009Desde hace ya algún tiempo he estudiado rutas y sitios para conocer en el sudeste asiático. Mi primer acercamiento fue por mi amigo Izaúl en la época de colegio, tras un intercambio en Tailandia. Más tarde conocería a Kongkeat en Washington, D.C. durante mi beca. Él vive en Phrae, en el norte de la misma nación. Esa parte del mundo la imaginé hace un buen rato, pero nunca la imaginé sin más compañía que un computador portátil, mi cámara de fotos, un libro, algunas poleras, shorts y calzoncillos.



Después de 12 horas en un Airbus 340 llegué a Auckland, sin la ansiedad de antaño por un viaje. No sé si es falta de motivación o el simple miedo a emprender una aventura por el sudeste asiático. Solo. Tal cual: tres semanas recorriendo Tailandia de sur a norte, unos días en Cambodia y una semana en Egipto, solo con la compañía de mi básico equipaje, mis recuerdos, miedos y aprehensiones. En una especie de tratamiento de shock, para asumir una adultez que me obliga a ser fuerte cuando miro mi data de nacimiento en el pasaporte. A los 28 años, y con varios destinos en el cuerpo no se puede, ni se debe, tener miedo a la aventura.



Durante el vuelo miré en mi pantalla el mapa en varias ocasiones. Vi todos los continentes, y el avión que con sus 64 metros de largo, era solo un punto al lado del continente Antártico, por el que trazó ruta.0011


Pocos minutos antes de aterrizar me seduje imaginándome en medio de la selva, atravesando un riachuelo sobre el lomo de un elefante, y más tarde en el de un camello con una muy explotada postal de las pirámides de fondo.


Al salir de la revisión de aduana me encontré con un tripulante argentino. Su novia que venía en el mismo vuelo para acompañarle, estaba siendo revisada por los oficiales. “Che, no se nada loco, ¿no la has visto?”, me pregunta con una lucidez que tras el cansancio del vuelo, simplemente sorprende. No es menor, pienso. Su novia rusa aún no sale después de media hora. Mientras, le ofrezco preguntar por el servicio de shuttle hacia el hotel. “Son 37 kiwis por los dos“, le cuento. Agradece mi ayuda, porque el resto de la tripulación necesitaba descansar y ya no los podían seguir esperando. Finalmente, entre sollozos la rusa se reencuentra con su novio. La chica rubia, muy rubia, y tan bronceada como él, acusa discriminación. Me despido y nos deseamos suerte mutuamente.


El reloj marca las 05:07 am en el aeropuerto internacional de Auckland. Me quedan varias horas para abordar mi vuelo con destino a Bangkok. Afanosamente intento conectarme a internet, sin tener que pagar los casi 20 kiwis por cuatro horas que cobra el hot spot de la terminal.


Frente a mi asiento descansa un tipo completamente cubierto por una frazada con una estampa de un paisaje africano. Su mochila de almohada y su sombrero texano de antifaz. Pienso en copiar su estilo desinteresado, pero no me calza. De hecho, no alcanza a cautivarme la idea de viajar con mochila. Me siento torpe tratando de caminar con tanto aparataje, me enredo con los cierres y los broches. Dificultosamente llevo mi laptop y una bolsa del duty free.


Por mi trabajo, me he acostumbrado a los hoteles y la vida un poco más cómoda. Pero estas son vacaciones, distintas, más exóticas y menos confortables. Lo elegí de ese modo.


Recuerdo el café que tomamos con mi amigo Alejandro hace unos días atrás en Barnes&Nobles de la 5ta Avenida en un Nueva York bajo cero. Me gustaron las frases-magnetos que ahí vendían. Me quedo con una donde se leía algo como: Sé fuerte y vive la vida como la imaginaste. Traslado tan sabia frase a mi viaje y me armo de ánimo para enfrentar este desafío-aventura y vivirlo como lo imaginé. Con camellos, elefantes y mujeres cuello de jirafa incluidos. Decido sumar las esperas en los aeropuertos, el miedo a que me roben los dólares que llevo conmigo, y que junté sigilosamente durante todo un año, para armar un escenario más real que mágico, pero no menos interesante.


Los restaurantes del patio de comidas del segundo nivel del aeropuerto empiezan a desprender el olor característico del desayuno. Una mezcla de huevos revueltos que imagino medio aguados, la canela de los pasteles, el queso fundido y el café recién filtrado.


El tipo de enfrente se levanta, y el tráfico de viajeros aumenta. Abandono la idea de dormirme sobre una banca con esa envidiable naturalidad de los mochileros. No tengo sueño, solo un poco de fatiga. El lado izquierdo de mi garganta aún molesta. Mantengo mi tratamiento con ibuprofeno. Reviso mi seguro de viaje y lo dejo a mano por cualquier cosa.


