dsc01141Finalmente me estafaron. Hice todo lo posible para doblarle la mano a esta ciudad, y no caer en las frecuentes transacciones fraudulentas. Primero intenté llegar por mi cuenta hasta Ek ka Mai, la estación de buses desde donde puedes ir a Cambodia. Llegué al paradero, pero nadie sabía nada. Ninguno de los que maneja el escaso inglés local pudo ayudarme.

Dejé a Bruna con su amigo Marcelo que arribó anoche a Bangkok, y con quien ella finalmente iría al ping pong show. Pagar 800 Bahts por ver a la traga pelotas, me pareció excesivo.

Frustrado, decido buscar un tur operador occidental para no ser timado. Unos judíos me vendieron el ticket a Siem Reap por 500 Bahts, en un VIP bus.

Llegué cuando faltaban diez minutos para las 8 de la mañana, tal como me lo indicaron los dueños. Media hora más tarde aparecerá la mano thai representada por el verdadero operador de la ruta. Sin aire acondicionado, un baño fétido, donde el agua está en un balde en un rincón, y la puedes sacar con una botella, cortada por la mitad, que flota en el recipiente. Debí haber preguntado que significaba VIP en Bangkok.

Mis guías Lonely Planet hablaban del scam bus, pero poco pude hacer para evitarlo.

Comento con unos suecos que vine de jeans, polera con cuello y un sweater por si el aire acondicionado estaba muy potente. Se ríen de mi historia, y comparten la suya en los últimos asientos. Ambos, una pareja de amigos viajan con los dos hijos de ella y el único hijo de él. A su llegada a Tailandia uno de los niños se fracturó el brazo y el otro se rompió la frente, uno al caer desde un árbol y el otro, simplemente corriendo. Ambos padres son jóvenes, y perdieron su vuelo de regreso a Suecia por error de su agencia de viajes. Decidieron quedarse un mes más. Sobre mi asiento, está guardado su computador, roto. Esa es mala suerte.

Les cuento que hablo español, y el me responde: “mi madre es chilena”. Coincidencias que nos mantendrán conversando por las próximas dos horas, hasta que el sueño nos rescate de tanta historia desafortunada.

Despierto deshidratado, desesperado. Los más de 45°C que debe haber en el bus de la estafa, lo convierten en la máquina de la tortura, donde las ventanas no se pueden abrir, y los numerosos neumáticos bajo los asientos no permiten estirar las piernas. El calor extremo es tan angustiante como la sed sin saciar. Por lo mismo, este pudoroso chileno, el mismo que reusa orinar en la calle, primero se quitará la polera, y pronto sus jeans. Así entonces, pasará las próximas 5 horas sólo en calzoncillos, ante las miradas de unos 30 pasajeros, hasta llegar a la frontera con Cambodia.

Me siento observado, y no hago intento por descubrir si lo hacen con compasión o vergüenza ajena.

Antes de salir de Bangkok, el thai que nos dio la bienvenida en un inglés pobrísimo, nos pidió los pasaportes para sacar la visa, ya que nos tomaría mucho tiempo allá en la frontera. Con los suecos decidimos no entregarle nuestro pasaporte a diferencia del resto de los pasajeros.

Él ha venido muchas veces antes a este lugar, y confío en su instinto. Los chicos juegan por todo el bus, y desde mi asiento veo el baño gracias a que la puerta juega en un vaivén constante gracias al mal estado de la carretera por la que avanzamos rumbo a Poi Pet.

Comentan que alguna línea aérea estaría sobornando al gobierno local para no mejorar el estado de las calles.

De antemano sé que me tendrán todo el día en un bus sin aire acondicionado, deshidratándome a más de 40 grados y esperando a sortear una nueva estafa en la frontera. No tengo reservas en Siem Reap, pero no me importa. A estas alturas, empiezo a entender que los acuerdos en este lado del mundo se hacen in situ, viendo y tocando. Nada de Internet o acuerdos previos, porque la frustración será el único resultado a la planificación occidental.

En el camino paramos en un restaurant, que de seguro dará comisión al chofer por traernos. Ordeno mi phad thai de siempre, el mismo que está abultando con grasa en distintas partes de mi cuerpo. De lejos veo a una madre con su bebé. Me deja tomarla en brazos, me cuenta que se llama Phim Ihng, a quien le beso la frente. La niña, de unos seis meses, se entrega con calma a mis brazos extraños.

“¿Tienes hijos?, me pregunta la joven madre. No, no tengo, le respondo, mientras pido que me tomen una foto. “Te la regalo, no la quiero”, me dice, mientras intento pensar que no entendí bien su inglés. “Perdón, no quieres a tu hija, y quieres que me la lleve a mi país?, le digo lento y con extrema modulación, en shock aún. Sí, me responde. No, gracias, le digo, aunque tu niña es hermosa, le advierto.

