es casi como un proyecto de Ikea.

Me conecto a Internet y veo que bastantes amigos siguen mis pasos. Les agradezco a cada uno de ellos sus buenas intenciones. Hablo con mi familia, y les dejo tranquilos. Yo también lo estoy.

El cambio de horario no me acomoda, y no logro dormir. Son las 02:00 am y tomo una ducha bien caliente, algo ayuda pero no puedo cerrar los ojos. Finalmente logro conciliar un sueño poco reparador, pero necesario para soportar lo que resta del día sin caer desmayado.

DESPIERTA TAILANDIA

Nos levantamos temprano con Bruna. Su primera frase del día es: “este huevón de la cama de abajo no durmió acá”. Medio dormidos, nos reímos de su comentario. Poco a poco empezamos a conocernos más, y siento que nos caemos bien. Ella estuvo trabajando los últimos meses en Rotorua, Nueva Zelandia. Vive la vida de manera simple y entretenida. Bruna era la única chica en la habitación, pero nunca siquiera lo comentó. Agradezco su sencillez y constantemente nos recordamos mutuamente la suerte de habernos encontrado en este viaje. Siempre termino convenciéndome de que las coincidencias casi no existen.

Bangkok despierta ocupada, ruidosa, contaminada y fétida. El hedor de los desagües se funde con los inciensos, la gasolina quemada de su destartalado y pintoresco sistema de transporte público, junto a las aromáticas especias de la comida que preparan en las calles.dsc00272

Decidimos buscar un hostal en Khaosan Road, donde se hospeda la mayoría de los mochileros. Abordamos un tuk tuk, taxis de tres ruedas, sin puertas, ni ventanas. Ni pensar en cinturones de seguridad. Sacamos nuestras cámaras, previo acuerdo de 60 baths por el viaje a Khaosan. A los pocos metros, el chofer nos explica que pararemos en lugares para hacer compras. No entendemos mucho su inglés, le decimos que no estamos dispuestos a parar y nos exige desembarcar. Esta no sería la única vez en el día que un tuk tuk driver nos echa abajo de su vehículo.

PERDIDOS EN BANGKOK

Es difícil hacerse amigo de Bangkok. Sus calles están escritas con caracteres locales, y nada entendemos. No sabemos mucho dónde estamos, pero sí imaginamos donde vamos. El inglés de sus residentes es tan bueno como el swahili de los chilenos. Todo el mundo intenta ayudarnos, todos los choferes ofrecen llevarnos en sus tuk tuks, pero ninguno a nuestro destino.

Caminamos agobiados bajo el smog y el calor. Una mujer, en cuclillas, defeca junto a un auto rodeada de moscas. La escena es tan grotesca como la protagonizada por ese travesti que sacudía su pene en la misma posición, tras orinar en una calle de Río de Janeiro, por donde caminaba hace algunos meses.

Llegamos a una oficina de turismo dudosamente gubernamental. Veo la foto del Rey montada en la pared, pero más tarde corroboraría que está por todas partes y que de oficialidad poco tiene.

Nos atienden bien y con un inglés que no deja de causarnos risa. -“Oh Oh you wan a simpon loom!”, nos dice la mujer con un acento ingenuo y encantador. -“Yes, a simple room“, le confirma Bruna, quien rápidamente se echa al bolsillo el inglés local y muestra orgullosa sus habilidades de negociación.

Finalmente, nos damos cuenta que nos ofrecen algo que no se ajusta a nuestro presupuesto. Seguimos nuestro camino a Khaosan. Avanzamos varias cuadras, por calles donde vemos decenas de perros vagos y enfermos, hasta el muelle para abordar uno de esos botes a motor que llevan a distintos puntos de la ciudad. Después de tres intentos, logramos dar con el punto exacto para abordarlo. 14 baths nos conectarán, finalmente, con Khaosan.

