Bruna no tenía reservas y decidió acompañarme al hostal. Le cobran más por no haber hecho la reserva. Lo encontramos injusto y reduzco mi estadía a una sola noche. Nos quedamos en un dormitorio de ocho camas con baño compartido. El lugar es limpio, moderno y cool. Nada que ver con lo que experimentaría del resto de la ciudad en las próximas horas. Este lugar es casi como un proyecto de Ikea.
Me conecto a Internet y veo que bastantes amigos siguen mis pasos. Les agradezco a cada uno de ellos sus buenas intenciones. Hablo con mi familia, y les dejo tranquilos. Yo también lo estoy.
El cambio de horario no me acomoda, y no logro dormir. Son las 02:00 am y tomo una ducha bien caliente, algo ayuda pero no puedo cerrar los ojos. Finalmente logro conciliar un sueño poco reparador, pero necesario para soportar lo que resta del día sin caer desmayado.
DESPIERTA TAILANDIA
Nos levantamos temprano con Bruna. Su primera frase del día es: “este huevón de la cama de abajo no durmió acá”. Medio dormidos, nos reímos de su comentario. Poco a poco empezamos a conocernos más, y siento que nos caemos bien. Ella estuvo trabajando los últimos meses en Rotorua, Nueva Zelandia. Vive la vida de manera simple y entretenida. Bruna era la única chica en la habitación, pero nunca siquiera lo comentó. Agradezco su sencillez y constantemente nos recordamos mutuamente la suerte de habernos encontrado en este viaje. Siempre termino convenciéndome de que las coincidencias casi no existen.
Bangkok despierta ocupada, ruidosa, contaminada y fétida. El hedor de los desagües se funde con los inciensos, la gasolina quemada de su destartalado y pintoresco sistema de transporte público, junto a las aromáticas especias de la comida que preparan en las calles.
Decidimos buscar un hostal en Khaosan Road, donde se hospeda la mayoría de los mochileros. Abordamos un tuk tuk, taxis de tres ruedas, sin puertas, ni ventanas. Ni pensar en cinturones de seguridad. Sacamos nuestras cámaras, previo acuerdo de 60 baths por el viaje a Khaosan. A los pocos metros, el chofer nos explica que pararemos en lugares para hacer compras. No entendemos mucho su inglés, le decimos que no estamos dispuestos a parar y nos exige desembarcar. Esta no sería la única vez en el día que un tuk tuk driver nos echa abajo de su vehículo.
PERDIDOS EN BANGKOK
Es difícil hacerse amigo de Bangkok. Sus calles están escritas con caracteres locales, y nada entendemos. No sabemos mucho dónde estamos, pero sí imaginamos donde vamos. El inglés de sus residentes es tan bueno como el swahili de los chilenos. Todo el mundo intenta ayudarnos, todos los choferes ofrecen llevarnos en sus tuk tuks, pero ninguno a nuestro destino.
Caminamos agobiados bajo el smog y el calor. Una mujer, en cuclillas, defeca junto a un auto rodeada de moscas. La escena es tan grotesca como la protagonizada por ese travesti que sacudía su pene en la misma posición, tras orinar en una calle de Río de Janeiro, por donde caminaba hace algunos meses.
Llegamos a una oficina de turismo dudosamente gubernamental. Veo la foto del Rey montada en la pared, pero más tarde corroboraría que está por todas partes y que de oficialidad poco tiene.
Nos atienden bien y con un inglés que no deja de causarnos risa. -“Oh Oh you wan a simpon loom!”, nos dice la mujer con un acento ingenuo y encantador. -“Yes, a simple room“, le confirma Bruna, quien rápidamente se echa al bolsillo el inglés local y muestra orgullosa sus habilidades de negociación.
