Ajusto mi corbata, pongo bien mi camisa dentro del pantalón, me ordeno un poco el pelo antes de aparecer en la cabina, cual actor al escenario, aunque debo improvisar el libreto, por no tener un guión definido.
La pasajera del 3 C llora con su hija en brazos. No habla español, ni oirá esta lengua por mucho tiempo. Su marido ha muerto, su pequeña ni lo sospecha. Casada con un chileno-belga, poco disfrutó de ese amor incontenible. Parten lejos de estas tierras de regreso a Brasil. Le llevo un vaso de agua, el primero que doy a un brasileño sin que me lo pida. La jefa de cabina me pregunta qué le pasa a la mulata, que no entiende portugués. Le cuento y se desfigura.
Pronto vuelve su rostro a la normalidad, me cuenta que parte mañana de vacaciones a Londres, con su marido. Se aman. No quieren hijos, por ahora al menos. Se despide de un pasajero amigo de su ex novio, amor de su vida, hasta que se dio cuenta de lo contrario. “Estoy angustiada con mi viaje, te juro, nunca he ido a Inglaterra”, me dice como si yo hubiera ido allí todas las vacaciones de mi vida.
Hace unas semanas Martin, un amigo, dejó Londres. Tal vez sea para siempre. El amor de su vida disfrutaba de su cama con otro cuando llegó a casa. “Esa misma noche me quedé sin hogar, aunque el apartamento era mío. Era medianoche y yo caminaba muerto de frío sin saber dónde ir”, me confidenció en algún momento. Partió a Liverpool. Lo intentó varias veces sin éxito alguno, hasta que decidió vender todo y dejar el Reino Unido para olvidar su mala vida y comenzar completamente de cero. Subiría un cerro, y viajaría por Sudamérica. Le gusta la gente de estas tierras.
Hace unos días subió al Cotopaxi, en Ecuador. Alucinó. Solo le resta hallar una nueva historia de amor, ojalá eterna. “Viviré donde sea, no sé dónde voy, solo sé que espero amar nuevamente, en el lugar que sea”, me avisa por messenger. “Esto es partir desde cero”, dice antes de desconectarse.
La voz del capitán suena por los parlantes. Habrá turbulencias. “Tu hija es hermosa”, le digo a la pasajera con su inquieta y juguetona pequeña en mis brazos. Asiente con su cabeza aún entre lágrimas. Mis ojos la acompañan con el brillo de la compasión. Quiero abrazarla pero no se vería bien. Hace dos meses, justo para el día de año nuevo me abrazaron en cabina.
Un pasajero había extraviado una carpeta, al parecer muy importante. “¡¿Bueno se queda o se va?!”, le advirtió severa una empleada de aeropuerto. Estábamos a punto de dejar Rosario. El tenía en Santiago una conexión a Paris. Le di agua, y le ayudé a buscar la carpeta. La hallé en medio de todo. Me miraba y me agradecía con gestos. Antes de bajar, en el aeropuerto Arturo Merino Benítez, me puso un billete de 10 Euros en el bolsillo de la chaqueta. Se lo regresé. “No quiero ofenderte”, se excusó. Le dije “por el contrario, me halagas, pero no te puedo aceptar el dinero”. Me dijo que ese viaje tenía una connotación emocional única. “Mis padres se están muriendo. Los vi, les agradecí la vida, pero ya debo regresar a Francia, ni sé si sigan vivos cuando se acabe este vuelo”. Me abrazó, lloró unos segundos que parecieron minutos, sobre mi hombro. Me deseó un buen año y yo a él, paz para su alma.
La jefa de cabina anuncia su viaje cada vez que puede, hasta me hace sentir que yo igual voy de vacaciones, tengo la sensación del último vuelo antes de la diversión y el relajo. Le hablo del chileno-belga que dejó solas en el mundo a esta brasileña con su hija. Recuerdo la historia de otro belga que enamoró a una tripulante.
Volamos hace unas semanas. Nos habíamos conocido en el vuelo, hacía unos 30 minutos, y ya me contaba su historia. “Nos ibamos a casar, era el hombre de mi vida. Mi familia me alentaba seguirlo. Nos fuimos seis meses a Calama, luego nos iríamos a Taiwán. Renuncié después de 12 años, justo cuando me habían ascendido a jefa. Vendí mi departamento y mis muebles. No había vuelta atrás. En esta empresa partes desde cero, y yo había conseguido lo más alto”. Sus ojos azules se alborotaban para contener el llanto, fingido en una sonrisa irónica. “Antes de partir, él me dijo que no estaba seguro y me botó. Pedí regresar al trabajo, y me aceptaron, pero partiendo desde el último cargo.” -Hijo de puta, repetí diez veces en mi mente, hasta que la última, salió de mi boca. Ella rió. “Y acá estoy, partiendo desde cero”, concluyó con la misma ironía dibujada en una sonrisa.
Las pasajeras cariocas deben ya estar en algún sitio de Brasil. Esa madre aún llora, no lo dudo, e intenta descubrir como iniciar el resto de su vida… desde cero.
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