Nos encontramos de casualidad con un par de chilenos en la calle. Nos cuentan que por lo que pagamos en el hostal Lub *D podemos encontrar una habitación con baño privado, aire acondicionado y piscina. Nos quedan 5 minutos para hacer el check out en el alejado Lub *d. Nos subimos a un tuk tuk, que por 50 baths nos lleva hasta un punto desconocido, cuando el conductor se entera que íbamos a Silom, que está bastante alejado. Nos obliga a bajar. No le pagamos, no es justo, creo. El chofer tampoco nos cobra. Estamos en algún punto de Bangkok, claramentdsc00313e perdidos.

Minutos más tarde, y tras haber intentado pedir ayuda a varias personas, Mao, un joven de 24 años nos llevará en su tuk tuk por 150 baths a nuestro hostal y nos traerá de regreso a Khaosan. Decido modificar mi inglés para ser entendido, elimino las “r” y las transformo en “l”, así entonces digo que “I’m flom Chile and I’m going to Khaosan Load”, e increíblemente mejoro mis habilidades de comunicación con el pueblo Thai.

Acordamos con Mao, detenernos en dos puntos durante nuestro regreso. Recién sabríamos que los choferes de tuk tuk reciben comisión por llevar turistas a tiendas aunque éstos no compren nada. Acordamos mostrarnos interesados por los productos con Bruna; primero en una tienda de telas y luego en una joyería majestuosa, donde terminamos ambos comprando aros de plata para nuestras abuelas.

Escojo unos con piedra de zirconio transparente y cúbica para la mía. Intento que se parezca a los que le regaló mi abuelo varias décadas atrás, de materiales de seguro muchísimo más nobles, pero con el mismo incalculable amor.

Le agradecemos a Mao su buena disposición y amistosa sonrisa. Ofrece llevarnos en la noche al show de la Ping Pong Pussy. No creo necesarias las explicaciones sobre qué se trata el show.

Me parece divertido que a Bruna le entusiasme conocer el lado más bizarro de Bangkok.

Nuestro hostal es bastante más sencillo pero pagamos la mitad que en el anterior -unos tres mil quinientos pesos chilenos cada uno-, por una habitación con dos camas, y estamos en un distrito diez veces más entretenido.

En la muralla del hostal hay varios avisos que invitan a visitar a Gary Jones, un británico preso -seguramente por posesión de drogas-, y que cumple una sentencia perpetua en una cárcel de esta ciudad. Me entusiasma la idea de ir a conocerle, pero me asusta a la vez pensar en cuánto me podría afectar saber más de su historia. Decido no ir, porque imagino mi nombre en los mismos avisos y lo encuentro terrible.

Sé que saldría de este país en un estado de paranoia absoluta, tras revisar mil cuatrocientas veces mi equipaje libre de drogas.

Almorzamos con Bruna en un restaurant precario, atendido por una mujer cálida y atenta. Son las cinco de la tarde y es nuestra primera comida del día. Ordeno un Green curry chicken y un frappé de mango. Poco me importa conocer la cocina después de entrar al baño, sucio y mal oliente. Decido no pensar mucho. La mujer me explicó que mi comida sería “solo un poco picante”. Resultó ser casi incomible, pero muy sabrosa.

Recuerdo cuando Alejandro comentó que Lima era la Bangkok de América Latina. Le dije que tenía que conocer Tailandia antes de hacer ese comentario. Hoy compruebo que algo de razón tenía, y que Lima ya no me parece tan fea ni tan asquerosos sus huevos de codorniz que venden en las calles del Callao.dsc00336

Los sabores de Tailandia son picantes, dulces, coloridos y perfumados. Este último factor me causa conflicto. Almorzar comida que huele a colonia floral me da un poco de asco. Intento adivinar si es el curry, el jengibre o quién sabe qué otro ingrediente.

