Nos levantamos tarde en Bangkok, o Krungthep, que significa “Ciudad de los Ángeles”, en la lengua local. Por un lado, siento que no me estoy organizando bien con los tiempos, pero por otro, creo que estando de vacaciones no quiero pasar mis días sumido en el estrés.
En frente del Bella Bella, nuestro nuevo hostal -el tercero en los tres días que llevo en Tailandia-, existe un templo que conecta dos calles. Junto al mismo, hay diversos puestos de comida. Improvisados, pero a la vez establecidos, se encuentran verdaderos restaurantes. Pido phad tai de pollo, y me deleito a tal punto que pido una segunda porción. En estos sitios no miden con exactitud los platos por lo que el segundo podría incluso llegar a ser el doble del primero.
Abordamos el bote a motor Chao Phraya Express para llegar a Wat Phrae Kaew, el mayor templo de la capital. No tengo recuerdos de haber visto una construcción más bella que esa.
La sorpresa y admiración es como cuando miras los fuegos artificiales. No terminas de alucinar con los primeros destellos en el cielo, viene uno y otro que te estremece más que el anterior. Wat Phrae Kaew es la representación más fiel de esa contradictoria identidad tailandesa. Austeridad y opulencia conviven como las mansiones junto a las favelas más temidas, en el caso de Brasil.
No se aún cuántas fotos he tomado con mi cámara nueva. La compré hace un par de semanas en Nueva York. Tenía el modelo y la marca en vista. En diez minutos salí con algo completamente distinto. Sin embargo, ha resultado ser la mejor inversión tecnológica que he llevado a cabo en el último tiempo.
Al salir del Gran Palacio, nos encontramos con callejuelas oscuras, húmedas y malolientes. En las veredas del sector, sus gentes venden pescados y camarones disecados. Mientras avanzamos, nos vamos encontrando con pequeñas tienditas de medicina natural y hierbas. Más allá ofrecen el tradicional masaje tailandés, en un salón que publicita con simpáticos dibujos las bondades del thai massage.
Los tuk tuk despiden más humo que nunca, y los buses pasan repletos de pasajeros. De seguro, este último medio de transporte es el que pertenece con exclusividad a la comunidad local. No vemos extranjeros en ellos.
Un tipo en la vereda vende ropa típica tailandesa. Un mensaje en alemán hace que Bruna le ofrezca una traducción improvisada al español. Juntos, nos disponemos a traducir cada uno de los mensajes. “Solo precios locales. No son precios para turistas”; “Por favor, pruébeselos”; o “Seda 100%”. Impresiona que los precios tarjados digan antes $199B y ahora $200B.
Le pregunto por qué los escribió al revés. No están mal, me responde. Son mis precios y ya no cuestan como antes. Es mi negocio y yo decido como vendo, me dice entre risas, coronándose como el primer antivendedor que conozco.
De regreso, tomamos nuevamente el bote en el río Chao Phraya. La tarde ya no aturde cómo antes. El calor se difumina, aunque solo un poco. Una mujer local observa melancólica el paisaje, pensando quién sabe en qué, o quién. El cielo nublado y la brisa que llega húmeda al chocar la nave con las olas invitan a la reflexión. Me detengo en los monjes que deambulan por toda Bangkok. Ellos tienen su lugar especial dentro de la sociedad tailandesa, y por cierto, también dentro de estas embarcaciones. Observo a la distancia Wat Arun, otro templo que aún no hemos visitado, y descubro que varias personas escalan hasta el tope.
Una vez en el hostal, decidimos dormir; el calor y las emociones vividas, cansan. Despierto tarde. Bruna sigue durmiendo. Nos encontramos más tarde en el lobby del Bella Bella, y bebemos un par de cervezas. Mi inesperada compañera de viaje, arma un cigarro tras otro con el tabaco que trajo desde Rotorúa, Nueva Zelandia.
Hace algunos meses que ya no fumo, y siempre termino sucumbiendo ante la tentación. Pensé que nunca comería en la calle. Recuerdo los consejos de mi familia antes de partir, pero hoy soy un adicto al phad thai callejero, y poco me importa que me lo sirvan y preparen los travestis del lugar. Suena grotesco, lo sé, y de hecho, lo es, pero todos los turistas que cargamos una mochila sobre nuestros hombros, nos alimentamos en las calles.
Más tarde me apronto a caminar y perderme por las arterias de Khao San, el sector donde nos estamos hospedando. Los gringos que llegan a este barrio encajan en dos perfiles. Uno es el símil de los chilenos que vacacionan en San Pedro de Atacama o en el Valle del Elqui. A la mayoría imagino vegetarianos. Bailan al ritmo de los tambores e inician una fiesta, se mueven libres en una actitud que no se les conoce en sus países. Se creen cool, y no lo son. Están ebrios y se sienten aún más cool, pero acaban siendo aún más patéticos.
Además del gringo alternativo, coexiste el otro visitante anglosajón, que se asemeja al amante de Cancún, y que llega seducido más por el sexo barato con los ladyboys que por la cultura local. Los gringos me caen bien, pero no en vacaciones. Los desconozco y me empiezan a desagradar. Hacen lo imposible por llamar la atención, se sienten los dueños del lugar, y poco se esmeran siquiera por aprender a dar las gracias en el idioma local.
Camino entre puestos de comida, y de frutas. Cierto grupo de mujeres de alguna tribu del norte, ofrecen unos sapos de madera a los que le raspan el lomo para emitir un sonido parecido al que emite el anfibio. Nadie les compra, aunque persigan por cuadras a los turistas. Bruna las bautizó como “las viejas del sapo”. Me dan risa, pero comienzo a detestarlas. Te miran de lejos, y si por alguna remota equivocación las observas y se enteran, corren a ofrecerte los sapos que componen la banda sonora de Khao San, junto con los conductores de tuk tuk hablándote al oido con la típica oferta: “tuk tuk, tuk tuk, ping pong show ping pong show”.
Por las veredas, atraviesan numerosas ratas, pero nunca tantas como los jóvenes que ejercen el comercio sexual.
Un hombre rubio, joven y objetivamente apuesto se besa con un travesti. Lo, o la, besa con desesperación. Está tan ebrio que ni siquiera ha pensado en dónde pudo haber estado la boca de su acompañante en los minutos previos a conocerle.
Regreso a mi hostal donde Bruna ya debe estar durmiendo. En el camino soy acosado en numerosas ocasiones por prostitutas, exageradamente maquilladas y esqueléticas. Me tiran besos y me toman de los brazos para interrumpir mis pasos cada vez más ágiles.
Khao San aturde, con sus ruidos, gentes, olores y escenas. Hay quienes no parecen dar importancia a las ratas y las prostitutas. Comen en las calles esquivando a los tuk tuks que se abalanzan por todos lados en una marcha caótica por los pasajes del sector. Khao San intoxica e impacta fácilmente, y se pavonea de lo mismo. Bangkok es atrevida y se consagra como la capital mundial de la lujuria. Esto ocurre cada noche, y es entonces cuando empiezo a preguntarme en qué momento pudieron bautizarle como la “Ciudad de los ángeles”.

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