Finalmente, nos damos cuenta que nos ofrecen algo que no se ajusta a nuestro presupuesto. Seguimos nuestro camino a Khaosan. Avanzamos varias cuadras, por calles donde vemos decenas de perros vagos y enfermos, hasta el muelle para abordar uno de esos botes a motor que llevan a distintos puntos de la ciudad. Después de tres intentos, logramos dar con el punto exacto para abordarlo. 14 baths nos conectarán, finalmente, con Khaosan.
Nos encontramos de casualidad con un par de chilenos en la calle. Nos cuentan que por lo que pagamos en el hostal Lub *D podemos encontrar una habitación con baño privado, aire acondicionado y piscina. Nos quedan 5 minutos para hacer el check out en el alejado Lub *d. Nos subimos a un tuk tuk, que por 50 baths nos lleva hasta un punto desconocido, cuando el conductor se entera que íbamos a Silom, que está bastante alejado. Nos obliga a bajar. No le pagamos, no es justo, creo. El chofer tampoco nos cobra. Estamos en algún punto de Bangkok, clarament
e perdidos.
Minutos más tarde, y tras haber intentado pedir ayuda a varias personas, Mao, un joven de 24 años nos llevará en su tuk tuk por 150 baths a nuestro hostal y nos traerá de regreso a Khaosan. Decido modificar mi inglés para ser entendido, elimino las “r” y las transformo en “l”, así entonces digo que “I’m flom Chile and I’m going to Khaosan Load”, e increíblemente mejoro mis habilidades de comunicación con el pueblo Thai.
Acordamos con Mao, detenernos en dos puntos durante nuestro regreso. Recién sabríamos que los choferes de tuk tuk reciben comisión por llevar turistas a tiendas aunque éstos no compren nada. Acordamos mostrarnos interesados por los productos con Bruna; primero en una tienda de telas y luego en una joyería majestuosa, donde terminamos ambos comprando aros de plata para nuestras abuelas.
Escojo unos con piedra de zirconio transparente y cúbica para la mía. Intento que se parezca a los que le regaló mi abuelo varias décadas atrás, de materiales de seguro muchísimo más nobles, pero con el mismo incalculable amor.
Le agradecemos a Mao su buena disposición y amistosa sonrisa. Ofrece llevarnos en la noche al show de la Ping Pong Pussy. No creo necesarias las explicaciones sobre qué se trata el show.
Me parece divertido que a Bruna le entusiasme conocer el lado más bizarro de Bangkok.
Nuestro hostal es bastante más sencillo pero pagamos la mitad que en el anterior -unos tres mil quinientos pesos chilenos cada uno-, por una habitación con dos camas, y estamos en un distrito diez veces más entretenido.
En la muralla del hostal hay varios avisos que invitan a visitar a Gary Jones, un británico preso -seguramente por posesión de drogas-, y que cumple una sentencia perpetua en una cárcel de esta ciudad. Me entusiasma la idea de ir a conocerle, pero me asusta a la vez pensar en cuánto me podría afectar saber más de su historia. Decido no ir, porque imagino mi nombre en los mismos avisos y lo encuentro terrible.
Sé que saldría de este país en un estado de paranoia absoluta, tras revisar mil cuatrocientas veces mi equipaje libre de drogas.
Almorzamos con Bruna en un restaurant precario, atendido por una mujer cálida y atenta. Son las cinco de la tarde y es nuestra primera comida del día. Ordeno un Green curry chicken y un frappé de mango. Poco me importa conocer la cocina después de entrar al baño, sucio y mal oliente. Decido no pensar mucho. La mujer me explicó que mi comida sería “solo un poco picante”. Resultó ser casi incomible, pero muy sabrosa.
Recuerdo cuando Alejandro comentó que Lima era la Bangkok de América Latina. Le dije que tenía que conocer Tailandia antes de hacer ese comentario. Hoy compruebo que algo de razón tenía, y que Lima ya no me parece tan fea ni tan asquerosos sus huevos de codorniz que venden en las calles del Callao.