Media hora más tarde, y tras haber ordenado un segundo plato regresamos al hostal. Nos detenemos en un templo budista. Hermosa postal de Bangkok, la primera en estas 18 horas. Nos tomamos un par de fotos y seguimos cotizando ropa, y poleras de un algodón exquisito, y fabulosos diseños que sorprenden al lado del mal gusto característico de una ciudad, donde los taxis están pintados de fucsia eléctrico, y el dorado es el marco de cada calle que recorremos.

Las arcadas son constantes y se acentúan al atravesar esos pasajes estrechos y sombríos, que conectan las calles del sector. “Bruna quiero vomitar”, le advierto. Pronto empezamos a buscar el trayecto que nos lleve de regreso al Budget Guesthouse.

En nuestra habitación húmeda y calurosa, gira dificultosamente un ventilador de techo. Las ventanas en Khaosan se agradecen, porque no todas las habitaciones cuentan con ellas, y aunque la vista sea a un callejón o a la cocina de un restaurant, como es el caso de la nuestra, regalan al visitante un respiro necesario para el descanso.

Mi estómago se retuerce, y decido tomar una de las pastillas que me dio la jefa de cabina de Thai Airways. Sin embargo, pienso que no es para tanto. Me lo tomo con relajo, y le digo a Bruna que iré a hacer mi “Ping Pong Toilette Show” al baño. Se ríe con ganas.

Dormimos un par de horas, porque queremos ir por el show de la chica que según nos cuentan no solo expulsa pelotas de ping pong por su vagina, sino que hasta pájaros vivos. Con Bruna nos divertimos fantaseando con comprobar que del mismo lugar saldrán conejos y palomas de magos. O un cuye, quién sabe.

La noche cae en Bangkok, pero el calor se mantiene. Mi estómago se estabilizó. Estoy sentado escribiendo en mi computador en el suelo, descalzo, junto a la escalera del tercer piso de un hostal en Asia. En nuestra habitación no hay enchufes. Saludo a cada uno de los huéspedes que pasan por mi lado, unos veinte o treinta hasta ahora, mientras espanto los mosquitos que cada tanto me atacan sin piedad.

No se qué hora es acá, ni si el show del ping pong empezó o terminó. Decido ahora despertar a Bruna, darme una ducha con agua fría, para más tarde hablar con mi familia en Concepción. Espero también, cuando el reloj indique quién sabe que hora en esta ciudad, ir a algún sitio -bizarro o no-, para conocer algo más de la enigmática, colérica, escurridiza y fétidamente perfumada capital del Reino de Tailandia.



009Desde hace ya algún tiempo he estudiado rutas y sitios para conocer en el sudeste asiático. Mi primer acercamiento fue por mi amigo Izaúl en la época de colegio, tras un intercambio en Tailandia. Más tarde conocería a Kongkeat en Washington, D.C. durante mi beca. Él vive en Phrae, en el norte de la misma nación. Esa parte del mundo la imaginé hace un buen rato, pero nunca la imaginé sin más compañía que un computador portátil, mi cámara de fotos, un libro, algunas poleras, shorts y calzoncillos.



Después de 12 horas en un Airbus 340 llegué a Auckland, sin la ansiedad de antaño por un viaje. No sé si es falta de motivación o el simple miedo a emprender una aventura por el sudeste asiático. Solo. Tal cual: tres semanas recorriendo Tailandia de sur a norte, unos días en Cambodia y una semana en Egipto, solo con la compañía de mi básico equipaje, mis recuerdos, miedos y aprehensiones. En una especie de tratamiento de shock, para asumir una adultez que me obliga a ser fuerte cuando miro mi data de nacimiento en el pasaporte. A los 28 años, y con varios destinos en el cuerpo no se puede, ni se debe, tener miedo a la aventura.



Durante el vuelo miré en mi pantalla el mapa en varias ocasiones. Vi todos los continentes, y el avión que con sus 64 metros de largo, era solo un punto al lado del continente Antártico, por el que trazó ruta.0011


Pocos minutos antes de aterrizar me seduje imaginándome en medio de la selva, atravesando un riachuelo sobre el lomo de un elefante, y más tarde en el de un camello con una muy explotada postal de las pirámides de fondo.