 


 


DESTINO: BANGKOK


0171


El vuelo aún no se abre, por lo que no puedo hacer mi check-in. Bajo unas diez veces al primer nivel atento al momento preciso en que se inicie el proceso para enlistarme. Finalmente dejo pasar una media hora antes de bajar nuevamente y encontrarme con una fila de unas treinta personas… Mis boletos me permiten embarcarme en cualquier fecha. Raudo ingreso con mis líquidos en una bolsa plástica a los rayos x. Entrego mi tarjeta de salida de Nueva Zelandia al oficial, y me dice “-De regreso a casa en Bangkok?”. No, señor, soy chileno, aunque entiendo que mis ojos conservan cierto ancestro asiático.


En la sala de embarque busco un enchufe para conectar mi computador, me siento en el suelo y afirmo mi espalda en la ventana. Dudando si sería mal visto, en los próximos cinco minutos compruebo que unos 20 mochileros han adoptado la misma posición.


La tripulación llega dispersa, y con una actitud que me resulta familiar. Las azafatas manejan códigos universales. Budistas, católicas o judías, se desenvuelven del mismo modo por los pasillos de las terminales aeroportuarias: meneando ligeramente sus caderas, con la mirada perdida y el cuello extendido hacia las nubes. A las de Thai Airways, las imaginaba un poco más Zen.


En medio del desorden de la sala se me acerca una chica de unos 25 años. Me pide cargar su ipod en mi computador. -“Yeah sure“, le respondo. Los pasajeros son en su mayoría de India y Tailandia. Pienso en que debo ser probablemente el único que habla español en la sala. Antes de abordar el avión le entrego el ipod a su dueña, me pregunta de dónde soy, y compruebo que no sólo no soy el único hispanoparlante del vuelo, sino que uno de los dos chilenos con destino a Bangkok en el TG 990.


Ya en el avión, somos recibidos por las tripulantes, quienes han cambiado sus uniformes por unos maravillosos trajes tailandeses de seda. 062


El servicio de Thai Airways es de primerísimo nivel. Tragos de bienvenida para toda la cabina de clase económica, toallas calientes para limpiarnos las manos. Me voy por la opción de la carne con puré, acompañada de exquisiteces de la cocina sudasiática. Repetición de vinos y café o té. Antes del servicio las luces de la cabina se tornan lila suave y naranjo, colores característicos de la empresa.


 


Me presento como tripulante, nada saben de LAN, pero se esmeran por conocerme y preguntar por Chile y mis vacaciones.


La jefa de cabina de clase turista me regala un avión armable, lápices y antifaces corporativos. Más tarde llega con medicinas para la diarrea que espero no usar durante todo mi viaje. -“Te pueden servir“, me dice. Les agradezco a toda la tripulación su buena atención y amistoso servicio. Nos tomamos una foto y regreso a mi asiento, mientras Bruna duerme abatida por el cansancio de este vuelo de 11 horas.


A mi asiento llega Emma, una de las azafatas que más interés mostró en mi. Le muestro las fotos que acabo de descargar en mi laptop. Le gustan, y me pide que se las envíe a su correo personal. Me pregunta cuánto estaré en Bangkok. Le cuento que quiero ir a Cambodia. -“¿Se puede ir a Angkor Wat por el día?”, le pregunto. Y veo que no me entiende. Se excusa diciendo que tiene que trabajar pero que tal vez la otra semana tenga tiempo para acompañarme. Me da risa y ella se siente incómoda. Me pide ver fotos de Lan, en un intento desesperado por cambiar de tema y zafar de la situación. Sólo tengo unas mías llegando de un vuelo con la camisa afuera. -“Vely sexy“, me dice coqueta con un acento inconfundiblemente asiático. Le muestro más tarde una de mi amiga Anita, sentada en una turbina con un uniforme diminuto al lado del suyo. La falda de Emma debe ser fácilmente un metro más larga que la de Anita.034


Quedan 20 minutos para aterrizar en la capital de Tailandia, y a mi mente arriban muchas dudas. Me pregunto si llegaré de regreso a Chile con el laptop. Me pregunto si vale la pena estar tan conectado. Me pregunto qué va a ser de mi cuando intente buscar la dirección de mi hostal pasadas las 10 de la noche en una Bangkok desconocida y oscura. Me pregunto cómo esta travesía modificará mi forma de ver el mundo. Me pregunto si tanta pregunta sea óptimo.


Decido no atormentarme, porque tanto cuestionamiento finalmente no me molesta, sobretodo cuando tengo tantas ganas de ir por todas esas respuestas; y más allá, por ser fuerte y contentarme con vivir este viaje tal como lo empiezo a imaginar.