Los sabores de Tailandia son picantes, dulces, coloridos y perfumados. Este último factor me causa conflicto. Almorzar comida que huele a colonia floral me da un poco de asco. Intento adivinar si es el curry, el jengibre o quién sabe qué otro ingrediente.
Media hora más tarde, y tras haber ordenado un segundo plato regresamos al hostal. Nos detenemos en un templo budista. Hermosa postal de Bangkok, la primera en estas 18 horas. Nos tomamos un par de fotos y seguimos cotizando ropa, y poleras de un algodón exquisito, y fabulosos diseños que sorprenden al lado del mal gusto característico de una ciudad, donde los taxis están pintados de fucsia eléctrico, y el dorado es el marco de cada calle que recorremos.
Las arcadas son constantes y se acentúan al atravesar esos pasajes estrechos y sombríos, que conectan las calles del sector. “Bruna quiero vomitar”, le advierto. Pronto empezamos a buscar el trayecto que nos lleve de regreso al Budget Guesthouse.
En nuestra habitación húmeda y calurosa, gira dificultosamente un ventilador de techo. Las ventanas en Khaosan se agradecen, porque no todas las habitaciones cuentan con ellas, y aunque la vista sea a un callejón o a la cocina de un restaurant, como es el caso de la nuestra, regalan al visitante un respiro necesario para el descanso.
Mi estómago se retuerce, y decido tomar una de las pastillas que me dio la jefa de cabina de Thai Airways. Sin embargo, pienso que no es para tanto. Me lo tomo con relajo, y le digo a Bruna que iré a hacer mi “Ping Pong Toilette Show” al baño. Se ríe con ganas.
Dormimos un par de horas, porque queremos ir por el show de la chica que según nos cuentan no solo expulsa pelotas de ping pong por su vagina, sino que hasta pájaros vivos. Con Bruna nos divertimos fantaseando con comprobar que del mismo lugar saldrán conejos y palomas de magos. O un cuye, quién sabe.
La noche cae en Bangkok, pero el calor se mantiene. Mi estómago se estabilizó. Estoy sentado escribiendo en mi computador en el suelo, descalzo, junto a la escalera del tercer piso de un hostal en Asia. En nuestra habitación no hay enchufes. Saludo a cada uno de los huéspedes que pasan por mi lado, unos veinte o treinta hasta ahora, mientras espanto los mosquitos que cada tanto me atacan sin piedad.
No se qué hora es acá, ni si el show del ping pong empezó o terminó. Decido ahora despertar a Bruna, darme una ducha con agua fría, para más tarde hablar con mi familia en Concepción. Espero también, cuando el reloj indique quién sabe que hora en esta ciudad, ir a algún sitio -bizarro o no-, para conocer algo más de la enigmática, colérica, escurridiza y fétidamente perfumada capital del Reino de Tailandia.

2 comentarios
Feed de los comentarios de este artículo
febrero 7, 2009 a 11:03 am
Alejandro
Ping Pong pussy show es como lo que hace la kournikoba chilena si nosotros tb tenemos nuestras propias camboyanas.
Tb tenemos lady boys todos los dias paradas frente al ritz carlton de el Golf.
Tb tenemos muchos hostales, innumerables taxistas que te quieren estafar y multiples restaurantes peruanos.
Creo que Thai se parece un poco mas a stgo que a lima jajaja
Buenisimo el blog
febrero 8, 2009 a 9:35 pm
Paola
Hola Javier, Tailandia huele a arroz de jazmín, y está en todas partes; supongo que es el olor oficial del país y con otras cosillas más. Yo tengo acá arroz de jazmín y me recuerda mucho el viajecillo.
Que bueno que hayas encontrado una partner para continuar tu viaje, me imagino que estás más animado ahora. Igual te quedan ene cosas por hacer disfruta lo bizarro total después te acostumbras.
Me gusta mucho tu bitácora de viaje está muy divertida.
Te mando mil abrazos y mucho cariño_!!
cuidate y pásalo bien.
>_<