Al salir de la revisión de aduana me encontré con un tripulante argentino. Su novia que venía en el mismo vuelo para acompañarle, estaba siendo revisada por los oficiales. “Che, no se nada loco, ¿no la has visto?”, me pregunta con una lucidez que tras el cansancio del vuelo, simplemente sorprende. No es menor, pienso. Su novia rusa aún no sale después de media hora. Mientras, le ofrezco preguntar por el servicio de shuttle hacia el hotel. “Son 37 kiwis por los dos“, le cuento. Agradece mi ayuda, porque el resto de la tripulación necesitaba descansar y ya no los podían seguir esperando. Finalmente, entre sollozos la rusa se reencuentra con su novio. La chica rubia, muy rubia, y tan bronceada como él, acusa discriminación. Me despido y nos deseamos suerte mutuamente.


El reloj marca las 05:07 am en el aeropuerto internacional de Auckland. Me quedan varias horas para abordar mi vuelo con destino a Bangkok. Afanosamente intento conectarme a internet, sin tener que pagar los casi 20 kiwis por cuatro horas que cobra el hot spot de la terminal.


Frente a mi asiento descansa un tipo completamente cubierto por una frazada con una estampa de un paisaje africano. Su mochila de almohada y su sombrero texano de antifaz. Pienso en copiar su estilo desinteresado, pero no me calza. De hecho, no alcanza a cautivarme la idea de viajar con mochila. Me siento torpe tratando de caminar con tanto aparataje, me enredo con los cierres y los broches. Dificultosamente llevo mi laptop y una bolsa del duty free.


Por mi trabajo, me he acostumbrado a los hoteles y la vida un poco más cómoda. Pero estas son vacaciones, distintas, más exóticas y menos confortables. Lo elegí de ese modo.


Recuerdo el café que tomamos con mi amigo Alejandro hace unos días atrás en Barnes&Nobles de la 5ta Avenida en un Nueva York bajo cero. Me gustaron las frases-magnetos que ahí vendían. Me quedo con una donde se leía algo como: Sé fuerte y vive la vida como la imaginaste. Traslado tan sabia frase a mi viaje y me armo de ánimo para enfrentar este desafío-aventura y vivirlo como lo imaginé. Con camellos, elefantes y mujeres cuello de jirafa incluidos. Decido sumar las esperas en los aeropuertos, el miedo a que me roben los dólares que llevo conmigo, y que junté sigilosamente durante todo un año, para armar un escenario más real que mágico, pero no menos interesante.


Los restaurantes del patio de comidas del segundo nivel del aeropuerto empiezan a desprender el olor característico del desayuno. Una mezcla de huevos revueltos que imagino medio aguados, la canela de los pasteles, el queso fundido y el café recién filtrado.


El tipo de enfrente se levanta, y el tráfico de viajeros aumenta. Abandono la idea de dormirme sobre una banca con esa envidiable naturalidad de los mochileros. No tengo sueño, solo un poco de fatiga. El lado izquierdo de mi garganta aún molesta. Mantengo mi tratamiento con ibuprofeno. Reviso mi seguro de viaje y lo dejo a mano por cualquier cosa.


 


 


DESTINO: BANGKOK


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El vuelo aún no se abre, por lo que no puedo hacer mi check-in. Bajo unas diez veces al primer nivel atento al momento preciso en que se inicie el proceso para enlistarme. Finalmente dejo pasar una media hora antes de bajar nuevamente y encontrarme con una fila de unas treinta personas… Mis boletos me permiten embarcarme en cualquier fecha. Raudo ingreso con mis líquidos en una bolsa plástica a los rayos x. Entrego mi tarjeta de salida de Nueva Zelandia al oficial, y me dice “-De regreso a casa en Bangkok?”. No, señor, soy chileno, aunque entiendo que mis ojos conservan cierto ancestro asiático.