Un gringo, que se vino a vivir a Cambodia, se me acerca. “Si quieres te ayudo, no es difícil conseguir los papeles. Esto que te pasó es normal en estos lados. Pero si te interesa llevar a la niña, te puedo ayudar,” me comenta. No respondo.

Mis próximas horas las pasaré pensando en Phim Ihng “casi” Hurtado. Creo que ya no me cae tan mal la pareja Pitt-Jolie. Es que claro, si te ofrecen un niño, y puedes recibirlo y hacerte cargo de su felicidad, no puedes negarte.

En el sudeste asiático los ojos amplios de quienes habitan los demás continentes son sinónimo de superioridad, y otorgan a los extranjeros más derechos que a los propios locales. Y así también se aprovechan y cobran el doble o el triple de lo que realmente cuestan las cosas. A pesar de que mis ojos son algo rasgados, en Asia llevo los ojos del dinero, del desarrollo de Occidente, y es el precio que debo pagar. Aún así al llegar, exhaustos a Siem Reap, en Cambodia, conseguimos quedarnos con un mexicano que conocí en el bus, en una habitación con camas bastante cómodas por menos de tres mil quinientos pesos chilenos.

En Cambodia nos movemos con dólares, con bahts tailandeses te estafan, y con la moneda local también.

En la mañana iremos a conocer la villa flotante y en la tarde observaremos el atardecer desde un globo aerostático sobre el templo que maravilla a sus visitantes, Angkor Wat, y que es claramente el único motivo que los atrae a esta ciudad.

Para llegar allí, Phrom, un tuk tuk driver del hotel donde nos quedamos, será nuestro chofer por los próximos días en esta ciudad. Acordamos pagarle 27 dólares por los dos días, full time.

ES DE MAÑANA EN SIEM REAPdsc01324

Nos movemos ágiles y destartalados en el tuk tuk por las calles polvorientas que nos llevan a la floating village. La gente nos saluda desde sus casas y los niños, que componen el 40% de la población de este país, brincan y nos hacen señas al pasar.

Por estos mismos caminos y bajo el mismo sol cobrizo al atardecer, Cambodia sufrió la demencia del Khmer Rouge, grupo que acabó con más del 20% del pueblo camboyano, unos 1,5 millones que oficializa el estado.

 

Hoy esta nación se levanta en actitud sin olvidar sangre ni pólvora, pero mantiene escenas, que imagino vieron los soldados en la segunda guerra. Cambodia parece estar detenida en el tiempo. Se podría grabar un película de época sin tener que hacer modificaciones. Desde Chile mi familia me pregunta si se ve pobreza. Les respondo: ¿Acaso hay riqueza en este país más que el espíritu de su pueblo?

Casas construidas sobre palafitos, por la subida del río, constituyen los hogares de familias numerosas, con abuelos de avanzada edad. La mayoría de ellos, nos cuenta Phrom, habla francés, por la incursión gala en estas tierras. Pero los jóvenes, junto a la lengua local, solo se comunican en inglés con los turistas. Y de eso vive Siem Reap, que con calles de tierra, un calor agobiante, un tráfico ensordecedor, y niños cariñosos, recibe a sus visitantes. El medio de transporte oficial son las motos, en las que puedes ver montada a una familia completa. Padre, madre y dos hijos, por lo general.

La carretera de tierra rojiza, estremece con las escenas de la vida cotidiana que junto a ella se desarrollan, mientras escucho música de películas en mi ipod, y avanzo a toda velocidad en este tuk tuk con destino a la villa flotante, establecida sobre el lago más grande de Asia. Por este mismo, los turistas pueden conectar Siem Reap con Phnom Pehn, tras 6 horas y media de travesía acuática.

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El viento tibio en mi cara y el polvo en el pelo, no molestan. Disfruto cada instante y vivo cada conversación que establezco en estas tierras. Cambodia me seduce con su gente, de sonrisa abundante, e ingenuidad que desarma. Hasta que llega la hora de negociar, claro.

Pero a diferencia del tailandés, este pueblo no está coludido para engañar al forastero, por lo que siempre alguien podrá advertirte de lo que corresponde y de lo que no, en el momento de hacer una transacción.

La villa no resultó ser tan interesante, comparada con el camino que nos trajo a ella. La aventura en globo no fue tal, porque estaba conectado con un cable a la superficie terrestre. Más bien funciona como un ascensor, que permite observar la inmensidad de Angkor bajo el sol de oriente. Pero nada de eso arruina mis días al otro lado del mundo. En absoluto.

Estoy ansioso por descubrir los pasillos y detalles de los templos. Empiezo a entender al gringo que se vino a vivir por meses y terminó años en este país. En un solo día, empiezo a entender muchas cosas, y pensando de manera vaga, ya quisiera pasar meses en estas tierras. Tal vez años. Esta noche caigo rendido ante Cambodia. Y con eso me quedo hoy, antes de dormirme en el Green Park Village de Siem Reap. Con la belleza del paisaje; la calidez y encanto del pueblo camboyano; y la imaginación que llena mi cabeza de sueños.