En la sala de embarque busco un enchufe para conectar mi computador, me siento en el suelo y afirmo mi espalda en la ventana. Dudando si sería mal visto, en los próximos cinco minutos compruebo que unos 20 mochileros han adoptado la misma posición.


La tripulación llega dispersa, y con una actitud que me resulta familiar. Las azafatas manejan códigos universales. Budistas, católicas o judías, se desenvuelven del mismo modo por los pasillos de las terminales aeroportuarias: meneando ligeramente sus caderas, con la mirada perdida y el cuello extendido hacia las nubes. A las de Thai Airways, las imaginaba un poco más Zen.


En medio del desorden de la sala se me acerca una chica de unos 25 años. Me pide cargar su ipod en mi computador. -“Yeah sure“, le respondo. Los pasajeros son en su mayoría de India y Tailandia. Pienso en que debo ser probablemente el único que habla español en la sala. Antes de abordar el avión le entrego el ipod a su dueña, me pregunta de dónde soy, y compruebo que no sólo no soy el único hispanoparlante del vuelo, sino que uno de los dos chilenos con destino a Bangkok en el TG 990.


Ya en el avión, somos recibidos por las tripulantes, quienes han cambiado sus uniformes por unos maravillosos trajes tailandeses de seda. 062


El servicio de Thai Airways es de primerísimo nivel. Tragos de bienvenida para toda la cabina de clase económica, toallas calientes para limpiarnos las manos. Me voy por la opción de la carne con puré, acompañada de exquisiteces de la cocina sudasiática. Repetición de vinos y café o té. Antes del servicio las luces de la cabina se tornan lila suave y naranjo, colores característicos de la empresa.


 


Me presento como tripulante, nada saben de LAN, pero se esmeran por conocerme y preguntar por Chile y mis vacaciones.


La jefa de cabina de clase turista me regala un avión armable, lápices y antifaces corporativos. Más tarde llega con medicinas para la diarrea que espero no usar durante todo mi viaje. -“Te pueden servir“, me dice. Les agradezco a toda la tripulación su buena atención y amistoso servicio. Nos tomamos una foto y regreso a mi asiento, mientras Bruna duerme abatida por el cansancio de este vuelo de 11 horas.


A mi asiento llega Emma, una de las azafatas que más interés mostró en mi. Le muestro las fotos que acabo de descargar en mi laptop. Le gustan, y me pide que se las envíe a su correo personal. Me pregunta cuánto estaré en Bangkok. Le cuento que quiero ir a Cambodia. -“¿Se puede ir a Angkor Wat por el día?”, le pregunto. Y veo que no me entiende. Se excusa diciendo que tiene que trabajar pero que tal vez la otra semana tenga tiempo para acompañarme. Me da risa y ella se siente incómoda. Me pide ver fotos de Lan, en un intento desesperado por cambiar de tema y zafar de la situación. Sólo tengo unas mías llegando de un vuelo con la camisa afuera. -“Vely sexy“, me dice coqueta con un acento inconfundiblemente asiático. Le muestro más tarde una de mi amiga Anita, sentada en una turbina con un uniforme diminuto al lado del suyo. La falda de Emma debe ser fácilmente un metro más larga que la de Anita.034


Quedan 20 minutos para aterrizar en la capital de Tailandia, y a mi mente arriban muchas dudas. Me pregunto si llegaré de regreso a Chile con el laptop. Me pregunto si vale la pena estar tan conectado. Me pregunto qué va a ser de mi cuando intente buscar la dirección de mi hostal pasadas las 10 de la noche en una Bangkok desconocida y oscura. Me pregunto cómo esta travesía modificará mi forma de ver el mundo. Me pregunto si tanta pregunta sea óptimo.


Decido no atormentarme, porque tanto cuestionamiento finalmente no me molesta, sobretodo cuando tengo tantas ganas de ir por todas esas respuestas; y más allá, por ser fuerte y contentarme con vivir este viaje tal como lo empiezo a imaginar.

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